Durmiendo con el enemigo (o por qué no funcionaron las vicepresidencias en México) - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 14 de Julio, 2018
Durmiendo con el enemigo (o por qué no funcionaron las vicepresidencias en México) | La Crónica de Hoy

Durmiendo con el enemigo (o por qué no funcionaron las vicepresidencias en México)

Bertha Hernández

Aplicados como estaban en  la elaboración de la Constitución para el joven México independiente, los diputados abordaron la cuestión de qué hacer si  faltase el presidente de la república. Inspirados en el modelo estadunidense, que tenía vicepresidente desde 1789, en el apartado que contenía las disposiciones sobre el poder ejecutivo, sus titulares y cómo elegirlos, agregaron la figura del vicepresidente: “Art. 75: Habrá también un vicepresidente en quien recaerán, en caso de imposibilidad física o moral del presidente, todas las facultades y prerrogativas de éste”.

Todo habría sido perfecto, de no ser porque en los artículos que detallaban los mecanismos para elegir presidente y vicepresidente, a los señores diputados no se les ­ocurrió mejor cosa que colocar en esos puestos a quienes poco antes eran rivales electorales. Como suena: según el artículo 85 de la Constitución de 1824, el candidato con más votos sería el presidente, y su contrincante recibiría la vicepresidencia.

Los Constituyentes de 1824 estaban satisfechos con su obra. No podían, sin embargo, adivinar que a la vuelta de unos pocos años, el asunto iba a embrollarse de la peor manera y sumiría en la inestabilidad al país a lo largo de la primera mitad del siglo XIX. Como uno nunca sabe para quién trabaja, uno de esos diputados iba a tener ocasión de vivir en carne propia los defectos de las decisiones de aquel momento. Se llamaba Valentín Gómez Farías, y en su largo trato con Antonio López de Santa Anna iba a enterarse de qué se sentía ser vicepresidente en un país con tantos altibajos políticos. Pero antes, el país tendría que sufrir mucho con las riñas entre presidentes y vicepresidentes.

UNA ACCIDENTADA MITAD DE SIGLO. El primero en enterarse de los detalles endemoniados del Artículo 85 fue el mismísimo Guadalupe Victoria, primer presidente de México. En las elecciones en las que resultó triunfador, había cuatro candidatos a la Presidencia: Victoria, Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, y Manuel Gómez Pedraza, al que inhabilitaron por estar sujeto a proceso militar. Victoria obtuvo la mayor cantidad de votos, y Guerrero y Bravo empataron. Fue el Congreso el que debió resolver quién se quedaría con la vicepresidencia. El elegido fue Nicolás Bravo.

El pequeño problema subyacente consistía en que a Victoria lo apoyaban los grupos federalistas, de ideas liberales, agrupados en la masonería yorkina. A su vicepresidente lo favorecían los centralistas, antiguos iturbidistas, afiliados a la masonería del rito escocés. De ese modo, Guadalupe Victoria se dio cuenta, muy pronto, que literalmente, le tocaba dormir con el enemigo.

Jamás pudo generarse una colaboración civilizada entre el presidente y su vicepresidente. Victoria jamás invitaba a Bravo a las reuniones con ministros, ni le participaba de sus decisiones. En reciprocidad, y aislado del primer círculo del poder, el vicepresidente se dedicó a conspirar contra el Presidente.

Se terminaba 1827 cuando en Otumba se levantó en armas José María Montaño, un teniente coronel que exigía suprimir las sociedades secretas (es decir, la masonería), expulsar al célebre embajador de Estados Unidos, Joel R. ­Poinsett, y cumplir a cabalidad las disposiciones constitucionales. Sigilosamente, Nicolás Bravo salió de la Ciudad de México, y reapareció a los pocos días como comandante en jefe del levantamiento. Para combatirlo, Guadalupe Victoria envió al otro aspirante a la Presidencia, Vicente Guerrero, quien logró sofocar la rebelión.

Pero la Constitución seguía siendo la misma, y los mismos problemas sobrevinieron en 1828, cuando se llevó a cabo la elección para designar al sucesor de Victoria. Tres eran los candidatos: Manuel Gómez Pedraza, Vicente Guerrero y Anastasio Bustamante.

El proceso fue un poco menos complejo. Bustamante tuvo el menor número de votos, Guerrero quedó en segundo lugar y Gómez Pedraza fue el vencedor. El Congreso lo designó Presidente y Guerrero ocupó la Vicepresidencia. Pero los yorkinos más radicales, partidarios de Guerrero, se opusieron al resultado electoral y promovieron una insurrección. Desde la fortaleza veracruzana de Perote, Antonio López de Santa Anna se unió al levantamiento, alegando que la decisión del Congreso había violentado la voluntad del pueblo”, que prefería a Guerrero en la presidencia. Mal le fue en aquella ocasión a Santa Anna, porque su pronunciamiento fracasó y se vio en la necesidad de refugiarse en Oaxaca. Pero las cosas cambiaron súbitamente en la capital, y Santa Anna dejó de ser importante.

¿Qué ocurrió en la Ciudad de México?  Que la tropa se sublevó para favorecer la llegada a la presidencia de ­Guerrero. El levantamiento, conocido como “el motín de la Acordada”, exigía desconocer el triunfo electoral de Gómez Pedraza y sustituirlo por el vicepresidente.  Uno de los autores intelectuales del motín, Lorenzo de Zavala, reconocería después que todo era legal en la designación de Gómez Pedraza, pero era fuerza reconocer que al degenerar “los partidos en facciones, el vencido no reconoce los derechos del vencedor”.

En lugar de resistir y hacer valer la legalidad, Gómez Pedraza decidió que no valía la pena meterse en tantos problemas, y renunció a su  cargo como Ministro de ­Guerra en el gabinete de Guadalupe Victoria, renunció a su triunfo electoral y se fue de la capital.

Debilitado, el presidente Victoria prefirió llevar la fiesta en paz y le dio el ministerio de Guerra  ¡a Vicente Guerrero! El Congreso, entretanto, decidió que, desaparecido Gómez Pedraza,  había que nombrar Presidente a ­Guerrero y Vicepresidente a… Anastasio Bustamante.

Una vez más, el país se entrampó con el Artículo 85 constitucional. Bustamante pertenecía al partido escocés, y, evidentemente, poco o nada coincidía con las ideas y proyectos de Guerrero, de manera que aguardó pacientemente, hasta que las circunstancias lo favorecieron. En abril de 1829, tropas españolas intentaron invadir México, entrando por las costas de Tamaulipas. Mientras Santa Anna era enviado a combatir el ataque, Guerrero armó un ejército de reserva que entregó a su vicepresidente… quien lo usó para levantarse en armas contra el presidente. Con respaldo militar, Bustamante pudo hacerse con la Presidencia, aunque pidió que se le llamara “Vicepresidente en ejercicio de la Presidencia”.

Pero Guerrero le estorbaba, y en contubernio con el Congreso, resolvieron despojar al Presidente de su investidura legal. La Constitución decía que el vicepresidente asumiría el cargo de su superior “en caso de imposibilidad física o moral”.  El mismo Congreso que designó Presidente a Guerrero, meses más tarde lo acusaba de “imposibilidad moral para gobernar a la República”.

Los diputados estaban divididos. Unos pocos denunciaban la maniobra, porque se pretendía, sin dictamen médico de por medio, declarar a Guerrero “enfermo de sus facultades mentales”. Y así lo hicieron, y lo desconocieron como presidente.

Pero al país aún le tocaría vivir más complicaciones con la Constitución de 1824, cuando llegara al poder Antonio López de Santa Anna, con un vicepresidente con el que nada tenía en común.

historiaenvivomx@gmail.com

 

Nicolás Bravo. Vicente Guerrero. Anastasio Bustamante.

 

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