La recolectora de votos (tercera y última) - Edgardo Bermejo Mora | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 27 de Julio, 2018
La recolectora de votos (tercera y última) | La Crónica de Hoy

La recolectora de votos (tercera y última)

Edgardo Bermejo Mora

Uno de los últimos puntos marcados en el mapa de la autoridad electoral era un conjunto de casas en el extremo poniente de la isla, cuyo aspecto era notoriamente mejor que el del resto. Digamos que era el barrio de los más acomodados: un conjunto de 10 o 12 viviendas, por donde paseaban niños y unas cuantas mujeres. En cuando vieron llegar al jeep militar ­todos corrieron a sus casas, sólo un joven que deambulaba por ahí le explicó a Asadeh que en aquel lugar mandaba la abuela Gudu, la matriarca de aquellas familias. ­Nada pasaba ahí sin su consentimiento. Pidió hablar con ella, pero le dijeron que esperara, que estaba indispuesta. En la espera, cada tanto se asomaban por las puertas y ventanas las mujeres llenas de curiosidad. Luego de casi una hora, cuando ya era inminente retirarse para acabar con el recorrido, el joven salió de nuevo con un atado de comida. La abuela Gudu le mandaba el almuerzo, pero le advertía que se marchara, que nadie habría de salir a votar, que todos los hombres de la comunidad andaban fuera trabajando. Asadeh aceptó sin chistar y regreso al jeep donde la esperaba impaciente el miliciano. ¿Qué pasó aquí? Le preguntó. “Nada
—respondió ella—hay que irnos, aquí no tiene caso que voten, ya tienen su propio gobierno”.
Ambos estaban ya muy cansados y aún faltaba el último punto del recorrido: una fábrica de cemento al centro de la Isla. “Ahí no vas a obtener casi nada —le ­dijo Nasim— casi todos son extranjeros, afganos, yemenitas, iraquíes…, gente muy pobre que se parte el alma por unos riales”. “No importa —le respondió—si ha de ser un voto más que así sea”. Cuando por fin llegaron, Nasim prefirió quedarse en el jeep. La vio bajarse con la urna en las manos como siempre, caminar hasta la entrada de aquella pequeña fábrica tan ruidosa que no pudo escuchar lo que ella conversaba con el capataz. Aquel hombre iba de un lado a otro sin detenerse, mientras que Asadeh caminaba unos pasos detrás de él tratando de explicarle el motivo de su visita.
Era notorio que aquel hombre no le prestaba atención y que le molestaba su presencia. Una mujer que se aparece con una caja en medio de la faena debió parecerle una total insensatez. Nasim observó cómo ella se dio por vencida, la vio darse media vuelta y regresar casi furiosa al automóvil. “Vámonos —le dijo—este hombre ni siquiera quiso escucharme”. A Nasim le brotó de pronto un sentimiento solidario, y en lugar de encender el auto tomó su fusil y quiso bajarse para encarar al capataz. “¡Vámonos, te digo, no hay nada que hacer aquí, por favor, vámonos!” le suplicó Asadeh y se marcharon.
 Caída la tarde, y debían ya regresar al puesto de guardia de Nasim, la jornada electoral estaba por concluir. En el trayecto final, exhausta pero segura de haber cumplido con su trabajo, Asadeh calculó que habría recolectado poco menos de un centenar de votos en todo el día. Pensó en lo difícil que era promover el voto, pensó que organizar unas elecciones no basta para construir una democracia, se requiere la participación ciudadana, se necesita pensar en una forma de incluir a ­todos, a las mujeres, a todas las etnias, a todas las regiones. Se empezaba a quedar dormida cuando regresaron al punto de partida.
Entonces se despidieron. Ya había atado la urna a su bicicleta y ya se disponía a montarla cuando Nacim la ­llamó. “¡Espera! —le dijo—te falta algo: te falta mi ­voto, yo no he votado”. “Es cierto —le respondió—, tú no has votado, ¿Qué hora es?”. “Faltan diez para las seis”, “Entonces aún puedes votar, la votación se cierra en diez minutos”. Sacó de nuevo una papeleta.
Nacim prefirió llenar la boleta dentro de su cabina de guardia. Al cabo de dos minutos salió con el papel en la mano y le dijo: “Toma, éste es mi voto, quiero que lo veas”. “No debo —le recordó— el voto secreto”. “Por favor, velo, te lo suplico”.
Ella entonces aceptó y desdobló la papeleta. Tenía cruzados a todos los candidatos y hasta arriba había escrito: “Yo, Nacim Abidi, voto por Asadeh”.
“Pero yo no soy candidata” —le dijo—. “No importa — contestó él—, tú deberías serlo”.

 

 


@edbermejo
edgardobermejo@yahoo.com.mx

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