Expectativa económica vs economía de la esperanza

Francisco Báez Rodríguez

Los resultados de la encuesta nacional que mide el índice de confianza del consumidor dan cuenta de muchas cosas: del ánimo general que vive el país, de las diferencias entre consumidores e inversionistas y del hecho, que a muchos se les olvida, de que la economía no es una ciencia exacta, sino una disciplina social.

Los datos son claros. Tras la elección de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de la República, afloró el optimismo entre la población respecto al comportamiento de la economía. Lo más interesante es que no sólo lo hizo respecto a las expectativas, sino también en relación con el presente.

El índice general dio un salto de casi 15 por ciento de un mes a otro, y es positivo en todos los rubros. Se trata, sin duda, de un efecto político, ya que, según el mismo INEGI, la economía está estancada, con un decrecimiento trimestral del PIB del 0.1%.

Se entiende que haya una expectativa positiva; es algo que ha ocurrido en México cada vez que hay alternancia en el poder Ejecutivo. El movimiento en las cifras de agosto de 2018 sólo es comparable con los que se dieron, por estas fechas, en 2000 y 2012. En general, se supone que el cambio en el partido en el poder será para que las cosas mejoren.

En esta ocasión, la mejoría en las expectativas viene de una posición muy deprimida, ya que el índice había tocado fondo en enero de 2017, coincidiendo —y no es coincidencia— con los ajustes a los precios de las gasolinas, que fueron mal manejados por el gobierno actual, y que le fueron parte de la severa factura política del primero de julio. De hecho, a pesar del brinco, el índice no llega todavía a los niveles anteriores al crac bursátil de 2008, y el consiguiente “catarrito”.

Si en donde es más evidente el optimismo es en el aumento de quienes consideran que la economía nacional estará mejor dentro de un año (un aumento de casi 32 puntos), vale la pena subrayar que también mejoraron la percepción de la situación económica familiar (5 puntos) y la del país (11 puntos). Ambas series venían estancadas desde abril del año pasado.

En otras palabras, parte de la gente siente que ya le está yendo mejor en lo económico, aunque eso no haya pasado (o, si pasó, fue en otro mes y no lo notó entonces) y también percibe que la economía del país va mejorando (y en esto hay evidencia de que no). El vuelco político les colocó unos lentes color de rosa.

Esta posición medida por el INEGI es, de entrada, un mentís a la teoría económica ortodoxa según la cual, el conjunto de los agentes económicos tendrá, en promedio, expectativas racionales —es decir, informadas y sin sesgo—. Aquí, de entrada, un agente fundamental, los consumidores, tiene expectativas basadas en sus esperanzas.

Efectivamente, un problema de los hacedores de política económica es suponer que mercados y sujetos de la economía tienen una lógica y una capacidad para procesar la información que sólo existe en los libros de texto en los que estudiaron. Suponen que una explicación consistente será convincente, que las fuerzas del mercado aprenden de sus propios errores, que todo mundo prioriza las variables que ellos ponen en primer lugar.

La diferencia entre esa torre de marfil y el mundo de “los de abajo”, “los de la calle”, ha llegado a ser enorme. Los economistas se enfrentan a un mundo real de seres humanos: a un entorno social muy móvil y complejo. Muchos han caído, en su necesidad de encontrar puntos de anclaje, en refugiarse en una construcción teórica, que toma el lugar de una construcción real: en mecanismos que sirven, sólo en apariencia, para hacer accesible lo inabarcable (la realidad económico-social). Luego le otorgan el carácter de real a la construcción teórica y, a partir de ahí, se sienten imprescindibles. Luego les va como les fue.

La “economía ficción”, ese espantajo, nos dice que probablemente están equivocados quienes confunden esperanzas con expectativas. Sin embargo —al menos eso señala la encuesta—, este encandilamiento casi seguramente tendrá efectos en el consumo: hay más predisposición para compras de muebles, televisores o automóviles. Para demanda real. Y el efecto benéfico multiplicador puede darse. En ocasiones la esperanza, aun la más vana, es capaz de funcionar como motor económico.

También es necesario ver al otro lado, el de las expectativas empresariales. Aquí, obvio es decirlo, la euforia no es tan grande. Pero tampoco hay desánimo, particularmente en el sector manufacturero. Con mucha mayor prudencia que la población en general, los empresarios están suponiendo un repunte marginal.

Está claro que los empresarios cuentan con mucha más información, y que por ello no pecan de optimistas, pero es evidente que no se están basando sólo en las variables existentes, sino que al menos una parte de ellos tiene en mente nuevos proyectos, fundados también en la expectativa de cambio político.

Podrá decirse que para el próximo enero —la cuesta siempre aplasta los índices de confianza— las cosas volverán a su cauce. Quién sabe. Todo dependerá de la calidad de las decisiones del gobierno entrante, y también de su capacidad para mantener o aumentar el apoyo social que actualmente tiene.

Si, en vez de decisiones pensadas tenemos ocurrencias, y si, en vez de una actitud de suma hay una de división, es posible que, como sucedió las otras veces, la esperanza y las altas expectativas terminen trocándose rápidamente en desilusión.

Entonces no faltará quien diga que los equilibrios de mediano plazo predijeron y bla, bla, bla. Aún así no tendrá razón. La economía se hace con seres humanos de carne, hueso, sueños y valores de uso.

Y en política económica, el adjetivo es “económica”, mientras que el sustantivo es “política”.

 


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