Gatos, ratones, ranas, toros, titanes... encuentros épicos

Carlos Alberto Patiño

La idea de batalla, contienda, enfrentamiento, está representada por la etimología griega mákhome, que pasó a nuestra lengua como el sufijo “maquia”.

El Diccionario de la lengua española (RAE) sólo incluye cinco palabras con esa terminación, aunque otras fuentes reconocen más términos y la literatura nos brinda varios ejemplos.

Una de las palabras, nada tiene que ver con la idea bélica. Es “lisimaquia” y es la denominación de una planta a la que los herbolarios consideran como efectiva para hemorragias nasales y heridas en general, pues dicen que tiene propiedades astringentes y expectorantes.

Con mucho, la más conocida es la “tauromaquia”. Es, literalmente, el combate con el toro. Sin entrar en las polémicas que rodean a esta práctica, asentemos que para el DLE es “el arte de lidiar toros” y también la obra o libro que trata del tema.

Es historia vieja la de los enfrentamientos entre humanos y toros. Hay referencias desde la Edad de Bronce. En la isla de Creta hay imágenes que relatan un juego taurino, que no es un combate sino un acto de acrobacia con los animales. Se llamaba taurocatapsia a esta especie de gimnasia acrobática.

También entre los romanos hubo uso de los toros en espectáculos. Fue en la Edad Media cuando se empezó a lancear a los toros. Se dice que uno de los primeros practicantes fue Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador.

Aficionados al lanceo de toros fueron Alfonso X, llamado El Sabio, pese a su afición taurina. Este gusto lo compartía con los califas magrebíes. Eran otros tiempos.

Un Concilio de Letrán, el de 1215, prohibía a los clérigos asistir a estos sangrientos espectáculos, pero autorizaba la cruzada contra los cátaros que costó miles de vidas.

Evolucionó la tauromaquia hasta convertirse en la llamada fiesta brava y tuvo una época de esplendor en el siglo XX.

Movimientos opositores al espectáculo taurino han acompañado su evolución hasta llegar a la prohibición de las corridas en algunos países.

Para este espacio, solamente queda consignado el uso de la palabra tauromaquia.

Menos conocido es el término “logomaquia”. Es un altercado. Una discusión en la que se atiende a las palabras y no al fondo de la cuestión. El que usa más, con más agresividad y hasta ingenio, se impone, pero las ideas se pierden, como ocurre en muchas discusiones de pareja o entre padres e hijos.

“Monomaquia” es el combate de uno a uno. Nada de peleas campales, de uno, como en los “tiritos” a la salida de la escuela o los duelos en el viejo oeste. Encuentro muy sonado fue el choque entre Aquiles y Héctor, durante el sitio de Troya. Es palabra en desuso según el DLE.

“Naumaquia” es un espectáculo de combate naval, protagonizado en un estanque o un lago.

Famosa fue la que mandó representar Julio César para celebrar sus triunfos.

En el Diccionario no está el siguiente y rarísimo vocablo: “hipetromaquia”. “Hipetro” significa “a cielo abierto”, entonces la palabreja nos remite a un enfrentamiento a cielo abierto, en descampado.

Otra que no figura en el glosario es “piromaquia” para describir espectáculos y competencias de pirotecnia.

Hay en la literatura obras sobre fantásticas batallas que, para relatarlas, los autores crearon palabras con nuestro sufijo en revisión.

Una de ellas es la Batracomiomaquia, también conocida como La batalla de las ranas y ratones. Es una parodia de La Ilíada que ha llegado a ser atribuida al propio Homero, aunque hay especialistas que la adjudican a diversos poetas o la creen de autoría anónima.

La historia es sencilla. Trata de una guerra, como muchas, originada en un acto menor que se magnifica hasta proporciones desastrosas. Ocurre que el rey rana invita a un ratoncillo a su casa, en medio de un lago. El ratón trepa a la espalda de la rana, pero en el trayecto sufren el ataque de una serpiente y el batracio se hunde en el agua. El ratón se ahoga accidentalmente, pero en la orilla otro roedor lo ve todo y arma y presenta un casus belli al monarca ratón.

Frente al desafío, las ranas se ponen en pie de guerra. Como en los grandes relatos épicos, no podía faltar la intervención de los dioses, que en este caso, ante las peticiones de ambos bandos, deciden permanecer como observadores. Pero, cuando desde sus alturas ven que los ratones están a punto de exterminar a las ranas, mandan un batallón de cangrejos que hacen replegarse a los pequeños mamíferos.

La Gatomaquia también es obra humorística. Es un poema de Lope de Vega que, basado también en la Guerra de Troya, narra una batalla entre gatos por la bella minina Zapaquilda. Marramaquiz, gato pobre y honrado, enamorado estaba de la gata, pero llega el galán Micifuz y conquista a Zapaquilda.

Marramaquiz acude a magos como Merlín y a otros gatos para encontrar remedio a sus males. Tras diversas peripecias, decide raptar a la gatita. Se desata una guerra felina de magnitud tal que el mismo Júpiter, viendo la fiereza de los combatientes y temiendo el exterminio de los gatos, que empoderaría a los ratones (“que muertos los gatos, esta tierra/se coma de ratones,/porque se volverán tan arrogantes,/que ya considerándose gigantes,/no teniendo enemigos de quien huyan/y el número infinito disminuyan,/serán nuevos Titanes,/y querrán habitar nuestros desvanes”) decide intervenir y causa una hambruna que afecta a Zapaquilda. Al verla así, Marramaquiz, heroico, sale en busca de alimento y es muerto de un arcabuzazo. Triste queda la minina, pero no tarda en ser consolada por Micifuz y todo termina con la boda de los dos personajes.

La Titanomaquia contiene la historia de las guerras entre los titanes y los dioses del Olimpo, ambas razas de deidades anteriores a la aparición de la humanidad. En apretado resumen, les diré que el titán Urano fue derrocado por su hijo Cronos. El nuevo dirigente resultó tan tirano o más que su padre, al extremo de que se comía a sus hijos para evitar rebeliones, pero sus arbitrariedades terminaron cuando dos de sus vástagos fueron salvados de las fauces del titán por su esposa Rea. Los rescatados fueron Zeus y Poseidón. Zeus encabezó a los olímpicos contra los titanes y, con Poseidón y Hades, logró enviarlos al Tártaro, el inframundo más profundo.

La Gigantomaquia es parte también de la mitología griega. Los gigantes fueron engendrados por la abuela de Zeus, Gea, para combatir a los dioses olímpicos. Como para entonces ya había humanos, Zeus buscó alianzas para plantarse ante sus enemigos. Entre los hombres estaba Heracles (Hércules). Ganaron los dioses del Olimpo.

Una historia más es la Centauromaquia. Es la guerra entre centauros y humanos que culminó con la expulsión de aquéllos a tierras remotas de donde no han salido y no se les ha vuelto a ver. La disputa empezó (adivinaron) por una mujer. Un humano, Pirítoo, rey de los lapitas, invitó a sus amigos y primos centauros a su boda con la princesa Hipodamía. Los seres mitad caballo y mitad humano asistieron a las nupcias, pero al calor del vino y por su naturaleza pendenciera, decidieron raptar a la novia, hecho que desató la furia de su antiguo amigo, quien con Teseo, su compañero en la expedición de los Argonautas, se lanzó contra los centauros en una guerra brutal.

 

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Un marmitón es un ayudante de cocina, un pinche, pues. Es apoyo y aprendiz. La palabra deriva de la marmita, una olla de tapa ajustada, y es de poco uso. Deriva del francés. Con más frecuencia se usa el término “galopín” o “galopina” para referirnos a estos personajes.

Respuestas y explicaciones tuvo El Arca de Arena, de Francisco Báez, Bertha Hernández, Marielena Hoyo y Tarsicio Javier Gutiérrez.

Nuestra Arca propone ahora el vocablo que define a objetos, animales o personas que se elevan sin la intervención de agentes físicos conocidos —como los yoguis y santones— o por intervención magnética, como los trenes de alta velocidad.

 


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