Las campañas electorales y el modelo político de “comunicación vampiro” - Voces de la UAM | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 12 de Julio, 2018
Las campañas electorales y el modelo político de “comunicación vampiro” | La Crónica de Hoy

Las campañas electorales y el modelo político de “comunicación vampiro”

Voces de la UAM

Javier Esteinou Madrid*

Para intentar ser atractivos ante los auditorios en las campañas políticas del 2018, los partidos políticos diseñaron su proyecto de comunicación electoral no para abordar los asuntos centrales de la política nacional, sino planificaron sus contenidos para que tuvieran éxito dentro de las reglas de la televisión para obtener un rating masivo. De esta forma, lo que experimentamos en los spots, en los debates, en la propaganda partidista, en los info comerciales electorales, fue un fenómeno de telepolítica y no de política, donde la esencia de la política, que es la reflexión y solución de los grandes conflictos de la sociedad, dejó de ser política; y se convirtió en telepolítica.

En este sentido, las campañas de la telepolítica fueron producidas para satisfacer la mirada de la televisión, siguiendo las normas de la mercadotecnia, del estudio audiovisual, la escenografía del rating, y no adoptando las reglas elementales de la urgente discusión ciudadana basada en el hablar y escuchar a la población que durante décadas se marginó de los medios electrónicos. Se retomaron los criterios publicitarios del espectáculo, del show, de la tragedia narrativa, del slogan mercantil, de la estridencia mediática, de la dinámica del concurso, del corte comercial, del lenguaje del homo videns, etc., como ganchos para seducir a los espectadores y tratar de ser más competitivos electoralmente.

Ni los actores electorales ni los partidos ni los postulantes ni los animadores de televisión se interesaron por instrumentar un modelo de comunicación política que verdaderamente informara y propiciara ordenadamente la reflexión sobre las llagas del “infierno mexicano” y sus posibles salidas, pues sería “aburrido”, “antitelevisivo”, no “seduciría al televidente”, se “perdería competencia audiovisual”. Lo importante fue crear las condiciones anímicas para producir una permanente atmósfera de tensión dramática audiovisual para capturar la percepción de los votantes. Por ello, se recurrió al modelo político de “comunicación vampiro” que se alimentó de la generación de sangre, “amarre de navajas”, escándalos, agresiones, fake news, denuncias, arañazos, enfrentamientos, calumnias, descalificaciones, pleitos, raspones, entre otros, para ser “exitoso”. Si no existe “sacrificio humano” ante las pantallas, no es “comunicación política” atractiva.

Así, apostaron por efectuar durante la contienda un “modelo de comunicación hematófago” que respondiera a las reglas del “ring boxístico” y no el análisis propositivo de nuestra alarmante realidad; las estrategias amarillistas de la “guerra sucia” y no la discusión argumentada sobre los grandes desafíos de la agenda nacional; la operación de la televisión espectacular privilegiando la incitación de adrenalina en los públicos y no el análisis; el entretenimiento del “circo político” y no el auténtico proceso de comunicación bilateral entre candidatos y los ciudadanos; la manipulación emocional y no el examen objetivo de la realidad; la información light y no la reflexión profunda; el show espectacular sobre el examen especializado del desastre del país; el refuerzo del look de la corbata, la sonrisa, la camisa, el peinado, el saco moderno, el movimiento de manos y no la solidez del contenido de sus plataformas ideológicas; el uso de los niños y ancianos como señuelos políticos y no los pronunciamientos efectivos de los candidatos para resolver los conflictos de sobrevivencia de la población; la saturación de spots unidireccionales y no la polémica directa con los habitantes, etc.

Los candidatos se desenvolvieron ante las cámaras como actores de telenovela, personajes de realities que manejaron emociones con respaldos musicales; actuaron bajo el guion teatral del eje dramático que giró alrededor del ataque al contrario; se apoyaron en tramoyas de denuncias; adoptaron el libreto para responder al contrincante con la mayor habilidad e ironía posible; etc. con el objeto de ganar rating; y no en ideas, en proyectos, en alternativas para enfrentar el colapso nacional. El rating fue el acto de magia que les daría votos y no el convencer contundentemente a la sociedad mediante la discusión profunda y frontal sobre las grandes contradicciones que ahogan la vida de los ciudadanos y sus posibles alternativas de solución.

Los “comunicadores profesionales” se convirtieron en los animadores del conflicto, del “amarre de navajas”, en los alimentadores de la pugna, en los ingeniosos de la tensión emocional, en los convocantes para el pleito, en los organizadores del duelo audiovisual. Los coordinadores de campañas, los postulantes electorales, los presidentes de partidos y los comentaristas de televisión apostaron por ejercer una “política del ring”, “política del espectáculo”, “política de adrenalina”, “política de palenque”, para intentar llamar la atención de los auditorios y obtener votos en las urnas. El show mató la reflexión y el análisis.

La aplicación de dicho “modelo de comunicación vampiro” reveló que para los grandes emisores comerciales y políticos los ciudadanos debemos ser simples consumidores de la propaganda electoral y de los espectáculos mediáticos, sin derechos comunicativos para construir una cultura política más racional.

De esta manera, circularon inculpaciones escandalosas sobre lavado de dinero de Ricardo Anaya en la compra-venta de una nave industrial en Querétaro; la “Estafa Maestra” del PRI para opacar fondos a través de universidades y medios públicos; los fraudes energéticos de “Odebrecht” en el gobierno de Peña Nieto; los desvíos de fondos en la Secretaría de Desarrollo Social y la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano durante las gestiones de Rosario Robles; la corrupción de Andrés Manuel López Obrador al postular al líder minero Napoleón Gómez Urrutia al Senado de la República; el uso descarado de la Procuraduría de la República para presionar a los candidatos opositores al gobierno; el escándalo de AMLO al entregar unilateralmente contratos de obra pública al empresario José María Rioboó; la nominación al Senado de la excomandante de la Policía Comunitaria de Olinalá, Guerrero, Nestora Salgado, etc.

En el fondo, lo que se demostró fue que los debates giraron alrededor de la finalidad de conquistar auditorios para consumar la lógica del business audiovisual, de la ganancia de las televisoras, del circuito de acumulación de capital, y no de la construcción de una mayor conciencia ciudadana para resolver los grandes problemas urgentes del país. Constancia de ello, fueron las pausas que se realizaron en el transcurso de los debates para revisar el nivel de penetración que habían alcanzado los programas en las redes sociales y los largos cortes comerciales para impulsar los comerciales de las empresas que los patrocinaron.

Paradójicamente, todos los recursos muy avanzados de las telecomunicaciones en la fase de la Cuarta Revolución Industrial en la que se encuentra México, fueron utilizados para implementar un prototipo de “comunicación política reptil”, dirigida a las áreas más primitivas del cerebro del sujeto, fomentando la agresión, el ataque, el impulso, la destrucción; y no orientado a desarrollar la fase neurológica más desarrollada de la neocorteza del Homo sapiens, que implica el análisis, la reflexión y la elaboración racional de alternativas para sobrevivir”.

* Profesor-investigador del Departamento de Educación y Comunicación de la Unidad Xochimilco de la Universidad Autónoma Metropolitana, jesteinou@gmail.com

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