En noviembre publican segunda edición digital del Diccionario del Español de México | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 30 de Julio, 2018

En noviembre publican segunda edición digital del Diccionario del Español de México

El Colegio Nacional. El lingüista Luis Fernando Lara habla de sus casi cuatro décadas de trabajo para crear el Diccionario del Español de México. También es un relato en el que se conjuga el futbol, la investigación, la invención y el trabajo interdisciplinario

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“Pásala carnal”, tal vez fue una de las frases que escuchó Luis Fernando Lara Ramos cuando jugaba futbol en los campos llaneros de lo que entonces era el Vaso de Texcoco, hoy Ciudad Nezahualcóyotl. Era un extremo derecho ágil cuyo oído educado le permitía oír el habla popular en los partidos, lo que, junto con el cúmulo de lecturas realizadas, le construyó su estela profesional: ser un lingüista.

“No sabía que tenía esa aptitud”, dice en entrevista el integrante de El Colegio Nacional, hasta que estudiaba Letras en la Ibero. “Le entregué un trabajo a la profesora de Literatura Medieval, Paciencia Ontañón de Lope Blanch, sobre arabismos en el Arcipreste de Hita, lo calificó y me dijo: “Oiga, ¿a usted le gusta la Lingüística?, y le respondí: “No sé qué es eso”.

Son los comienzos de Luis Fernando en la Lingüística, una carrera que lo llevó a diferentes puertos, pero hay uno que es esencial: la conformación del Diccionario del Español de México, cuya segunda edición digital saldrá en noviembre próximo con 8 mil vocablos más. “El anterior contiene 25 mil artículos y el próximo tendrá poco más de 33 mil”.

En su carrera hay numerosos premios, diversas publicaciones, pero algo que lo llena de orgullo es su ingreso a El Colegio Nacional el 5 de marzo de 2007. Su discurso se tituló La lingüística: ¿otra historia?, que fue contestado por el maestro Antonio Alatorre. Un momento cenit en su vida que comenzó el 20 de marzo de 1943 en la Ciudad de México. Ese día nace en el Sanatorio Reforma, ubicado frente al Ángel de la Independencia en la colonia Juárez. Ahí también vivió su adolescencia, intercalando su domicilio en las calles de Florencia y Niza.

Su padre, Luis R. Lara, estudió Medicina en la Ciudad de México durante los últimos años del Porfiriato. Tras graduarse se trasladó a su pueblo: Real del Monte, Hidalgo, y fue el médico de la comunidad e incluso la calle donde está la casa de los Lara, lleva su nombre. Luis Fernando recuerda que de su padre aprendió importantes lecciones, sobre todo el amor que le tenía a su pueblo. “Me contaba que ya era residente en el Hospital General, durante la entrada de Francisco I. Madero a la ciudad, y ese hecho lo conmocionó: ver un hombre tan chiquito que era capaz de provocar un gran movimiento político. Fue una especie de epifanía en mi padre, que lo hizo decidir regresar a Real del Monte, donde fue jefe político por varios meses en el gobierno de Madero. Después comenzó la Revolución Mexicana y, a pesar de que sus simpatías estaban con Venustiano Carranza, ya no quiso unirse, sino se dedicó a ejercer su profesión y a organizar los servicios médicos en el estado. Toda su vida fue un luchador social y médico forense”.

De su mamá, Fernanda Ramos, el lingüista cuenta que era lo contrario a su padre: fue porfirista, “pero lo que más recuerdo de mi madre, fue su primera enseñanza: la música. Ella era pianista y alumna de Manuel M. Ponce”.

Pero sus padres tenían algo en común: la lectura. Luis Fernando comenzó a leer muy temprano, antes de ingresar a la escuela primaria. “Tenía salud frágil y me enfermaba a menudo. Entonces me dediqué a ser lector y leí todo lo que se me puso enfrente. Y lo sigo haciendo”.

Tal vez esto tiene que ver, cuenta Luis, con la admiración de mi padre hacia Alfonso Reyes, además no sé porque era amigo del físico Manuel Sandoval Vallarta y “me llevaba a El Colegio Nacional a escuchar algunas conferencias”.

— ¿En qué primaria y secundaría cursó sus estudios?

— Estuve en el colegio Fernández de Lara, que estaba en la calle de Londres, dirigido por las tías de Mario Molina, quien iba un grado antes que yo. Ahí terminé la primaria. Luego me fui con los maristas al Colegio México y después al CUM. Fue una época formativa importante, sobre todo desde el punto de vista ético. Salí del CUM y tenía un tío que era ingeniero, porque a la Medicina no me iba a meter, no tengo estómago para esta carrera. Me fui a ingeniería, pero dos años en la Facultad de la UNAM y estaba muy insatisfecho, por lo que concluí que no era para mí.

— Quería Letras, pero el problema fue que en la UNAM para cambiarme tenía que esperar un año. ¡No haría eso!, y entonces fui a la Universidad Iberoamericana. Me hicieron un examen psicopedagógico y me inscribieron. Seis meses después me dieron media beca, pero ¡claro!, en el momento de dejar la Ingeniería, mi mamá aseguraba que moriría de hambre.

—Le dije: está bien. No me den dinero, me pongo a trabajar y entonces gracias a un amigo tuve empleo con Carlos Grever —hijo de la cantante María Grever—, quien tenía una editora de música de canciones populares. Ahí conocí a Armando Manzanero, cuando comenzaba, a Dámaso Pérez Prado, entre otros. Hacía cálculos de las regalías que había que pagar a los compositores y luego Carlos Grever se dio cuenta que me gustaba la música clásica, y un día me dijo: “A ti te gusta la “long hair music” , de modo que cuando lleguen autores clásicos, tú los entrevistas”. No iban muchos. Entre ellos estaba Elías Breeskin, el violinista. En ese tiempo comenzaban The Beatles y creo que en la editorial oímos por primera vez el primer disco del cuarteto que llegó a México.

— Trabajaba medio día y el resto iba a la universidad. Después, gracias a la media beca que me dio la Ibero, disponía de un poco más de dinero, pero aún así daba clases de literatura en el Colegio Francés de Mayorazgo. No sé de dónde sacaba tiempo para hacer tanto, porque además fui crítico de música para el diario El Día, donde realmente no me pagaban mal: 250 pesos por artículo, para los años sesenta era buen dinero y eso me permitió sentir profundamente la vida musical de México.

En este punto, Luis Fernando hace una digresión y recuerda que fue un niño con mucha agilidad. En el pueblo, Real del Monte, andaba por el campo, brincaba peñas, montaba a caballo, etc. En la secundaria hicimos un equipo de futbol y aparte de jugar en la escuela, participábamos en las ligas del Seguro Social de futbol llanero. Jugábamos en los campos de lo que entonces era el Vaso de Texcoco, hoy Ciudad Nezahualcóyotl. Eso me dio mucha sensibilidad para el habla popular. Estar ahí metido, jugando y oyendo a la gente, además de las lecturas, me formaron una aptitud para la lingüística que no sabía que tenía. Cuando estudiaba en la Ibero, mi profesora de Literatura Medieval, Paciencia Ontañón de Lope Blanch, le entregué un trabajo sobre arabismos en el Arcipreste de Hita, me lo calificó y me dijo: “Oiga, ¿a usted le gusta la Lingüística?

— No sé. Qué es eso, le respondo.

—Ah pues le voy a decir a mi marido, Juan Lope Blanch.

Pasaron los días y don Juan lo mandó a buscar y le dijo: “Quiero que se venga conmigo a estudiar a El Colegio de México”. Luis Fernando terminó el último año de la licenciatura en 1966 y al mismo tiempo hacía el primer semestre del Doctorado en Lingüística. Eran los años sesenta, una década de oro para él.

Al retomar su paso por el futbol, Luis recuerda que como jugador era muy rápido y su posición era extremo derecho. Esto viene a colación, añade, porque soy seguidor de “las chivas” del Guadalajara, y “¡claro!, varios de mis compañeros fueron jugadores profesionales, algunos de los Pumas. En esos años sesenta, especialmente en 1962, tuve la fortuna de ver ascender a los Pumas a la Primera División en 1962”.

“Un tiempo sensacional, no sólo por esto, sino por la actividad cultural en México: había buenas revistas literarias como Diálogos; después salió Plural, y un ambiente musical de primera en Bellas Artes, además estuvieron los Juegos Olímpicos con su gran Olimpiada Cultural”.

En esos años, recuerda Luis Fernando, compraba revistas como el New York Review of Books, y con lo que ganaba en el periódico adquiría títulos en francés en la Librería Francesa, “porque durante el tiempo en que estudié literatura española también me dediqué a leer literatura francesa”.

La vida en la colonia Juárez fue una temporada importante, señala Luis y dice que era el comienzo de la Zona Rosa o el fabuloso café de El Perro Andaluz, que estaba en la calle Hamburgo y cuando pasaba frente a éste, “veía a la mafia: Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis etc, todos estaban ahí metidos. Tenía la sensación de estar mirando una especie de estrellas”.

Esos años sesenta fueron determinantes para él y alcanzaron su mayor influencia con el Movimiento estudiantil del 68. “Estaba por terminar el doctorado en El Colegio de México y el movimiento me abrió los ojos, después de haber tenido una educación burguesa-católica, me di cuenta de lo qué pasaba en la ciudad. Me uní a los estudiantes, sus manifestaciones y desde ese entonces adopté el pensamiento de izquierda, y no lo he perdido”.

— Termina su doctorado ¿cuál es su rumbo?

—Quería salir del país, sentía que me faltaba más mundo. Tuve un profesor durante el doctorado, el alemán Klaus Heger, quien hacía semántica lingüística y me atraía mucho. Pedí una beca que me dio el Sistema Alemán de Intercambio Académico — para ir a estudiar con él. El maestro Juan Lope Blanch se enojó, quería que me quedar a trabajar con él en la UNAM, pero le dije: “Profesor Lope, necesito salir y ver el mundo. Viajé en noviembre de 1968, después de que el movimiento estudiantil se deshizo. Llegué a Alemania a la colita del movimiento de ese país y pude relacionar los dos eventos, la actitud de sus estudiantes y personajes como Daniel Cohn-Bendit .

Con Klaus Heger pasé año y medio en la Universidad de Heidelberg y entonces Víctor Urquidi, quien era el presidente de El Colegio de México, me buscó y me propuso: “Hay una reunión en la Universidad de Bielefeld sobre sociolingüística. Es un proyecto que quieren hacer en México y quiero que vea de qué se trata. Fui a la universidad. Ahí conocí a Rodolfo Stavenhagen y me enteré del proyecto, que era muy interesante y me daba la oportunidad de regresar a México y tener trabajo”.

Con estos pasos, cuenta Luis Fernando que entra a trabajar a El Colegio de México y ¡zaz!, el proyecto de sociolingüística no prospera. Antonio Alatorre era el director y le preguntó: qué es lo debo hacer ahora y él respondió: “Haz lo que quieras”. Con ese tiempo, Luis se puso a estudiar cosas que sentía le faltaban y así profundizó en muchos temas, hasta que se le presentó la gran oportunidad del Diccionario del Español de México.

—Y cuenta que fue así:

— Antonio Carrillo Flores le preguntó a Víctor Urquidi: “Usted cree que sus sabios sean capaces de hacer un diccionario mexicano”. Urquidi se lo contó a Antonio Alatorre y él después me comentó: “¿Tú crees que puedes hacer un pequeño dictamen, unas pocas hojas sobre si se puede hacer un diccionario mexicano?”.

— Había estudiado con el profesor Kurt Baldinger, quien fue coautor del Diccionario Etimológico del Francés, de modo que ya me había asomado a lo que era la lexicografía. De esta manera, escribí el dictamen y Antonio se lo entregó a Carrillo Flores. Unos días después nos cita Carrillo Flores a desayunar en su casa. Iba temblando, porque estarían Antonio Alatorre y Juan Lope Blanch. Y Carrillo dice: “Ya leí el proyecto, quiero saber sus opiniones”.

— Antonio Alatorre, muy cortés, propuso que hablara primero el profesor y lingüista Juan Lope Blanch, quien señaló: “Es imposible pretender hacer algo así. La Academia Española lleva casi 200 años y aún no hace un buen diccionario. Entonces, ¿cómo creen que vamos a hacer un diccionario en México?”.

— Y pensé: qué gol me acaba de meter.

— Después habló Antonio Alatorre y dio sus razones y concluyó: “En algún momento hay que empezar “. Luego fue mi turno y asertivo dije: sí podemos. Lo que no puedo decir es cuánto tiempo tardaremos. Era la época del presidente Luis Echeverría y quería las cosas para el día anterior, y así no me meto.

— Al decir esto, don Antonio Carrillo me tranquiliza: “Por mi experiencia en los gobiernos mexicanos, le aseguro que ninguno va a interrumpir el trabajo de un diccionario”.

La reunión se realizó en septiembre de 1972 y la Presidencia de la República creó un fideicomiso para comenzar. Los trabajos iniciaron en enero de 1973. Luis Fernando recuerda que para comenzar, conformó un equipo de trabajo y definió los métodos, porque era hacer un diccionario completamente nuevo. “Lo primero era saber de dónde sacaríamos los datos, porque muchos nos dijeron: toma el diccionario de la Academia de la Lengua Española, reparte por letras y anotan las que les parece se usan en México. Eso nos convertía, en primer lugar, en una subsidiaria de ese diccionario, además no tendríamos un horizonte del modo real de hablar de los mexicanos, y habría sido una colección de subjetividades. Necesitábamos reunir un corpus de datos en donde no interviniera nuestra subjetividad. Ya había antecedentes de esta clase de corpus en Estados Unidos y Francia, por lo que el objetivo era hacerlos de acuerdo con todas las características que nos pide la estadística lingüística”.

De esta manera, cuenta, tomaron muestras de todas las formas de hablar en México de 1921 a 1974. Esta fecha de inicio se las recomendó Carlos Monsiváis en una reunión de consejeros, porque había un cálculo de una famosa lexicógrafa francesa —Josette Rey Debove— quien decía: “Un diccionario contemporáneo debe considerar tres generaciones: los abuelos, padres e hijos”.

La única manera de determinar esas generaciones, agrega, era la esperanza de vida en México, que era de 76 años. “Estábamos en 1973 y deberíamos haber tomado 1897, el problema fue que se atravesaba la Revolución Mexicana, que produjo muchos movimientos de población y nos daba miedo que perdiéramos de vista el español regional”.

Cuando exponíamos el problema a los consejeros, entre ellos Carlos Monsiváis, nos dijo: “Por qué no toman 1921, que es simbólicamente el año de la publicación de Los de abajo, de Mariano Azuela, además es cuando aparece la prensa nacional y se funda la XEW, que trasmite a nivel nacional”.

En ese tiempo, los años setenta, recuerda Luis Fernando, la Biblioteca Nacional publicaba un boletín bibliográfico, que lamentablemente dejó de hacerlo, en el cual se enlistaba todos las títulos que se editaban en México. De modo que tomamos todas esas obras del boletín, en particular en literatura.

Del periodismo, relata, primero exploramos el regional para ver si había diferencias lingüísticas importantes que forzaran a tomar muestras de Yucatán, Sinaloa, Veracruz, etc, lamentablemente no fue así. En ese tiempo la prensa regional ya estaba dominada por la de la Ciudad de México.

Además, teníamos mucho interés en el vocabulario científico, de modo que con varios asesores escogimos revistas científicas publicadas en el país, pero como se depende mucho en ciencia de la traducción, entonces tomamos aquellas cuyo traductor fuera mexicano o de las cuales los profesores dijeran que contenían el vocabulario en español que realmente usaban.

Paralelamente compramos pasquines, revistas de telenovelas, etc. Hice entrevistas en la cárcel de Lecumberri para estudiar el caló de la delincuencia y tomamos grabaciones del Atlas Lingüístico de México y libros de carácter antropológico, por ejemplo Los hijos de Sánchez.

De esta manera, indica, formamos un corpus con 996 textos, cada uno formado por dos mil palabras, que fueron seleccionadas aleatoriamente de cada obra, porque lo que sucede es que si uno toma una obra completa, el estilo del autor se va a manifestar con sus preferencias léxicas y, por lo tanto, no queríamos que se nos sesgara, en tanto que tomando aleatoriamente fragmentos de las obras contrarrestábamos los estilos de los autores y ampliábamos la riqueza léxica del corpus.

Luego, añade, vendría el problema: ¿quién lee esto? “Mientras había estudiado ingeniería incursioné un poco en computación y pensé que sería posible usar una computadora. Fui a ver a Gustavo Cabrera, quien fue miembro de El Colegio Nacional, y me comentó: “Es un problema interesante. Te voy a recomendar con Enrique Calderón, director del Centro Rosenblueth”, a quien le expuse el problema: teníamos que construir un sistema de análisis computacional del español que no había y me recomendó con una alumna suya, la matemática Isabel García Hidalgo. Con ella entendí algo importante: la dificultad del trabajo interdisciplinario, porque lo que teníamos que lograr era explicarle a una matemática lo que queríamos hacer, y ella explicarnos las condiciones para hacerlo. Eso fue un trabajo muy interesante que nos llevó a crear unos algoritmos lingüísticos que luego Isabel convirtió en algoritmos de computación. Entonces nuestro sistema de análisis automático fue el primero que se hizo para la lengua española”.

En ese tiempo, cuenta Luis Fernando, El Colegio de México le permitió hacer un viaje para entrevistar a varios lexicógrafos europeos, a quienes les expuso el proyecto para que le dieran su opinión. Fue a Francia a visitar el Tresor de la Langue Française, albergado en un edificio enorme y al que Charles de Gaulle dotó con la mejor computadora. Lo dirigía el filólogo Paul Imbs y lo que hacían era meter toda la literatura francesa a la computadora. “Utilizaban un sistema que llamo de cotejo, es decir: se leían los textos y se comparaban con los diccionarios. Toda aquella palabra en un texto que aparecía en un diccionario, la registraban y así juntaron 76 millones de vocablos”.

Cuando los especialistas analizaban una preposición francesa, relata, se encontraban con 300 mil apariciones. “No les iba alcanzar la vida para estudiar una sola palabra. Entonces pensé: eso es para un cuento de Borges”.

En el sótano del edificio, que estaba en la ciudad de Nancy, se apilaban todos los resultados del corpus y había un ejército de trabajadores con bata gris y montacargas que subían y bajaban textos para los lexicógrafos. “Un vasto trabajo que hizo que se declararan en huelga. ¡No podían! Afortunadamente me tocó ver eso y concluí: yo reduzco mi corpus a dos millones de palabras, pero bien elegido”.

— ¿Concluyen el sistema y cómo sigue el trabajo?

— En ese viaje conocí a un personaje muy importante: Antonio Zampolli, director del Centro Nazionale Universitario di Calcolo Elettronico, de Pisa, quien era alumno del jesuita Roberto Busa, y autor del primer corpus de textos que se hizo en el mundo sobre el índice tomístico. Zampolli me dijo: ven un verano a trabajar con nosotros y a tomar los cursos de lingüística-matemática-computacional. Fui con dos integrantes de mi equipo.

—Para entonces teníamos nuestro sistema y en Italia conocimos a un buen ingeniero norteamericano que trabajaba para Xerox, Martin Key, quien desarrollaba unos sistemas que llamaba Redes de Transición Aumentada, más profundos que el nuestro.

—Le expusimos el que habíamos diseñado, con algoritmos para que fuera identificando sustantivos, verbos, adjetivos, etc, en español y los agrupara.

—Y Martin preguntó: ¿qué rendimiento tiene?

—Cerca de 67 por ciento.

—Está muy bien, porque el mío es semejante.

—Eso me tranquilizó. Regresamos y contactamos al estadígrafo, Roberto Ham, porque quería medir el uso de las palabras en México.

Luis Fernando cuenta que en ese tiempo, los años 70, era fácil medir cuántas veces se repite una palabra. Pero el problema de sólo medir frecuencias es que si tomamos un libro de cardiología, ahí la aparición de palabras como miocardio, infarto, etc, crecerá, en cambio no encontraremos vocablos comunes, porque no tienen que aparecer en este tipo de libros.

Para contrarrestar esto, añade, necesitábamos medir frecuencia y dispersión, es decir: una palabra, cómo se reparte en diferentes campos del corpus. Pero cómo habíamos hecho un corpus heterogéneo: 150 textos de literatura, 150 de periodismo, 150 de ciencia, 20 de discurso religioso, 8 de discurso político, entonces no podíamos comparar.

Con Roberto Ham, tomando en cuenta otras experiencias, relata, diseñamos lo que llamamos Índice Normalizado de Dispersión, que nos da todo el vocabulario medido entre uno y cero: aquellas palabras muy repetidas tienden a 1; las menos frecuentes y mal repartidas tienden a 0. Esto permitía empezar a trabajar con las verdaderamente más usuales. “Funcionó muy bien el sistema, usamos la máquina de la SEP, una Univac 1106 que era la más grande de la ciudad, pero tenía 64 K de memoria de acceso directo. Hoy eso es ridículo, porque cualquier juguete para niños tiene más”.

El lingüista cuenta que se tardaba toda la noche en los análisis de palabras. “Durante el día no podíamos usarla porque la SEP la necesitaba. Tardamos seis meses en correr el corpus. Salieron los resultados y comenzamos con la “A”.

Pero llega 1980, ¡la debacle!, cuenta. “Era la época de la Comisión de Defensa del Español y Fernando Solana, quien era secretario de Educación Pública, me dice: “Ya va a acabar el sexenio y necesito un diccionario para la escuela primaria. Y si usted no me la da en un año, se lo compro a Larousse”.

— ¡No!, es un asunto de honor, yo se lo doy.

Entonces Luis Fernando reorganiza su equipo, porque no podían seguir desde la “A”, sino tomar las más usuales. “Leímos los libros de texto gratuito para extraer el vocabulario que venía ahí y así terminamos el Diccionario Fundamental del Español de México. Era chiquito, de 2 mil 500 palabras, pero a tiempo. De ese libro, Gabriel Zaid hizo una crítica justa y su conclusión fue que no deberíamos haberlo hecho. Por supuesto que me dolió, pero tenía razón”.

Sin embargo, explica, cumplimos. “Llegó el fin del sexenio y se veía que ya el gobierno no iba a darnos más dinero. Entonces El Colegio de México adoptó al diccionario”.

La experiencia de hacer ese diccionario, dice Luis Fernando, representó para mí y el equipo un examen que le agradecí siempre a Fernando Solana. La última vez que lo vi, ya pasados los años, cuando le entregué el Diccionario del Español de México, le dije: “don Fernando, siempre le he agradecido el examen que nos puso”. Y me respondió: “No buscaba examinarlos”. A lo mejor no lo trataba de hacer, le contesto, “pero para nosotros fue un examen y se lo agradezco”.

— ¿Cómo sigue el camino?

— Seguimos trabajando con palabras de frecuencia más baja e hicimos el Diccionario del Español Usual en México en 1990, que tuvo mucho éxito en las escuelas. Después seguimos con el Diccionario del Español de México, publicado en 2010, y en noviembre de este año se va a entregar la segunda edición. Ya son casi 40 años en esta obra.

Todos esos años de trabajo para el Diccionario fueron importantísimos: primero, porque estábamos haciendo una lingüística honrada y seria; segundo, porque habíamos tenido varios hits: el analizador gramatical; el sistema de cálculo cuantitativo, y el corpus. Tres elementos que nadie había hecho. Después empezaron a aparecer los corpus por todas partes, y ahora hay disponibles 10 o 15 sistemas de análisis automático.

— ¿Cómo viene la segunda edición del Diccionario del Español?

— El actual tiene de 25 mil artículos y la segunda edición tendrá unos 8 mil más: 33 mil en total. Aún con esto, es un diccionario chico si lo comparamos con el de la Real Academia Española (RAE), que tiene más de 80 mil. Pero entre ambos hay varias diferencias: el de la Academia es un diccionario pancrónico, es decir, conserva palabras desde que se fundó la institución en 1713, incluso definiciones de esa época, que uno se sorprende porque ya no tienen ninguna vigencia en el español.

—En cambio, nuestro diccionario es contemporáneo y el vocabulario que incluimos y los ejemplos son mexicanos desde 1921 al 2018. Además, nuestra definición es original, a nadie le copiamos, son una serie de condiciones de método, de modo que uno se enfrenta a los datos con su propio conocimiento de la lengua.

— Hace poco revisaba la palabra “marmaja”, que es una forma popular de llamar al dinero. ¿Pero de dónde salió esto? Se busca documentación y parece que se trata de un compuesto químico de sulfuro de hierro, que tiene un color dorado que se parece al oro. Entonces entiendes su uso.

— Esto es algo de lo hacemos diario, de modo que lleva tiempo escribir los artículos, porque hay que seleccionar bien los ejemplos y buscar una buena redacción. Ha sido muy emocionante, siempre aprende uno algo más.

—Una palabra que se puso de moda es “mero”. El “meromero”, “yo mero”, tiene una polisemia interesantísima, de muchos significados que sólo los mexicanos usamos. Y lo que quiere decir “ahorita”, que se cree quiere decir “en este momento”, pero lo que queremos decir realmente es: “haré esto cuando se pueda”. No quiere decir que lo hago en cinco o tres minutos, sino cuando pueda.

— ¿Cómo definiría al español mexicano?

—El español mexicano no se separa de las otras variedades. El español es una lengua que tiene varios “pisos”: el popular, uno culto y otro culto hispano-hablante. En este último es donde encontramos las obras de Octavio Paz, de Borges, Camilo Cela, etc, con un vocabulario del que disponemos todos los hispanohablantes.

—Pero este vocabulario de pronto adquiere perfiles muy mexicanos de los que no nos damos cuenta. Lo hacemos cuando analizamos las palabras y quedamos sorprendidos de cómo de pronto la semántica de un vocablo, que es patrimonio de todos los hispanohablantes, en México toma ciertos matices.

—Por ejemplo, la palabra soberanía: tomamos nuestros datos y nos damos cuenta de que cada vez que se habla de soberanía en México, se habla de la soberanía popular. Tomamos los datos de la Academia y resulta que soberanía es una prerrogativa del Rey. Eso cambia totalmente las cosas. Lo mismo recuerdo que cuando vino el papa Juan Pablo Segundo, en un discurso le dijo a Fox: “sus súbditos mexicanos”. Y dije ¡no!, súbditos, no, porque no tenemos rey. Somos ciudadanos, no súbditos del Presidente de la República. Esos matices, en palabras que todos entendemos, son diferentes. En ese piso hispanohablante, a pesar de que compartimos todo, tenemos nuestras diferencias.

—Luego viene el piso de la cultura nacional. El español siempre ha sido una lengua popular, lo podemos decir en comparación con el inglés o francés, que en su historia han sido lenguas de élites. El español nunca fue lengua de una élite, por eso se pudo escribir El Quijote, porque esta novela es español popular.

—Entonces hay siempre una constante alimentación del piso popular al piso culto. Un buen ejemplo es Carlos Fuentes, porque tenía un oído para el español popular mexicano absolutamente privilegiado y a la vez tenía una escritura intelectual. Tenemos muchísimos documentos, tomados de sus obras para el diccionario y me sorprende esa capacidad. Otro, que nos mete en muchos problemas, es Fernando del Paso, porque tanto en José Trigo como en Palinuro de México de pronto nos encontramos cada palabra que decimos ¡qué es esto! Hay ese constante fluir que vemos también en novelas como Chin Chin el teporocho, de Armando Ramírez, donde el autor está jugando con esos niveles. Eso me parece muy característico del mexicano.

—Tenemos el español popular con creatividad asombrosa. Se crean formas verbales juguetonas, tenemos una floración de groserías, hay un montón de doble sentidos, albures, esta vitalidad del español popular mexicano me tiene asombrado desde hace 40 años.

—Todo este vocabulario que se inventa y de pronto decrece y luego vuelve a aparecer, se inventan otras palabras, no le podemos dar el mismo tratamiento en el Diccionario, porque lo que estamos tomando son palabras con cuño social, mientras que muchos de estos juegos que no logran asentarse.

—Entonces lo que estamos preparando es otro diccionario que esperamos realizar en 2019, cuyo nombre será Diccionario de las tradiciones verbales mexicanas. Lo que queremos hacer es mostrar los patrones de creación simplemente para explicar cómo operan, algo que es apasionante, porque los diccionarios no son cementerios de las palabras, sino el depósito de memoria de un pueblo.

—Pero hay algo que me preocupa, no sólo del español mexicano, sino del español en general: la tendencia de la ciencia a escribir en inglés. El vocabulario científico es la vanguardia de la cultura, y para que lo siga siendo, el discurso de los científicos mexicanos debe trasminarse hacia abajo, y si resulta que lo hacen en inglés, se produce un fenómeno que en sociolingüística se llama diglosia bilingüe, donde la lengua de la ciencia sea en inglés y la lengua popular sea el español. En esta situación el español y nuestra cultura se van para abajo.

—Si permitimos que el inglés se imponga de esa manera, el español se verá oprimido. No quiere decir que nuestros científicos dejen de escribir y hablar en inglés, al contrario, todo lingüista es partidario del multilingüismo, pero que se tomen la molestia de escribir para su gente.

Al final, Luis Fernando dice: “Tras casi 40 años en las palabras, no tengo una favorita, han pasado por mis ojos 40 mil y todas son apasionantes”.

Pie de foto: Luis Fernando Lara cuenta que en los campos de futbol llanero afinó su oído para ser lingüista.

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