La recolectora de votos (primera de tres partes) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 13 de Julio, 2018
La recolectora de votos (primera de tres partes) | La Crónica de Hoy

La recolectora de votos (primera de tres partes)

Edgardo Bermejo Mora

Apenas clareaba el día en la isla de Abu Musa, cuando el ruido lejano de una avioneta bimotor irrumpió la apacible y brumosa mañana de esta pequeña isla localizada en el extremo oriental del Golfo Pérsico, también conocido como el estrecho de Ormuz. Con apenas mil habitantes o poco menos, Abu Musa es uno de los puntos geográficos más remotos e incomunicados de Irán.

Desde su puesto de guardia, en una de las playas de la porción sur de la isla, un soldado observa la escena. Una vez que la nave tiene la seguridad de volar sobre tierra firme, se abre una de sus compuertas y algo parecido a una caja sujeta a un paracaídas es arrojada desde las alturas. Nasim Abidi, el joven miliciano que no ha dejado de observar mientras la avioneta se aproxima, se levanta de un salto y corre de prisa mientras el paracaídas continua, casi ingrávido, su lenta trayectoria hacia el suelo.

Es la mañana del 18 de febrero del año 2000, y en todo el territorio de Irán se celebran elecciones parlamentarias. Nasim alcanza por fin la caja cuando apenas ha tocado suelo y procede a su apertura con la seguridad de quien conoce su contenido. La destapa con la ayuda de un martillo y un desarmador, y de ella extrae una bolsa retacada de papeles y una caja pequeña de cartón blanco con una ranura en la parte superior. Lo que acaba de recoger el joven soldado son las boletas y la urna electoral enviadas por las autoridades para que los habitantes de Abu Musa ejerzan su derecho al voto.

No es una elección cualquiera. El grupo reformista y moderado que dirige Mohamed Jatamí encabeza las preferencias y en caso de obtener el control del Congreso será la primera vez desde la Revolución Islámica de 1979 que un grupo político no conservador acceda al poder. Y pese a la importancia de esta jornada electoral, casi nadie en Abu Musa se ha dado por enterado.

A pesar de sus pocos habitantes, a la isla la cruzan diversas lenguas. La mayoría habla farsi o persa –la lengua oficial del país, pero también hay quien habla azeri o kurdo o árabe. Abu Musa será una diminuta porción asoleada de tierra seca rodeada de un mar calmo, pero la habitan tantas etnias y lenguas como si fuera una pequeña Babel.

Ya venía de regreso el miliciano cuando vio que un punto negro apareció en la distancia e iba creciendo y aclarándose a su mirada. Él no lo sabía aún pero aquella aparición era la de la joven de Teherán, Asadeh Mirbali, cubierta de pies a cabeza con un chador negro, que pedaleando y jadeante se aproximaba al puesto de guardia cuando pasaban apenas las ocho de la mañana. Nasim tampoco lo sabía, pero aquella mujer que se aproximaba era la enviada de la Comisión Electoral para encargarse de recolectar los votos de los habitantes de la isla. A sus escasos 22 años, Asadeh –que en farsi significa libertad– había llegado por barco la noche anterior para ejercer su papel de funcionaria electoral. Estudiaba en la Universidad de Teherán, y podría decirse que era una digna representante de los nuevos tiempos que se vivían en el país.

Era toda una novedad que una mujer hubiese sido nombrada para tal función, y eso fue lo primero que llamó la atención incómoda del miliciano, que esperaba la llegada de un hombre para hacerse cargo de la encomienda. Y a pesar de que al principio se resistió, no tuvo más remedio que acatar de mala gana las órdenes y asumir su tarea, que era la de acompañarla y transportarla en un jeep militar por toda la isla para recolectar los votos.

Así, refunfuñando, con el fusil al hombro y su uniforme verde olivo algo deslavado, Nasim tomó el volante de aquel vehículo maltrecho y pensó para sus adentros que se le avecinaba un día difícil. Convivir por horas con una mujer de la capital era algo para lo que no estaba familiarizado en modo alguno, y menos que esa mujer le diera órdenes. Ni siquiera se atrevía a dirigirle la miraba cuando cruzaban palabras, se sentía completamente incómodo.

Asadeh, en cambio, estaba apurada e inquieta, se hacía tarde y había que visitar decenas de sitios señalados en un mapa en busca de votantes. Se recogió el chador como pudo para sentarse en la parte posterior del jeep descapotado, colocó la urna, las boletas y emprendieron la marcha.

Abu Musa parecía un territorio desierto. Sin caminos pavimentados, iban a trompicones pasando entre matorrales y tierras calizas abrazadas por el sol. De cuando en cuando la brisa del mar traía algún refresco, de cuando en cuando un bache en el camino los hacia saltar, y poco a poco se fueron relajando y poco a poco trabaron conversación.

A decir verdad, Nasim no entendía bien para qué carambas servía votar. Con 26 años de edad, y cinco de miliciano, de los cuales la mayor parte del tiempo los había pasado sin hacer gran cosa en su puesto de guardia viendo al mar, los asuntos de la política le resultan ajenos. “¿Y porque tenemos que votar?” le preguntó. “No tenemos –respondió ella– no es una obligación, es un derecho, y si elegimos a los que nos gobiernan podemos entonces exigirles que resuelvan los problemas que tenemos y que cumplan con los que prometen”. El asintió más bien incrédulo, se quedó pensativo, y al rato volvió a preguntar. “¿Y los contrabandistas y ladrones que merodean estos caminos también pueden votar?”. “Todos –afirmó Asadeh– el voto es universal, siempre y cuando sean ciudadanos de Irán, tengan identificación y edad de votar, hoy todos pueden participar”.

Se hizo de nuevo un silencio largo, lo único que se escuchaba era el motor de aquel trasto viejo que se movía de milagro, cuando de pronto, a la vera del camino vieron como un hombre corría a toda prisa, como huyendo de su encuentro. Nasim hizo sonar la bocina del jeep varias veces, después detuvo la marcha, se apeó del vehículo, tomó su fusil, y a gritos le ordenó que se detuviera.

“¡Pero qué haces! –le gritó ella– ¡así no se buscan los votos, no con un fusil en la mano! ¡Ese hombre debe estar aterrado!”, Mientras tanto aquel hombre en efecto detuvo la carrera, y se quedó paralizado por el miedo y la sorpresa. Fue la propia Asadeh quien se acercó caminando a él, le pidió disculpas, le explicó la situación y lo invitó a votar. Sacó de la bolsa una boleta muy simple, apenas un papel recortado con ocho nombres impresos, y le pidió que eligiera dos nombres, doblara la papeleta y la metiera en la urna. El hombre consintió a votar con la sola condición de que el militar se mantuviera alejado. “El voto es secreto” dijo, ya más tranquilo. Y entonces le mostró a Asadeh su identificación: era un profesor rural oriundo de Isfahan, tenía estudios y sabía lo suyo, no huía de nadie, solamente apuraba el paso para llegar a tiempo a la mezquita. Asahed le puso un sello a su identificación en cuanto depositó la boleta. Aquel fue el primero de los muy pocos votos que habría de recolectar durante el día.

 

@edgardobermejo
edgardobermejo@yahoo.com.mx

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