Nicaragua y México

José Fernández Santillán

El Presidente de Nicaragua, José Santos Zelaya, había sido depuesto por presiones de Estados Unidos. Una flota al mando del almirante Kimbal se encontraba en las costas del Pacífico: su misión era apresarlo y llevarlo a Washington para juzgarlo por delitos de lesa humanidad. El 29 de diciembre de 1909 el cañonero mexicano “Guerrero”, al mando del capitán de fragata Hilario Rodríguez Malpica, llegó al puerto de Corinto y rescató a Zelaya.

El general Porfirio Díaz ordenó esa operación. Zelaya recibió asilo en México. El militar oaxaqueño consideró que la manera de proceder de Estados Unidos en este caso “constituía un funesto precedente para Iberoamérica.”

Cuando Alfonso Reyes (cuyo abuelo paterno, Domingo Reyes era nicaragüense) era un muchacho, entre sus deseos estaba traer a Rubén Darío a México. Alguno de sus amigos le dijo: “No, nunca vendrá a México Rubén Darío; no tiene tan mala suerte.” Pero, Rubén Darío vino a nuestro país, para su mala suerte, según lo dejó escrito textualmente el propio Alfonso Reyes. (Magdalena Rodríguez, “Rubén Darío y la Revolución Mexicana” periódico nicaragüense La Prensa, 29-VIII-15).

El 15 de julio de 1910 don Crisanto Medina, embajador de Nicaragua en Francia visitó al poeta para proponerle ir a México como representante de su país en las fiestas del Centenario de la Independencia. Darío aceptó. Se embarcó en Saint Nazaire el 21 de agosto de 1910 a bordo de La Champagne. El barco hizo escala en Santander el 22 de agosto y en La Coruña el 23. Allí se enteró por un diario local que el presidente José Madriz había sido derrocado. Con todo y eso, Darío prosiguió su viaje. Llegó a Veracruz el 5 de septiembre con el propósito de trasladarse a la Ciudad de México; pero fue obligado a permanecer en Veracruz. El pretexto fue que su nombramiento ya no era válido. (Idem).

El desaire que sufrió el poeta provocó manifestaciones de protesta en la capital. Por primera vez la casa de Porfirio Díaz fue apedreada: “Se organizaron desfiles populares que aclamaron a Darío como defensor del honor latinoamericano contra la intervención yanqui en Nicaragua y México y los festejos del Centenario perdieron esplendor.” (Idem). Aquellos incidentes, se puede decir, calentaron los ánimos que confluyeron en el estallido revolucionario dos meses después.

Augusto C. Sandino estuvo en México en dos ocasiones. En la primera (1923-1926) trabajó como obrero en Tampico. Allí se vinculó con los movimientos anarcosindicalistas y socialistas. Nutrió su conciencia política. Regresó a Nicaragua, específicamente a las montañas de Las Segovias, para organizar lo que se conoció como “el pequeño ejército loco.” En 1926, el presidente mexicano Plutarco Elías Calles brindó su apoyo  con armas y barcos a Nicaragua. En la segunda ocasión (1929-1930) Sandino regresó a México, vía Yucatán, buscando el apoyo para proseguir su lucha. No obstante, se encontró con puros engaños y dilaciones por parte de los presidentes Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio. Regresó desilusionado a su patria. Como pudo, continuó la lucha. En 1933, los marines salieron de Nicaragua; en febrero de 1934, Sandino viajó a Managua para acordar una reconciliación nacional con el general Anastasio Somoza García y el presidente Juan B. Sacasa; pero fue traicionado por Somoza, quien lo capturó y asesinó el 21 de febrero de 1934. (José Meléndez, “Sandino en México y el dolor de la tierra ‘amada’”, El Universal, 19-XI-2006)

La revolución sandinista, que triunfó en 19 de julio de 1979, recibió el apoyo del presidente José López Portillo y su canciller Jorge Castañeda de la Rosa. En esa época el gobierno mexicano encabezó la oposición internacional contra la tiranía de Anastasio Somoza Debayle. Pero, además, hubo muchos mexicanos que combatieron en las filas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), entre ellos Rubén Aguilar, quien después fue vocero de Vicente Fox. Es más, un mexicano formó parte de la Dirección Nacional de FSLN, Víctor Tirado, hoy alejado del “danielismo” y de la desviación que han sufrido las directrices originales que se fijó el sandinismo: democracia y respeto a los derechos humanos.

Coincido con Jorge G. Castañeda (“Mexico and the Nicaraguan Quagmire”, The New York Times, 26-VII-2018) en que el canciller Luis Videgaray le ha dado una importancia fundamental, justamente, a la lucha en favor de la democracia y los derechos humanos en la región latinoamericana. Eso lo ha enfrentado a gobiernos tiránicos como los de Venezuela y Nicaragua.

La gran incógnita que se abrió desde el 1 de julio es si ese criterio continuará en vista del apoyo al régimen dictatorial de Daniel Ortega que se han hecho patentes por parte de la dirigencia de Morena al firmar la declaración del Foro de Sao Paolo en su XXIV edición, celebrada en La Habana, Cuba.

En síntesis, de lo que aquí se ha expuesto se puede deducir que a veces México ha apoyado las mejores causas del pueblo nicaragüense, en otras ocasiones se ha hecho a un lado. Sería una desgracia que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se pusiera del lado de la tiranía de Daniel Ortega, aunque los hermane la vocación populista.

 


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