La recolectora de votos - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 21 de Julio, 2018
La recolectora de votos  | La Crónica de Hoy

La recolectora de votos

Edgardo Bermejo Mora

(Segunda de tres partes)

El soldado y la joven retomaron el camino, y al poco los alcanzo un camión de carga del que se bajó un hombre moreno, de un bigote espléndido. “¿Es usted la agente electoral?” preguntó. Entonces de la parte trasera del camión descendieron cerca de 15 mujeres de todas las edades, todas ellas con un jihab cubriéndoles la cabeza y algunas incluso con máscaras tradicionales, que es la forma más conservadora para que algunas mujeres salgan a la calle y ni siquiera sus rostros puedan ser vistos por nadie que no sea otra mujer. El hombre del bigote tenía en la mano los carnets de identidad de todas, y pensaba simplemente indicarle a cada una de ellas por quien debían cruzar la boleta, pero Asadeh se lo impidió. Cada una tendría que votar en secreto y con libertad.

Había sin embargo otro problema: la mayoría eran analfabetas y algunas tampoco hablaban persa. Para el primer obstáculo Asadeh tenía la solución: se tenían previstos estos casos, por lo cual otra forma de votar era usando otro tipo de boleta con los rostros de los ocho candidatos, de modo que el elector pudiera cruzar la foto de su elección. Una de las mujeres ayudó a traducir del persa al dialecto árabe que se habla en el golfo pérsico las indicaciones de la agente electoral. Se formaron sin descubrir nunca sus rostros, y finalmente votaron.

En la fila estaba formada una pequeña niña que mostró su identificación, tenía 12 años y Asadeh tuvo que explicarle a ella y a su madre que no estaba en edad de votar, la edad mínima eran 16 años. “Curioso –le respondió la madre– sí puede estar en edad para casarse, pero no tiene edad para votar”.

Más tarde Asadeh y Nacim retomaron el camino de la costa y llegaron a un muelle, pero las barcas de pescadores ya habían zarpado a esa hora y no tuvieron más remedio que montarse en una lancha y remar mar adentro para recolectar los votos marineros. Se demoraron más de una hora esta tarea, pero así estaba trazada la ruta y Asadeh no estaba dispuesta a dejar a nadie sin la oportunidad de votar.

Cuando regresaron a tierra ya los esperaba un nutrido grupo de votantes, todos ellos de origen kurdo, de manera que Asadeh tuvo que pedir la ayuda de un intérprete. Sacó como en todos los casos la lista de candidatos y las papeletas explicando que ahí aparecían los nombres autorizados por el Consejo Electoral. El grupo Kurdo revisó la lista de arriba abajo, una y otra vez. “Aquí no aparecen nuestros candidatos” explicó uno de ellos al intérprete que a su vez se lo comunicó en persa a Asadeh. “Lo siento, son los candidatos autorizados, no hay más”, explicó ella. Decepcionado, el grupo entero se dio la media vuelta y se marchó.       La minoría kurda en Irán había estado excluida por mucho tiempo del juego político, y esto era un asunto que seguía sin resolverse.

Así anduvo Asadeh el resto de la mañana y hasta ya entrada la tarde, cargando por todas partes la urna blanca, exponiendo su cuerpo menudo a los rayos del sol, con la mirada segura y la sonrisa a flor de boca que ofrecía a cada persona a la que le pedía ejercer su voto. Ni siquiera se dio tiempo para almorzar, con agua se mantuvo casi toda la jornada envuelta como estaba en aquel chador negro que debía asfixiarla de calor.

Tocó y tocó puertas cada vez que el jeep del miliciano Nacim la ponía frente a uno de los tantos caseríos que salpican la isla. Muchas veces no le abrían, otras la dejaban con la palabra en la boca. Se encontró en el camino con un grupo de pastoras de cabras. “No podemos votar —le contestó una de ellas— no tenemos el permiso de nuestros maridos”. Asadeh ya no insistió más, aceptó en cambio una taza de leche fresca de cabra y continuó su tarea.

Entonces se encontró en el camino una choza rústica y casi en ruinas habitada por un anciano. Nacim no podía creer que aquí también ella quisiera detenerse, su obstinación comenzaba a desesperarlo, pero debió parar. Ella no insistió, le ordenó que parara, algo que de verdad lo perturbaba.

El anciano resultó ser un religioso devoto. “Sólo Dios puede cambiar el destino de la gente —le dijo— ningún político ningún, partido pueden estar por encima de Dios. ¿Para qué votar? Si la voluntad de Dios es única”. Pese a todo, el anciano amablemente aceptó entrar a la choza por su identificación, tomar una boleta en sus manos y votar. Entonces tachó el nombre de los ochos candidatos de un plumazo, y en la parte superior de la boleta escribió: “voto por Dios, es al único candidato que conozco”.

@edbermejo

edgardobermejo@yahoo.com.mx

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