Centenario de Ingmar Bergman: El artista de la linterna mágica | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 14 de Julio, 2018

Centenario de Ingmar Bergman: El artista de la linterna mágica

Especial. Hoy se conmemoran 100 años del natalicio de uno de los realizadores más prolíficos de la historia

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Tercera y última parte

La intensidad en la vida de Ingmar Bergman comenzó desde el primer minuto de vida: “Cuando yo nací en el mes de julio de 1918 mi madre tenía la gripe, mi estado general era malo y me hicieron un bautizo de urgencia en el hospital”, escribió el realizador en el arranque de sus célebres memorias, La linterna mágica (1987), en cuyas líneas dejaba ver una especie de pánico a la vida que caracterizó su exigente y torturado carácter. Una debilidad innata que su inteligencia, valentía y humor supieron transformar en una de las páginas más apasionantes de la historia del cine y del teatro.

Hay dos momentos en la niñez de Bergman que lo llevaron a encontrar su vocación. Ambas ocurrieron en Navidad: La primera fue cuando le regalaron unos muñecos de hojalata, con ellos su imaginación despertó y les creó escenarios e historias; la segunda fue un gesto de envidia hacia su hermano Dag, a quien le habían regalado un proyector de juguete, le propuso un intercambio de regalos y no paró hasta conseguirlo. La breve película que proyectaba era la de una mujer bailando, pero al pequeño Bergman lo que le obsesionó desde ese momento era que él controlaba el movimiento de aquella mujer hecha de luz con su propia mano.

Con el tiempo ese pequeño detalle, comparable al de un pequeño dios, cobró sentido en su manera de concebir el séptimo arte: “Cine como sueño, cine como música... Cuando yo, en la moviola, paso la película cuadro por cuadro, siento todavía la vertiginosa sensación de magia de mi infancia: allí en la oscuridad del armario daba yo vueltas lentamente a la manivela pasando las imágenes una por una y veía los cambios apenas perceptibles”, escribió en sus memorias.

“Las sombras mudas o parlantes se dirigen sin rodeos hacia mis espacios más secretos. El olor a metal caliente, la temblorosa luz de las imágenes, el ruido de la cruz de Malta, la manivela en la mano”, añadió el cineasta que desarrolló después su historia con una visión casi siempre trágica de las relaciones entre hombres y mujeres, el temor ante la muerte, la existencia (o inexistencia) de Dios, la soledad del ser humano, la dificultad de emprender y mantener relaciones familiares y de pareja o el sentido de la vida. Su cine tiene la ambición de tocar temas profundos.

Los sueños y la realidad, el presente y los recuerdos se mezclan sin cortapisas, pero no hay nada extraño o complicado de entender en ello. Su historia se forjó como la de un cineasta exigente, severo, obsesivo hasta el delirio y detallista hasta la desesperación. Padecía del estómago, lo que con frecuencia le agriaba el carácter y complicaba las vidas de quienes compartían su vida y sus platós. Cuando analizó sus propias películas en sus memorias, lo mejor que decía de ellas era que “no le habían quedado del todo mal”.

Hacer películas “era una obligación pero siempre ha sido una obsesión. En cierto modo, hacer películas es muy erótico. No sé muy bien por qué. No porque te acuestes con las actrices, tiene que ver con otra cosa. Creo que es porque hay un entendimiento emocional al completo. Estamos rodeados de personas que están vinculadas a nosotros. El operador de cámara por ejemplo, tenía una forma de agarrarse a la cámara que parecía que estaba abrazando a una mujer. No soy yo, en esos momentos, no era yo. Yo era ellos y estaban dentro de mí. Hacer películas es como un tener un romance”, expresó el realizador en una entrevista realizada en los años 90.

Primavera salvaje. El 14 de julio de 1918 era domingo. Llegó al mundo con poca esperanza de vida en Upsala, una ciudad cercana a Estocolmo, en el sureste de Suecia: “era como si no acabara de decidirme a vivir”, dice en sus memorias, en las que lo único que no recordaba era de sentir miedo.

Fue fruto del matrimonio formado por Erik, pastor protestante, y su prima Karin. Erik pertenecía a la rama pobre de una familia burguesa: los padres de Karin no habían visto con buenos ojos aquella boda que se celebró contra viento y marea, y de hecho ella nunca se acostumbró a la austeridad de la vida de ministro luterano que le fue impuesta. Ingmar estuvo toda la vida obsesionado con esa madre distante y secretamente infeliz, con cuyo nombre Bergman bautizó a muchos de sus personajes femeninos.

Decir que su papá era estricto es poco. Creció en una casa en la que la buena conducta y la represión de los instintos se consideraban virtudes. Su educación estuvo basada en limitar su capacidad creativa y reemplazarla por conceptos como “pecado”, “castigo”, “perdón”, pero sobre todo, “culpa”. Factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios. No resulta pues extraño que, tanto él como su hermana Margareta, se refugiaran en un universo imaginario: juntos compraban trozos de película para el proyector, antes mencionado.

“Había en ello una lógica interna que nosotros aceptábamos y creíamos comprender. Este hecho contribuyó posiblemente a nuestra pasiva aceptación del nazismo. Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a qué sabía. En un sistema jerárquico, todas las puertas están cerradas”, escribió el cineasta.

También explica como su padre arruinó la vida de sus hermanos. Destrozó a Dag con su severidad, mientras Margareta optó por la “autoaniquilación y el desasosiego” ante el amor posesivo que sus padres le profesaron. Él, afirma, fue el que mejor parado salió gracias a que se convirtió en un mentiroso: “Creé un personaje que, exteriormente, tenía muy poco que ver con mi verdadero yo. Como no supe mantener la separación entre mi persona real y mi creación, los daños resultantes tuvieron consecuencias en mi vida hasta bien entrada mi edad adulta y en mi creatividad. En ocasiones he tenido que consolarme diciéndome que el que ha vivido en el engaño ama la verdad”, escribe.

Desde su adolescencia, Bergman tenía pasión por el cine. Sus películas favoritas al principio eran las de monstruos, como La Momia o Frankenstein, aunque le gustaba también la ópera y la música clásica. La política no le interesaba demasiado, aunque el año 34 había ido a Alemania en un intercambio con el hijo de otro pastor, que usaba el Mein Kampf (Mi lucha), de Hitler en sus sermones. Con esa familia fue a una concentración en Weimar, para escuchar al Führer y ver una ópera de Wagner.

No contaba aún veinte años cuando dejó a sus padres para instalarse en Estocolmo. En 1937, Bergman ingresó en la Facultad de Letras e Historia del Arte de la Universidad de Estocolmo, donde destacó por publicar cuentos y novelas cortas en varias revistas, además de participar activamente en la escena teatral estudiantil como actor, guionista y director.

Fue en esta época, entre finales de los 30 y comienzos de los 40, cuando entabló amistad con Erland Josephson y Vilgot Sjöman. En 1942, tras el estreno de una de sus obras, La muerte de Punch, Bergman fue invitado a formar parte del equipo de guionistas de la Svensk Filmindustri, donde pasó dos años revisando guiones, mientras seguía escribiendo obras favorablemente acogidas por la crítica. No se alejó de las tablas ni en sus mejores años como cineasta, aunque él mismo no se considera un hombre de palabras:

“Las palabras me resultan muy, muy difíciles. Durante mi niñez comprendí que mis padres decían ciertas cosas cuando querían decir lo contrario. Yo se lo notaba en las caras, en los gestos, en las voces. No comprendía lo que decían pero lo sentía. Toda mi vida he pensado que los grandes escritores usan las palabras como un abrigo para sus emociones y a veces las palabras pueden ser muy enigmáticas… (…) Ser músico es mucho más simple. Las notas son un instrumento que refleja perfectamente las emociones humanas. Pero cuando tenemos que interpretar palabras, es muy, muy difícil. Es como un niño o un perro que no entienden las palabras pero saben cómo suenan”, agregó en una entrevista con un medio español.

Juegos de verano. Su carrera cinematográfica comenzó en 1944 gracias a un consejo que le dio Carl Anders Dymling, presidente de Svensk Filmindustri, quien lo alentó a escribir un guion. Se trataba de Tormento, película dirigida por Alf Sjöberg, el más eminente de los realizadores del cine sueco de entonces, a quien Ingmar Bergman admiraba profundamente. Ahí debutó tras la cámara al final del rodaje porque Sjöberg tuvo que ausentarse.

La película narra la historia de la adicción de una mujer al alcohol y a los hombres, y los juegos de poder entre dos de sus amantes. En la historia, la vida de los tres protagonistas se muestra como un drama sin tregua. Y ésta sería la constante que desarrollará Bergman desde entonces.

Al año siguiente debutó como director con Crisis, una película sobre la pérdida de la inocencia en la que había mucho de él. Se trata de la historia de Nelly, quien vive con su madre adoptiva, pero que decide huir del hogar cuando encuentra a Jenny, su madre biológica. Llega a Estocolmo a reunirse con ella y ahí será seducida por Jack, el amante de Jenny. Así, Nelly accede a un mundo donde perderá la inocencia no solo en el campo sexual, sino a través de lo que supone mudarse a la gran ciudad. Aquí, Bergman se ocupa de mostrar la necesidad de comunicación de los seres humanos a través de sus cuerpos y la importancia del contacto físico.

Luego vendría una película más personal: Prisión (1949), la historia de un director de cine que planea rodar un filme sobre el diablo y se ve inmerso en una serie de experiencias oníricas y sobrenaturales, que demuestran el poder absoluto de Belcebú. Temas como el desencanto, el silencio de Dios y la necesidad de la fe, brotan y se desarrollan con la naturalidad de quien los conoce de toda la vida.

Más tarde las dos últimas obras de esta década, La sed (1949) y Hacia la felicidad (1949), muestran una nueva preocupación en Bergman, que aborda el tema de la pareja enredada en una lucha sin cuartel. Prisioneros el uno del otro, los amantes protagonistas de sus películas se entregan a un combate cuerpo a cuerpo, un torneo oratorio despiadado con evidentes resonancias de Strindberg, su autor preferido. Por esos tiempos vive su tercer matrimonio, tiene cinco hijos, no fuma y apenas bebe alcohol. La vida para él consiste en algunos breves instantes de felicidad, pero en general se caracteriza por una soledad y amenaza de la muerte, que le hace perder su fe en Dios.

Los años 50 permitieron afianzarse a Bergman. Al principio de la década rodó dos brillantes historias de amor que exaltaban a la vez el esplendor del verano sueco y los fuegos efímeros de la pasión: Juegos de verano (1950) y Un verano con Monika (1952), donde alcanzó su plenitud la sexualidad de Harriet Andersson. Son historias de amor con tintes melodramáticos —con especial interés por los personajes jóvenes en evolución y conflicto— y hace también algunas pruebas con la comedia, un registro muy alejado de su denso y existencialista universo.

La carrera de Bergman en Suecia estuvo a punto de verse frenada a causa de la desfavorable recepción crítica de Noche de circo (1953), un análisis mordaz del deseo, el sentimiento de culpa y la vulnerabilidad humana. Pero la obtención por parte de Sonrisas de una noche de verano, que gira en torno a conflictos familiares, sexuales y morales, del Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes de 1955, volvió a situarle en posición privilegiada.

Sonata de otoño. El triunfo definitivo más allá de las fronteras suecas llega de forma rotunda con dos películas. La primera, El séptimo sello (1956), premio Especial del Jurado en Cannes, que le permitió hacer una alegoría sobre la vida y la muerte donde refleja a la vez su concepción afectiva e intelectual de Dios.

En un mundo inmerso en plena Guerra Fría, obsesionado con el peligro nuclear, la historia de un caballero medieval que recorre unos parajes asolados por la peste cobró una inesperada vigencia. Especial impacto causó el momento, entre realista y onírico, en el que el caballero jugaba una partida de ajedrez con la Muerte. Nunca se había visto nada así en el cine, y hoy sigue siendo quizá la escena más recordada e icónica de su filmografía. Por cierto, que años después Bergman admitió que se la había inspirado un fresco pintado en una iglesia sueca por Albertus Pictor, en el siglo XV.

La segunda gran victoria de su cine fue Fresas salvajes (1957), Oso de Oro en el Festival de Berlín, está protagonizada por el viejo cineasta Victor Sjöström. Su idea nació durante un viaje del cineasta de Estocolmo a su ciudad natal, Upsala, pero cuyo guion escribió durante su estadía en un hospital psiquiátrico a causa de un cuadro de agotamiento. Y esta es otra película donde sus tormentos encuentran consuelo.

El propio Bergman diseccionó lo que Fresas salvajes significó en su vida personal y en su carrera en su libro Imágenes. Reconoce que la película nace de un dolor personal tras la separación de su tercera esposa y un conflicto relacional con sus padres. “Mi madre y yo buscábamos una y otra vez una reconciliación temporal, pero había demasiados cadáveres en los armarios, demasiados malentendidos infectados. (...) Imagino que uno de los impulsos más fuertes que yacen bajo la realización de Fresas salvajes estaba justamente ahí. Me retrataba a mí mismo en la figura de mi padre y buscaba explicaciones a las amargas peleas con mi madre”, dijo.

En los años siguientes construyó una serie de parábolas como El manantial de la doncella (con la que gana el primer Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa en 1960), El rostro (1958) y varios dramas existenciales que indagan en los desequilibrios psicológicos, las dudas religiosas y las relaciones familiares y de pareja. Es el momento cumbre de su carrera y se suceden las obras maestras. Dirige lo que se denominará la trilogía de la fe: Como en un espejo (segundo Oscar, en 1961), Los comulgantes (1963) y la sublime El silencio (1963).

Esta exploración de las entrañas del alma alcanza un hito incontestable con Persona (1966), que exprime los recursos del cine para ahondar en la complejidad humana con una profundidad que podía parecer reservada a la novela. Es una cinta marcada por la constante búsqueda y la construcción de identidad. Cuenta la historia de Elizabeth, una actriz que queda repentinamente muda a causa de un desequilibrio emocional y que, para su recuperación, se traslada a una casa de playa con su enfermera, Alma. La profesión de Elizabeth resulta efectiva para graficar el relato, pues, al dedicarse ella a la actuación, nos remite de inmediato al arte del engaño y de la frecuente adopción de identidades diferentes. Bergman nos plantea la confusión de las identidades de ambas mujeres, con escenas casi oníricas.

También a esta época pertenece La hora del lobo (1968), su película de terror sobre un artista en crisis que se enfrenta a sus demonios y desata poderosas escenas oníricas. A su alrededor, el cineasta tejió después una serie de dramas que destacan por su crudeza y violencia, como La vergüenza (1968) o Pasión (1970). En 1971, Bergman rodó en inglés La carcoma, con Elliot Gould, que supuso un completo fracaso comercial. Por contra (1972) fue un alucinante estudio en blanco y negro de los últimos días de vida de una mujer enferma de cáncer y del comportamiento de sus hermanas, es encumbrada como una de sus obras maestras.

La culminación de la exploración con implacable bisturí el universo de la pareja y la familia llega con Secretos de un matrimonio (1973) y Cara a cara al desnudo (1976), las más descarnadamente autobiográficas, protagonizadas por Liv Ullmann, que fue el gran amor de su vida, y Erland Josephson, el actor que más de una vez encarnará a su alter ego.

El aislado invierno. El 30 de enero de 1976 la policía entra en el Dramaten de Estocolmo en pleno ensayo de La danza de la muerte, de Strindberg y se lleva detenido a Bergman, acusado de fraude fiscal. El cineasta culpa a sus asesores económicos y habla de acoso del Ministerio de Hacienda. El escándalo es monumental, la noticia da la vuelta al mundo y el mismísimo Primer Ministro Olof Palme tiene que hacer unas declaraciones intentando reconducir la situación.

Indignado, Bergman decide exiliarse en Munich, donde siguió dirigiendo teatro y cine, y residió durante nueve años, pese a que en 1979 se le exonera del delito. A este periodo internacional pertenecen El huevo de la serpiente (1977), sobre los experimentos clínicos de los nazis con parias sociales, con David Carradine de protagonista; y Sonata de otoño (1978), su única colaboración con su compatriota Ingrid Bergman, que rueda la película enferma de cáncer y no se entiende con él; “¿Por qué eres tan aburrido cuando escribes, Ingmar?”, le llega a decir. Cierra esta etapa la sombría De la vida de las marionetas (1980), indagación psicológica en una mente enferma a partir del asesinato de una prostituta.

De nuevo en Suecia, en 1982 rodó su última gran película, Fanny y Alexander, en la que trata de su infancia y su pasión por el espectáculo, filme por el que consiguió su cuarto Oscar. Una mirada sobre el mundo de la infancia con un claro componente autobiográfico y un toque freudiano: el cineasta era hijo de un estricto pastor luterano al que en la película convierte no en su padre sino en su padrastro.

“Decirle adiós al cine fue muy simple porque ya no sentía las manos. A un coche antiguo, a un Hertz o un Jaguar, le puedes meter dos motores nuevos y basta. Pero si está muy mal a la par que antiguo, eso es otra cosa. Y así me sentí yo al dejar el cine. En la última película que rodé, empecé a temblar (…) Me dije a mi mismo: si quieres vivir más tiempo, tienes que prepararte para la vejez. En cierto modo, fue una despedida maravillosa”, dijo.

La muerte que tanto obsesionó al director de cine y teatro sueco, Ingmar Bergman, la encontró finalmente en el refugio donde se había retirado para esperarla: la isla báltica de Faarö, el 30 de julio del 2007. Bergman, de 89 años, había visto declinar su salud desde la muerte de su quinta esposa, Ingrid von Rosen, en 1995. El director falleció en la cama rodeado de parte de su familia. Su hija Eva Bergman explicó que la muerte llegó de forma “pacífica y tranquila”, como nunca fue su vida.

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