La era de la inhumanidad - Marcel Sanromà | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Martes 24 de Julio, 2018
La era de la inhumanidad | La Crónica de Hoy

La era de la inhumanidad

Marcel Sanromà

Una encuesta del Wall Street Journal aseguraba ayer que el 58 por ciento de votantes estadunidenses desaprueban la política de “tolerancia cero” del gobierno de Donald Trump contra inmigrantes, la que derivó en que a madres y padres les arrancaran de los brazos a sus hijos menores de edad, en ocasiones casi bebés, al cruzar ilegalmente la frontera entre México y EU.

Los relatos que emanan de estas semanas van más allá de las imágenes que vimos de niños encerrados prácticamente en jaulas; un joven mexicano de 13 años explicaba que los carceleros les decían a sus compañeros que los iban a adoptar y no verían nunca más a sus padres; que obligaban a los mexicanos a situarse bajo los aparatos de aire acondicionado para que pasaran más frío. Otra madre guatemalteca denunciaba que les dieron a ella y a su hija comida en mal estado, y congelada, para comer. Que los baños apestaban y que a su hija la obligaban a no dormir.

Lo preocupante es que exista un 42 por ciento de votantes estadunidenses a los que esto les parezca bien. Es evidente que estas cifras, que millones de persones aprueben hechos que rozan la tortura y traspasan la línea de la violación de los derechos humanos en Estados Unidos, sólo se explican por una evidente división. El trazo de la misma frontera que en su día permitió a alemanes vivir a espaldas de los guetos judíos.

La misma inhumanidad, la misma división, que lleva al dictador nicaragüense, Daniel Ortega, a ordenar a su policía que ejecute sin mediar juicio a estudiantes opositores que se atrincheran en las barricadas que protegen la Universidad de Managua. A veces, incluso ni llegan a los 18 años. Da igual. Niñas de ocho años que han muerto en las puertas de hospitales porque las fuerzas paramilitares sandinistas les han impedido el acceso a atención sanitaria sólo se explican por pura y dura inhumanidad. Porque alguien considera que “los otros” son perros. O en este caso, como dice Ortega, “terroristas”.

La explicación sólo puede ser la misma cuando el otro gran dictador latinoamericano, el campeón de la desvergüenza, Nicolás Maduro, reduce el drama humanitario que vive Venezuela a “algunos problemas” en hospitales, y cree que todo se solucionará con 300 milloncitos de dólares destinados a comprar medicinas mientras sus ciudadanos ven como lo que hace un año les alcanzaba para un celular ahora les alcanza para una empanada.

Pero no es un problema de América; en Europa hemos visto la llegada al poder del neofascismo, de la mano de un Matteo Salvini que ha posado desafiante, manos a las caderas y mentón en alto, como hacía en ocasiones Benito Mussolini, para llamar “carne humana” a los migrantes africanos que buscan asilo en Europa. Asilo para huir de guerras en las que, por cierto, el viejo continente tiene metidas las manos de lleno.

En Hungria, Viktor Orbán estrenó su cuarto mandato con el discurso más xenófobo que ha visto la Unión Europea desde que se fundó para poner fin a los odios y la división que llevaron a Europa a coleccionar guerras durante siglos como quien colecciona estampas.

El racismo, la división, la inhumanidad, incluso ha salpicado el Mundial de futbol de Rusia; la presidenta croata, Kolinda Grabar-Kitarovic se destapó como estrella sorpresa de la competición por su decisión de viajar como aficionada al torneo, vestir la playera del equipo en los partidos, descontarse esos días de sus sueldo y pagar los viajes de su propio bolsillo, pero con ello también el mundo ha podido conocer su otra cara. La cara que revela a una ultra que posó con la bandera ‘ustacha’, la del grupo terrorista, fascista y racista que apoyó al régimen nazi durante la II Guerra Mundial. La cara que muestra a una mujer que ha defendido que los migrantes que intentan pasar por Croacia en su ruta hacia una vida mejor en Alemania deben pudrirse ante sus fronteras.

Ellos y nosotros. La misma fórmula, repetida una y otra vez. No es una cuestión de racismo, ni siquiera necesariamente de clasismo; es una fórmula que se basa en crear cualquier tipo de división artificial y artificiosa que permita a unos sentirse superiores a otros con el fin de perpetuar un sistema establecido, sea reciente o milenario, sin importar cuánto esto dañe al prójimo. Porque el prójimo es un terrorista, un cerdo imperialista, o carne humana. Inhumanidad.

marcelsanroma@gmail.com

 

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