La difícil convivencia o qué ocurrió en México cuando el Presidente y el Vicepresidente no se entendieron para nada - Bertha Hernández | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 21 de Julio, 2018
La difícil convivencia o qué ocurrió en México cuando el Presidente y el Vicepresidente no se entendieron para nada | La Crónica de Hoy

La difícil convivencia o qué ocurrió en México cuando el Presidente y el Vicepresidente no se entendieron para nada

Bertha Hernández

El partido yorkino, ciertamente, estaba harto de los desórdenes que habían generado las disposiciones electorales de la Constitución de 1824, que obligaba a los dos aspirantes a la Presidencia con mayor cantidad de votos, a una convivencia forzada, asumiendo el primer lugar, la Presidencia, y el segundo lugar, la Vicepresidencia. 

Al caer el presidente Anastasio Bustamante, derrocado por Antonio López de Santa Anna, y emitirse la convocatoria para la nueva elección, los masones yorkinos, de tendencias liberales, decidieron no arriesgarse nuevamente: postularían a dos candidatos, aunque públicamente fuesen contrincantes, y de esa manera esperaban generar una gestión presidencial consolidada, liberada de la zozobra constante, derivada de lo que estuviera tramando, secreta o públicamente, el Vicepresidente de la República.

Era prácticamente un hecho que Santa Anna, el hombre fuerte del momento, sería el triunfador en las elecciones. Pero todo aquél que lo conocía, tenía claro que el general veracruzano, aunque era miembro del partido yorkino, no tenía demasiadas ideas políticas; lo suyo era la carrera de las armas. Los yorkinos se aplicaron a convencer a Santa Anna de que el candidato ideal para ocupar el segundo lugar en los comicios era un médico que llevaba algunos años ocupando diputaciones y tenía fama de federalista y radical: se llamaba Valentín Gómez Farías, y, quizá porque no era demasiado conocido, ni los propios yorkinos ni el clero ni los mandos militares se dieron cuenta de lo que podría ocurrir si llegaba a la Vicepresidencia de la mano de Santa Anna. Pero así se llevaron a cabo las elecciones y, según lo calculado, ambos personajes asumieron el poder.

Alguien debió darse cuenta de lo que iba a ocurrir cuando, poco antes de la toma de posesión del presidente y el vicepresidente, López de Santa Anna manifestó que no se sentía bien y que se retiraba a su hacienda veracruzana a reponerse de sus males. ¿Y la Presidencia?  Bueno, caballeros, respondió el general, el señor vicepresidente bien puede asumir los cargos de ambos. Y, dejando a sus presuntos correligionarios un poco perplejos, Santa Anna se fue a casa.

El pequeño detalle es que esta situación se repitió ¡en cuatro ocasiones más! Valentín Gómez Farías fungió como vicepresidente a cargo de la Presidencia del 1 de abril al 16 de mayo de 1833; del 3 al 18 de junio y del 3 de julio al 27 de octubre del mismo año. Volvió a tan peculiar condición del 15 de diciembre de 1833 al 24 de abril de 1834, y por último, del 24 de diciembre de 1846 al 21 de marzo de 1847.

En todos los casos, aunque en teoría estaba sujeto a la autoridad del Presidente constitucional, que bien podría reasumir sus funciones en el momento en que mejor le pareciera, Gómez Farías comenzó a gobernar y decidió aprovechar la coyuntura: no todos los días se le ofrecía a alguien, casi en bandeja de plata, la oportunidad de transformar muchas de las viejas herencias virreinales.

UN COMPLETO LIBERAL. Valentín Gómez Farías sumió en el desconcierto a propios y extraños. Nadie creía —mal cálculo— que este médico traía en la mente todo un modelo transformador del país, que todavía no acababa de sacudirse muchos de los malos modos de la era virreinal. El nuevo Vicepresidente decidió emprender lo que se conoce como la primera Reforma liberal, un conjunto de disposiciones de orden político, educativo y económico que son los primeros gérmenes del moderno Estado mexicano.

¿Qué pretendían? Literalmente, liberar a los ciudadanos de las jerarquizaciones sociales virreinales, que limitaban a la gente “de a pie” y que en cambio daba privilegios al clero y a la milicia.

¿En qué consistían? En extinguir los fueros de los militares y del clero; separar el Estado de la Iglesia y promover la libertad de cultos; establecer la educación pública gratuita y obligatoria y la consecuente fundación de escuelas en todo el país. Le interesaba colonizar los lejanos territorios del norte y de esa manera integrar el territorio nacional. “Todo está por hacer”, escribió. “Faltan leyes de Hacienda y de enseñanza primaria, falta educar buenos ciudadanos conocedores de sus deberes y aptos para cumplirlos. Falta justicia, códigos nuevos que resuelvan el enmarañamiento de las leyes coloniales…”

Entre abril de 1833 y abril de 1834, Gómez Farías dictó 265 leyes, decretos y disposiciones, asesorado por José María Luis Mora y apoyado por algunos diputados tan radicales como él. Todo mundo se dio cuenta de que las reformas iban muy en serio cuando ordenó se diera de baja a todos los militares que hubiesen participado en conspiraciones, pronunciamientos y asonadas, al tiempo que ordenaba la clausura de la Universidad, por deteriorada e inservible. Desde luego, detonó el primero de los alzamientos que a lo largo de sus accidentadas gestiones como vicepresidente tuvo que enfrentar.

LAS DIFICULTADES DE TENER UN PRESIDENTE COMO SANTA ANNA. La embestida reformista de Gómez Farías no sólo generó un levantamiento militar; también lanzó al clero a la tortuosa tarea de conspirar en su contra, y eso puso en su contra a muchos honrados ciudadanos, fervorosos creyentes, a los que sus párrocos o confesores les contaban de aquel médico, seguramente hereje, pretendía demoler a la Iglesia.

Pero la peculiar personalidad de Antonio López de Santa Anna era el factor de incertidumbre: todos los afectados por la reforma de Gómez Farías fueron a quejarse y a exigir su regreso, para poner en orden al levantisco vicepresidente. Santa Anna, que por un lado era feliz con tantas muestras de atención y por otro tampoco tenía interés en perder sus privilegios, regresó en tres ocasiones diferentes para cancelar los proyectos del vicepresidente.

Ni siquiera el desastre político y el ambicioso proyecto expansionista estadunidense, que llevaron a la pérdida de Texas y a la invasión del territorio nacional, pudieron hacer que el Presidente y el Vicepresidente pudieran ponerse de acuerdo por el bien nacional. En 1846, cuando regresaron al poder con la misma fórmula, un desesperado Gómez Farías decretó la incautación de bienes eclesiásticos para financiar a las tropas mexicanas que hacían frente al enemigo.

Solamente provocó una revuelta y una queja brutal, que obligó a Santa Anna a deshacerse del Vicepresidente mientras el país se dirigía al desastre y a la derrota.

Ahí se terminó la difícil convivencia entre ambos personajes, pero Gómez Farías seguiría en la política, entre exilios y regresos. Al final, una década después, se convertiría en un símbolo inspirador cuando la siguiente generación liberal, la de Juárez, sí podría llevar a cabo muchas de las reformas que soñó.

Paradojas de la vida política. Antonio López de Santa Anna falleció, en su cama, con relativa tranquilidad, en el verano de 1876,  y lo llevaron a enterrar al Panteón del Tepeyac. Su sufrido Vicepresidente había muerto18 años antes, cuando el país se incendiaba con la Guerra de Reforma. Gómez Farías pasó años sepultado en la huerta de su casa en Mixcoac, porque el clero mexicano lo declaró hereje y excomulgado, y le prohibió descansar en los camposantos del país. En 1933, al cumplirse cien años de la promulgación de sus reformas, se le llevó a la Rotonda de los Hombres Ilustres –así se llamaba entonces. 

Santa Anna aún permanece en la Villa de Guadalupe.

 

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Pie de foto: López de Santa Anna y Gómez Farías, pese al acuerdo político que los llevó a ser al mismo tiempo presidente y vicepresidente de México, jamás lograron congeniar ni tener objetivos comunes.

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