…Y don Benito se lanzó a la reelección - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 07 de Julio, 2018
…Y don Benito se lanzó a la reelección | La Crónica de Hoy

…Y don Benito se lanzó a la reelección

Bertha Hernández

La serenidad no duró mucho en el verano de 1867. Pasados los primeros días, cuando todos los involucrados en las elecciones que dieron a Benito Juárez un nuevo mandato reconocieron que la afluencia de votantes había sido copiosa y ejemplar, comenzó a aflorar una sensación de fracaso entre quienes habían apoyado la candidatura de Porfirio Díaz, que dio lugar a reproches, berrinches y sospechas. Unas iban dirigidas al Presidente oaxaqueño y otras eran, simplemente, producto de la desilusión y de las expectativas desmedidas que algunos habían alentado en lo más profundo de su corazón.

Uno de esos decepcionados era Ignacio Manuel Altamirano. Si no le agradó la derrota de su amigo Porfirio Díaz, menos le gustó su realidad personal: esperaba ser electo para una diputación, y, simplemente, no ganó los votos suficientes. Al desvanecerse las esperanzas que había puesto en el resultado electoral, se encontró con que su periódico, El Correo de México, estaba en la quiebra y eso marcaba su sentencia de muerte.

No sabemos si Altamirano esperaba recibir, en caso de que Díaz resultara electo presidente, una subvención que alargara la vida de la publicación que había actuado como un bastión de la oposición al juarismo, pero la carta que después de los comicios le dirigió a su amigo Porfirio, quejándose de su mala situación, hace suponer que tenía la expectativa de ver recompensados sus servicios políticos:

“El periódico que yo sostenía como un paladín de la oposición va a morir mañana, porque ya no tengo manera de sostenerlo”. Después venía una relación de las deudas contraídas en el proyecto periodístico y de “las privaciones que impondré a mi familia para pagar”. No obstante, seguía siendo un leal colaborador: “…mis trabajos, no por estériles, es decir, sin éxito, prueban menos mi entusiasmo y consecuencia”.

Altamirano no se quedaba en la calle: fue electo, por voto popular, fiscal de la Suprema Corte de Justicia, encargo que asumió de muy mala gana. Haciendo gala de pragmatismo y sangre fría, Porfirio Díaz se encargó de que al abatido Ignacio le llegara un recadito: “…me sorprende el sentimiento de Nacho… porque no creo que tiene razón ninguna, puesto que en la lista electoral estábamos los amigos obligados a combatir con eficacia y no precisamente a triunfar…”

En sus estertores, El Correo de México, junto con otros periódicos porfiristas, denunciaron que en algunos estados, la larga mano de don Benito había orientado el voto mediante el uso de la fuerza. Se afirmó que en San Luis Potosí habían acudido a votar “los batallones en columna, armados, mandados por su jefe y, por supuesto, sujetos a su voluntad en el estrecho círculo de la disciplina”.

El popular militar y escritor Vicente Riva Palacio fue, en los meses que siguieron a la elección, un promotor de la conciliación, pues, al fin y al cabo, tanto juaristas como porfiristas compartían los grandes principios del liberalismo republicano que les habían permitido superar la invasión francesa y el segundo imperio. Pero en noviembre de 1867, acusó al gobierno juarista de promover y atizar la discordia. Algunos de los biógrafos de Riva Palacio consideran que el viraje pudo deberse a los rumores que ya señalaban al escritor como parte del gabinete que Juárez debería nombrar a fin de año. Como llegó noviembre de 1867 y el nombramiento no ocurrió, parece que al general novelista le entraron nuevos ánimos críticos.

No todo estaba perdido para los porfiristas: ganaron una treintena de escaños en el Congreso y, finalmente, eran evidentemente una fuerza que tenía existencia pública y voz.

Pero esta curiosa clase política, compuesta de personajes en los que la vocación literaria y poética no les quitaba las condecoraciones ganadas en la guerra y menos los imposibilitaba para hacer de magistrados o diputados, se encargó de cultivar su oposición, aguardando el momento para volver a competir en unas elecciones presidenciales, promoviendo nuevamente la candidatura de Porfirio Díaz, quien, por lo pronto, y a los pocos días de la toma de posesión de Juárez —25 de diciembre de 1867— pidió licencia  y se retiró a su nueva propiedad, la Hacienda de La Noria, en Oaxaca, esperando tiempos mejores.

Pero cuando llegó 1871, año en que habrían de realizarse los comicios, esta oposición porfirista se encontró con que ya no eran dos, sino tres los candidatos: Sebastián Lerdo de Tejada, otrora el hombre de confianza del presidente Juárez, juzgó que había llegado su hora, e hizo públicas sus aspiraciones.

UN AÑO ACCIDENTADO. La gestión presidencial de Juárez debía terminar el 30 de noviembre de 1871, y las elecciones deberían realizarse en junio de ese mismo año. Pero la ebullición, la grilla,  era algo imparable desde fines de 1870, cuando empezó a correr el rumor de que Sebastián Lerdo, distanciado del Presidente, también lanzaría su candidatura.

Lerdo no era, ciertamente, un personaje muy querido. Sus críticos le reprochaban haber sido parte del gobierno del difunto y criticado presidente Comonfort, y haber sido el principal impulsor de la prórroga del mandato de Juárez, a fines de 1865, en plena Guerra de Intervención y que había originado una seria fractura en el partido liberal.

En diciembre de 1870 se aseguraba que el distanciamiento entre Juárez y Lerdo era tal que el ministro de Gobernación había presentado su renuncia, misma que no le aceptaron. Otro rumor tenía que ver con las elecciones para el Ayuntamiento, que se efectuaron en aquel mes: se dijo que el objetivo era consolidar un grupo que, al siguiente año, sirviera para impulsar la candidatura de Juárez a la relección.

Prácticamente, la campaña empezó con el primer día de 1871. Fue intensa, agresiva y virulenta; criticando a Juárez y tachándolo de ambicioso. Un discurso similar había en los detractores de Sebastián Lerdo. Como nunca, el Presidente y su ministro fueron atacados en la prensa; se les caricaturizó hasta el cansancio, en las formas más ridículas, como perros de presa, con trajes de jesuitas. Lerdo era el cuervo que Juárez había criado y que ahora le sacaba los ojos. Solamente hubo unos días de tregua, motivados por la agonía y muerte de la esposa del Presidente, Margarita Maza, a quien toda la clase política homenajeó por igual. Pero esa honorable actitud solamente duró el novenario.

Lerdo renunció al Ministerio de Gobernación el 14 de enero de 1871, y reasumió la presidencia de la Suprema Corte, cargo del que había solicitado licencia temporal. Desde allí cultivó su candidatura, que defendió seriamente uno de los dos periódicos más importantes, El Siglo Diez y Nueve.

El 11 de enero, otro periódico, El Mensajero, hizo públicas las aspiraciones presidenciales de Porfirio Díaz, quien, después de hacerse el interesante por espacio de una semana, declaró que aceptaba, aunque estaba muy a gusto retirado a la vida privada. Aunque era un secreto a voces que Juárez ambicionaba reelegirse, el anuncio oficial de la candidatura se dio a fines de enero, en un banquete que sus leales organizaron.

La campaña fue ruda, y, empeñados en sacar a Juárez de la Presidencia, los lerdistas y los porfiristas que estaban en el Congreso, armaron una alianza a la que llamaron Liga Antirreeleccionista. Escandalizado, Guillermo Prieto, diputado, llamó a la combinación “una horrible monstruosidad política”.

De poco sirvió la alianza, pues ambas partes siguieron atacándose en la prensa y en el Congreso. El resultado de las elecciones para presidente, efectuadas en julio de 1871, dieron el triunfo a Juárez, con 5 mil 953 votos. Porfirio Díaz obtuvo 3 mil 544 votos, y Lerdo, 2 mil 948.

Esta vez, los vencidos no fueron tan civilizados: los porfiristas se sublevaron el 1 de octubre y se apoderaron de la vieja Ciudadela. Juárez sofocó de inmediato el levantamiento, pero se supo, muy pronto, que había en algunos estados reacciones similares, que se solucionaron de idéntica manera. Aunque no hubo elementos de prueba, lerdistas y porfiristas hablaron de fraude electoral, lo que no impidió que Juárez tomara posesión en diciembre de 1971.

Pero el oaxaqueño solamente gobernó seis meses y medio: una enfermedad cardiaca lo mató en julio de 1872 y Lerdo asumió la Presidencia interina. Una vez más, Porfirio Díaz tuvo que aguardar el momento propicio para llegar al poder.

 

historiaenvivomx@gmail.com

 

Juárez, Lerdo y Díaz se enzarzaron en una fuerte contienda en la campaña presidencial de 1871, en la cual menudearon las acusaciones de fraude. El presidente oaxaqueño logró reelegirse, pero solamente gobernó seis meses.

 

 

 

 

 

Imprimir

Comentarios