La Revolución era esto | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 25 de Julio, 2018

La Revolución era esto

Traición. No era reparto de la riqueza, ni justicia social, ni combatir la corrupción. El objetivo de las tres revoluciones que triunfaron en América Latina —la castrista, la chavista y la sandinista— es el mismo que el de las dictaduras que combatieron: Aferrarse al poder, aunque sea disparando al pueblo

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Cuba es una cárcel, Venezuela un hospital sin medicamentos y Nicaragua es un campo de batalla. Esta es la postal que hoy en día mandan al mundo los tres únicos países de América Latina donde triunfó la revolución: el castrismo en Cuba, el chavismo en Venezuela y el sandinismo en Nicaragua.

En los tres casos, el patrón es el mismo: Los líderes revolucionarios pidieron ayuda al pueblo, para derrocar al dictador o al gobernante corrupto y autoritario de turno, y acabaron reprimiendo a ese mismo pueblo, cuando este se dio cuenta de que ellos también eran meros dictadores.

Traidores. Si pudiéramos juntar a un cubano, a un nicaragüense y a un venezolano, es muy probable que los tres coincidieran en calificar de “traidores” a sus respectivos líderes, Raúl Castro y su delfín Miguel Díaz-Canel, en Cuba; Nicolás Maduro, en Venezuela; y Daniel Ortega, en Nicaragua.

Cómo iban a imaginarse los venezolanos que veinte años después del triunfo de Hugo Chávez, en las elecciones de 1998, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo se encontraría asfixiado por la hiperinflación, con los mercados desabastecidos y con su juventud huyendo en masa a países vecinos, para ganarse la vida. Cómo iban a imaginarse los nicaragüenses que acabarían gritando estos días en las calles “Ortega y Somoza son la misma cosa”. Cómo iban a imaginarse los cubanos que el castrismo iba a sobrevivir a los hermanos Castro, más de seis décadas después de que entraran triunfantes en La Habana.

Que el experimento de la izquierda revolucionaria latinoamericana ha sido un fracaso —sólo resiste en donde nació: Cuba— se sabía desde hace tiempo, pero pocos podían imaginar que iba a acabar convertido en lo que hoy es Venezuela y Nicaragua, con sus dos líderes acusados de estar cometiendo crímenes de lesa humanidad. En el caso de Venezuela, el presidente Nicolás Maduro se niega desde hace muchos meses a permitir la entrada al país de ayuda humanitaria (alimentos, medicinas y bienes de consumo básico), a sabiendas del grave problema de desnutrición y muertes prematuras debido a la gravísima crisis. En el caso del nicaragüense Daniel Ortega, por haber impedido el socorro en hospitales a manifestantes heridos durante los disturbios, algunos de los cuales murieron a las puertas de los centros médicos.

Si Bolívar levantara la cabeza. La edad dorada de la izquierda latinoamericana coincidió con el cambio de milenio y con la subida imparable del precio del petróleo.

Tras haber intentado tomar el poder mediante un golpe de Estado, Hugo Chávez lo logró en las elecciones de diciembre de 1998, con un discurso ilusionante: acabar con la corrupción, los privilegios de las élites y mostrar la misma dignidad y resistencia contra el imperio (Estados Unidos), que mostró Simón Bolívar del otro imperio al que venció, España.

Beneficiados por esa revolución bolivariana en marcha, toda una generación de líderes izquierdistas llegó al poder. Por citar a algunos: un veterano exguerrillero en Uruguay, José Mujica; un sindicalista en Brasil, Lula da Silva; un líder indigenista y cocalero en Bolivia, Evo Morales; un matrimonio de la izquierda peronista, Néstor y Cristina Kirchner; o un cura obrero en Paraguay, Fernando Lugo.

Todos ellos gobernaron con luces y sombras, como Lula da Silva, que pasó de ser admirado en el mundo, por sacar de la hambruna a 40 millones de brasileños, a dormir en la cárcel, acusado de enriquecimiento ilícito. Pero todos acabaron entregando el poder y no se resistieron a sangre y fuego, como hacen Maduro y Ortega.

Sin embargo, resulta imperdonable el vergonzoso silencio que todos estos líderes izquierdistas guardan ante los crímenes de Maduro y Ortega contra la población. Especialmente doloroso fue el silencio de José Mujica en estos tres meses de represión. Pese a que sufrió torturas durante la dictadura militar y pese a su gran prestigio internacional (tras abandonar el poder limpio de escándalo), el exmandatario uruguayo se negó a condenar los asesinatos y denuncias de tortura ordenadas por Ortega. Pero rectificar es de sabios y Mujica lo hizo hace una semana.

“Hay que saber decir me voy”. Quizá fue su propia conciencia, que finalmente despertó ante la clamorosa injusticia, o la fuerte presión en las redes sociales, con llamados explícitos para que se pronunciase, lo cierto es que el pasado 17 de julio, Mujica rompió finalmente su silencio y declaró lo siguiente: “Me siento mal, porque conocía a compañeros que dejaron la vida en Nicaragua, peleando por un sueño; y dije no, cuando me pidieron que intercediera ante el Papa para que hiciera algo. Siento que algo que fue un sueño se desvía, que cae en la autocracia, y entiendo que, quienes ayer fueron revolucionarios, perdieron el sentido de que en la vida hay momentos que hay que decir me voy”.

Ante el silencio de Managua, fue el número dos del régimen chavista, Diosdado Cabello, quien respondió a la petición de Mujica para que Ortega renuncie, dando el siguiente consejo al exguerrillero sandinista: “Resiste Nicaragua, que no puedan con ustedes”.

Pero lo más inquietante fue el “regalo” que hizo el presidente a Maduro esta misma semana a su amigo Ortega, cuando puso a su disposición las fuerzas armadas venezolanas, si siente que está siendo derrotado.

El que avisa no es traidor. Maduro está diciendo que está dispuesto a destruir su país y Nicaragua también, antes que entregarlo a los “terroristas”, que así es como él y Ortega llaman a sus compatriotas que no comulgan con su revolución.

fransink@outlookk.com

 

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