Cardiólogo pionero, maestro universal: Ignacio Chávez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 27 de Julio, 2018

Cardiólogo pionero, maestro universal: Ignacio Chávez

► El fundador del Instituto Nacional de Cardiología abrió brecha a la medicina de especialidad en nuestro país ► Su vocación por la enseñanza y la consolidación lo llevaron a la rectoría de dos universidades y a ser uno de los fundadores del Colegio Nacional

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Todos los días se llevan a cabo, en territorio mexicano, cientos de consultas de diversas especialidades médicas, y quienes requieren este tipo de atención ignoran, con toda seguridad, que se trata de un servicio muy joven, tan joven que aún no llega al siglo de vida, y que se debe a la persistencia de un médico peculiar, que, al tiempo que se formaba para conocer a detalle el funcionamiento y las flaquezas de esa víscera de alto contenido simbólico, el corazón humano, ejercía una vocación humanista que lo llevó a la rectoría de dos universidades, a fundar instituciones de primerísimo nivel, como el Instituto Nacional de Cardiología y a formar a cientos de médicos especialistas que hoy día lo tienen presente como admirado maestro.

Ignacio Chávez demostró ser un mexicano universal al que le tocó vivir una época que hoy es difícil de imaginar: un sistema de salud pública en construcción. En 1924, en el Hospital General, en la ciudad de México, fue este médico quien inició los servicios de cardiología y gastroenterología, y con ello empezó la medicina de especialidades en México. Ese sería el punto de partida, y era uno más en los logros de un hombre que, en aquel año, solamente contaba con 27, ya se había titulado con una tesis dirigida a la medicación para padecimientos cardiacos y, nada menos, ya había sido rector de la universidad más importante de su Michoacán natal.

 

MICHOACANO PARA EL MUNDO

Zirándaro es un pequeño poblado. Allí, en el seno de una familia muy numerosa, nació en 1897, Ignacio Chávez. Ese niño, uno entre los diez hijos del matrimonio Chávez Sánchez, creció al amparo de la tienda familiar “El Gran Cairo”, y años después, cuando la familia abandonó el pueblo natal para moverse a Tacámbaro, sería “La Proveedora” el establecimiento que les aseguraría el sustento.

Pero si el alimento cotidiano venía de la vocación por el comercio, los padres de los niños Chávez tenían claro que en la educación estaba el complemento necesario, de manera que, cuando cada hijo llegaba a los 6 años, dejaba la casa y a la familia, y hacía el viaje de cinco días a caballo, para asistir a la escuela más cercana. El niño Ignacio a quien los testimonios señalan como dueño de una precoz inteligencia, empezó a ir a la escuela, sin salir de Zirándaro, a los 4 años. Después, como todos los hermanos, fue llevado a Morelia, para estudiar en escuelas católicas. Formado en la disciplina de los colegios maristas, adquirió no solo un buen nivel académico; también adquirió el dominio de la lengua francesa. Todo eso le valió para ser admitido, a los 11 años, en el que entonces se llamaba Colegio Primitivo de San Nicolás de Hidalgo. Se convirtió en un joven de pensamiento liberal y, como lo recordaría él “nos enseñamos a pensar por nosotros mismos”.

Como alumno del Colegio de San Nicolás vio pasar la revolución maderista y el advenimiento del antirreeleccionismo, que se volvió particularmente fuerte en aquella institución educativa. Era un jovencito preparatoriano que atestiguaba la transformación nacional.

En aquella escuela se le conocía por su liderazgo estudiantil, por promover publicaciones, incluso por escribir poesía. Pero su vocación de médico lo llevó a la ciudad de México, en busca de mejores condiciones para formarse como profesional de la salud.

Llegó a la capital en uno de los años más oscuros en la vida de la ciudad: 1915, entre la inseguridad de la guerra civil y la hambruna,  Un año después ingresó a la Escuela de Medicina dirigida por Rosendo Amor, un médico al que apodaban “El príncipe de la cirugía”, que mejoró considerablemente el nivel de la institución. Allí creció, aprendió, fue líder estudiantil. Su primer trabajo, hacia 1919, fue en una delegación de policía. Su examen profesional, en 1920, fue un logro, porque eran los días en que Venustiano Carranza trasladaba los poderes de la Unión a Veracruz, y no fue sencillo hallar a los funcionarios universitarios para hacer el trámite, a los sinodales para presentar en el Hospital General su examen teórico, y el práctico en la Universidad.

La tierra de origen marcó su destino: la familia tenía amistad con revolucionarios importantes, como Lázaro Cárdenas y Francisco J. Múgica, que conocieron al joven médico. Chávez y su amigo cercano Gustavo Baz, montaron juntos un pequeño consultorio, que el joven michoacano dejó a finales de 1920 para asumir la rectoría de la Universidad Nicolaíta a petición de Múgica.

El joven aceptó con una condición: su rectorado sería breve, pues aspiraba a especializarse en los males del corazón.

El Hospital General lo recibió como médico interno, y allí, con unos cuantos médicos jóvenes, y apoyados en el principio de la especialización lograron que el viejo sanatorio, recién remodelado, fuera el primero en contar con los servicios de cardiología, urología y gastroenterología.

 

LA VIDA DEL MÉDICO ESPECIALISTA

La vena poética del joven médico le valió la atención del presidente Plutarco Elías Calles en la inauguración de cursos de 1926: a las pocas semanas, la Secretaría de Educación Pública le ofrecía la beca para estudiar en Europa y especializarse en cardiología, además de un permiso con goce de sueldo.

Establecido en la Universidad de París, su beca incluyó estancias hospitalarias en Alemania, en Austria, en Italia, Checoslovaquia y Bélgica. Permaneció en Europa hasta mediados de 1927.

Al volver, con equipo traído de Europa y el aprendizaje del viaje, nació el Pabellón 21 que se convertiría en el germen del Instituto Nacional de Cardiología, y que a partir del verano de 1927 se convirtió, al vencer las inercias iniciales, en una zona de enseñanza de la que nacerían sociedades médicas y publicaciones especializadas, porque el Pabellón 21 se convirtió en ejemplo para el surgimiento de otras áreas especializadas: ginecología, dermatología, neumología, patología y medicina interna. Allí funcionó el primer electrocardiógrafo de México, traído de Europa por el doctor Chávez, y sería el punto de partida para formar, en 1935, la Sociedad Mexicana de Cardiología.

Chávez se quedó, hasta 1944, como jefe del Servicio de Cardiología. Ese mismo 1927 se convirtió en catedrático de la UNAM, donde permanecería hasta 1950. Era inevitable que acabara dirigiendo el Hospital General, gestión que le llevó tres años (1936-1939). Ya había dirigido la Escuela de Medicina de la UNAM entre 1933 y 1934. Parecía que Ignacio Chávez tenía todo en la vida. El México posrevolucionario se consolidaba y comenzaba a ofrecer a sus ciudadanos cosas que nunca habían soñado: un sistema de salud pública sólido, en particular.

 

LOS SUEÑOS CUMPLIDOS

Desde 1936, Chávez sostenía que era necesario crear una institución médica orientada al tratamiento especializado de los males cardiacos. No sabía que, al paso de los años los padecimientos cardiovasculares se convertirían en la segunda causa de muerte de los mexicanos, pero sabía que el tema era medular para la salud pública. Con permiso del ministerio de  Salubridad, recaudó fondos, atrajo a industriales y hasta al mismísimo presidente del Banco de México; hasta algunos pacientes suyos hicieron donativos.

Mientras Chávez juntaba recursos y preparaba al que sería el personal del instituto, el arquitecto José Villagrán hizo los planos de una institución que, básicamente solo existía en la mente del médico. Estaría en el gran terreno contiguo al Hospital General, en la colonia de los Doctores de la capital mexicana. Enorme, conjuntaba las dos pasiones del doctor: la enseñanza y la cardiología. Diego Rivera pintaría los dos murales del vestíbulo del auditorio.

Hasta 1944, el presidente Manuel Ávila Camacho promulgó la ley que creaba el Hospital Infantil, el Instituto Mexicano del Seguro Social, y el Instituto Nacional de Cardiología, antes de que se concretaran proyectos similares en Argentina y Checoslovaquia. El instituto francés promovido por sus antiguos maestros, se había interrumpido por la Segunda Guerra Mundial.

El Instituto Nacional de Cardiología fue, desde su nacimiento, autónomo, con recursos propios y la facultad de contratar a su personal médico. De inmediato, recibió médicos para hacer internados, fue sede de congresos y encuentros de investigación. El doctor Chávez lo dirigió desde su nacimiento, hasta 1961, cuando asumió la rectoría de la UNAM.

Su gestión, agitada y polémica, terminó en 1966, y regresó inmediatamente  a su Instituto. Volvería a dirigirlo en 1975, hasta su fallecimiento en 1979. Tuvo tiempo para impulsar e inaugurar la nueva sede de Cardiología, en el sur de la capital. Así lo vieron, con 76 años, metido en la obra, conversando con los ingenieros y los arquitectos, a pesar de que en aquellos días hubo un intento de excluirlo del ´proyecto y del instituto, que pasó momentos de crisis, Chávez asumió la dirección de Cardiología.

Tuvo todos los reconocimientos que es posible imaginar en el campo de su especialidad. La medalla Belisario Domínguez fue también para él, y entonces pensó en su retiro.

Abandonó la dirección del Instituto en marzo de 1979. En su despedida, se anunció que en adelante, la institución que había creado, llevaría su nombre, como es hasta la fecha. Unas semanas más tarde ingresaba en calidad de paciente para fallecer allí. En el primer semestre de este año, el Instituto nacional de Cardiología dio más de 54 mil consultas y atendió 8 mil 310 consultas de urgencia. Todo empezó en una pequeña área del Hospital General, alentado por un joven médico entendido en asuntos del corazón y de la condición humana.

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