Hablando de héroes en los confines de Europa - Edgar Valero Berrospe | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 11 de Julio, 2018
Hablando de héroes en los confines de Europa | La Crónica de Hoy

Hablando de héroes en los confines de Europa

Edgar Valero Berrospe

El Mundial tenía que haber terminado anoche. Francia debería ser campeón Mundial y Bélgica debería ser visto como subcampeón mundial. En especial después del esfuerzo, la entrega y lo espectacular que resultó la Batalla Moderna de Leningrado, Petrogrado o simplemente para estos tiempos, San Petersburgo. Va a ser difícil, aunque no imposible, que Inglaterra y Croacia hagan un partido más emocionante.

O emocionante sí, pero técnicamente, disputado con la enorme calidad con la que se desempeñaron Francia y Bélgica, al cabo, los únicos dos sobrevivientes de la lista de los “Siete Grandes” con que empezó Rusia 2018, y que les tocó batirse a muerte en el espléndido estadio de esta ciudad, estadio que por cierto, nada tiene que ver con la arquitectura ultra europea, súper refinada y estilizada de las construcciones que se reflejan en los múltiples canales de una “Venecia más al Norte” que la que ya han reclamado tener los holandeses.

San Petersburgo reclama su espacio como el último rincón de Europa al Noroeste de Rusia, así frotándose la espalda con Finlandia, ya suelo escandinavo, de tierra fértil de impresionantes bosques y que significa un cambio total y radical de lo que es el resto de Europa Septentrional. Y hasta, hasta estas latitudes, decía yo, llegaron franceses y belgas, casi hermanos, es difícil distinguir geográficamente y ya sin fronteras, dónde termina Francia y donde empieza Bélgica y viceversa.

Y para no tener que definir en su propia tierra, quizá por eso hayan venido tan lejos para impresionar al mundo del futbol, con sangre más africana que europea, a pelear por un espacio en la gran final de Rusia 2018 que se ha ido estos últimos días con el cuentagotas de los últimos partidos que han ido transcurriendo lentamente, unos más emocionantes que otros, y casi todos, menos emocionantes que el de anoche en la majestuosa nave espacial construida a costa de una millonada, tal vez para que contrastara con sus luces multicolores, con la uniformidad de la iluminación de este recóndito lugar, que guarda vestigios de la grandeza de los tiempos de los Zares, de Pedro el Grande, que sigue dominando, al menos con su nombre, esta región tan diferente al resto de Rusia.

Y el futbol ha sido el pretexto para llegar tan lejos, casi como cuando venimos al Campeonato Mundial de atletismo en el 2005 siguiendo a nuestra querida Ana Guevara, y como entonces, no podré decir que regresé siquiera decepcionado un poco, porque regreso a Moscú tan emocionado como salí, vivo por cierto, y que ya otro día le contaré de qué le hablo, de Helsinki hace 13 años, con la sonrisa de que la profesión que elegí hace 32, me ha dejado ver sobresalientes manifestaciones de las capacidades de los seres humanos en el deporte.

Francia y Bélgica deberían recibir su trofeo de campeón y subcampeón e irse a casa. Ya se les adelantaron en condiciones diferentes Alemania, España, Argentina y Brasil, y hasta el “Caballo Negro” Uruguay regresó a casa. Bélgica se queda para el partido que nadie quiere jugar y Francia se ha regalado otra oportunidad de trascender. 

A los ojos del gran “Zizou” esto suena como a una afrenta de la modernidad de una generación que quiere emularlo, pero que no podrá, si como hace dos años en el Stade de France, vuelve a pasarles “algo”, como lo que sucedió ante Portugal, y vuelven a dejar los ojos rojos y las mejillas húmedas de tristeza de sus millones de aficionados, quienes esperanzados, a que haya otro “héroe desconocido” como ha sido Umtiti, cuya estatua tal vez alguna ocasión sea erigida para recordarlo como sucede casi en cada poblado de los miles que hay en el camino que nos ha traído desde Moscú hasta San Petersburgo, aunque su placa estará escrita en francés y hablará, no de un jinete montado en su caballo blanco, como el de Napoleón, sino del heredero francés que vino, quién diría, a conquistar Rusia, aunque lo haya hecho en pantalones cortos y con un balón de futbol en los pies.

 

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