AMLO y el viejo PRI - José Fernández Santillán | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 13 de Julio, 2018
AMLO y el viejo PRI | La Crónica de Hoy

AMLO y el viejo PRI

José Fernández Santillán

Hace décadas que no se veía en la política mexicana al “carro completo”; es decir, que un solo partido ganara la Presidencia de la República, la mayoría en ambas cámaras del Congreso de la Unión y 19 congresos locales. Creímos, erróneamente, que los tiempos del partido hegemónico, base del autoritarismo del Régimen de la Revolución, habían sido superados para dar paso al pluralismo democrático.

Las interpretaciones de este fenómeno han sido variadas. Algunas de ellas se han quedado en la pura formalidad: resaltan que fue un ejercicio democrático ejemplar; una verdadera y propia “fiesta ciudadana”. Y, efectivamente, se cubrieron las disposiciones legales e institucionales: no hubo mayores incidentes salvo el zafarrancho que armaron en Puebla los morenistas, encabezados por Miguel Barbosa, arguyendo un supuesto fraude electoral cometido por Martha Erika Alonso, abanderada de la coalición Por Puebla al Frente para la gubernatura del Estado.

Otras interpretaciones han puesto de relieve el tsunami o landslide que provocó la aplastante victoria de Morena. Este triunfo arrollador, se dice, traerá una recomposición en el sistema de partidos. La vapuleada que sufrieron los partidos, los ha hundido en “una crisis de identidad política”. Aunque más bien yo creo que la derrota que sufrieron los partidos políticos perdedores se debió a que ellos ya arrastraban una crisis de identidad.

Desde luego, hay un desplazamiento que se mueve del centro-derecha y derecha dura y pura a la izquierda. Dice Alejandro Moreno: “Esta es la mejor señal de Landslide. De acuerdo con las encuestas de salida, López Obrador obtuvo el apoyo de 79 por ciento de los votantes que se consideran de izquierda (El Financiero 3-VII-2018)… La ideología se asentó mucho más en estas elecciones”. (“El cambio electoral”, El Financiero, 6-VII-2018).

Profundizando en lo dicho por Alejandro, lo que yo preguntaría es ¿qué tipo de izquierda es la que llega al poder? Me temo que no es una izquierda social-demócrata al estilo de la que encabeza Justin Trudeau en Canadá o la que abandera el Partido Ecologista de Izquierda de Holanda (GroenLinks, GL), liderado por Jesse Klaver. Se trata de una izquierda populista identificada, específicamente, con las corrientes bolivarianas en América Latina y, en general, con el ascenso del populismo a nivel internacional con Trump y Putin a la cabeza.

Por eso, vale la pena analizar las semejanzas y discrepancias del partido Morena con el PRI de los años dorados del autoritarismo presidencialista. López Obrador, por su temperamento, no es un hombre inclinado a la negociación, sino a dar órdenes. No tiene los vuelos de un estadista; más bien tiene el talante de un caudillo.

Y aquí es donde las cosas se comienzan a complicar porque si algo tuvo el Régimen de la Revolución es que, como dice Arnaldo Córdova, supo dar el paso del caudillismo a la institucionalización. Para decirlo en otras palabras: dejó atrás a individuos como López Obrador (típico ejemplo de caudillo-demagogo). Ese régimen creó el Estado nacional teniendo en el vértice, justamente, a la institución presidencial. Hombres de la talla de Lázaro Cárdenas y Adolfo López Mateos entendieron que las instituciones públicas debían cumplir los compromisos sociales que la revolución había adquirido con las masas populares. Esas masas habían hecho posible el triunfo armado del movimiento iniciado por don Francisco I. Madero. Presidentes como Cárdenas y López Mateos crearon el Estado de la Revolución (la versión mexicana del Welfare State).

Cada paso adelante fue celebrado como una “conquista de la Revolución”: hospitales, escuelas, carreteras, bancos, organismos descentralizados todo iba en el mismo sentido.

No obstante, el giro fue completo cuando Miguel de la Madrid y, sobre todo, Carlos Salinas de Gortari se hicieron del poder: echaron para atrás todas esas conquistas y rompieron “la alianza de clases”. La consigna fue desmantelar al Estado asistencial con base en las privatizaciones, los despidos masivos, la apertura comercial, y, particularmente, el apoltronamiento en los puestos de mando de una tecnocracia que no tenía la más mínima idea de lo que había sido la Revolución Mexicana. Su educación tuvo que ver menos con los valores nacionalistas que con la forma de ser y de pensar impartida en las universidades norteamericanas.

López Obrador va a encontrar a un Estado en ruinas; agobiado por la violencia y la corrupción. La tecnocracia neoliberal con la obsesión de adelgazarlo terminó poniendo al cuerpo político en estado crítico al grado de que ya no logra cumplir la más elemental de sus responsabilidades que es la de garantizar la seguridad de las personas.

Por lo que se ve, sus trece puntos de reforma, que incluyen adelgazar la estructura de la administración pública, muestran más continuidad que ruptura con el neoliberalismo.

Su condición de caudillo no le da para ascender al plano superior, el de estadista. Ver la historia de frente y entender que México necesita rehabilitar al Estado ya no en los términos del Viejo Régimen, sino de reparar los estropicios causados por la tecnocracia neoliberal. De otra manera, no hay cómo corregir las desigualdades sociales y las arbitrariedades.

Aunque vaya a manejar el “carro completo”, seguro va a ir dando bandazos.

jfsantillan@itesm.mx

@jfsantillan

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