Habemus Presidente Electo

Javier Santiago Castillo

El andar de Andrés Manuel López Obrador para arribar a la Presidencia de la República ha sido sinuosamente prolongado. Lejano está el año de 1999 cuando René Bejarano con mirada perspicaz lo impulsó para competir, con el respaldo de Cuauhtémoc Cárdenas, por la ­Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Ante la ola levantada por el foxismo en la elección presidencial del año 2000 contó con el apoyo del aparato gubernamental según versión, en aquel entonces, de la jefa de Gobierno Rosario Robles.

En la víspera de la elección —dos o tres semanas antes— a Jefe de Gobierno, las encuestas le daban una ­cómoda ventaja del segundo lugar, Santiago Creel, candidato del PAN, del quince por ciento. El triunfo arribó con una diferencia del cinco por ciento. Distancia modesta, pero incuestionable y libre de impugnaciones. El PRI no cuestionó su residencia por decisión del presidente Ernesto Zedillo y el PAN no lo hizo porque podía cuestionar su propio triunfo en la elección presidencial.

Cuando se enteró que las tendencias lo favorecían, no dudó en manifestar: “Inauguraremos el nuevo siglo con un sistema verdaderamente democrático” y “No me proclamaré triunfador hasta que no tenga todos los resultados. Queremos actuar con mucha prudencia” (La Jornada, 3 de julio 2000). El triunfo proporciona serenidad y mesura. En este caso también certeza de un rumbo a seguir: posicionarse para aspirar a convertirse en candidato a la Presidencia de la República.

Desde un inicio de su gestión la estrategia fue clara y se dio en tres frentes. El primero fue la austeridad republicana, aunque en ciertas áreas llevara a la ineficacia administrativa, con el fin de tener recursos para el segundo: instrumentar una política social asistencialista y; el tercero fue fijar la agenda de discusión política nacional en las conferencias de prensa mañaneras.

La Jefatura de Gobierno le permitió adquirir una presencia nacional y una fuerza política al interior del PRD suficientes para desplazar, en 2006, al ingeniero ­Cuauhtémoc Cárdenas de su aspiración para competir por cuarta ocasión a la presidencia.

La campaña inició con una cómoda ventaja para López Obrador. Al paso de los días las encuestas documentaban una disminución de sus preferencias y un incremento de las de Felipe Calderón, candidato del PAN. En el giro de las tendencias influyeron, sustancialmente, la campaña negra orquestada desde la presidencia y acompañada por sectores empresariales de que era un peligro para México, la operación territorial de gobernadores priistas a favor del candidato del PAN y el exceso de confianza, el discurso polarizante y la soberbia por parte del candidato de la izquierda.

El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación documentó la injerencia del Poder Ejecutivo a favor del candidato del PAN, pero consideró que no existían elementos para precisar hasta qué punto había impactado en las preferencias del electorado. En consecuencia, declaró válida la elección y declaró presidente electo a Felipe Calderón. La respuesta fue el plantón en Paseo de la Reforma. Dicha acción catalizó el descontento vía la desobediencia civil, pero, también, le restó simpatía de los sectores medios de la población.

La campaña presidencial de López Obrador en 2012 reiteró errores de la anterior: exceso de confianza, discurso polarizante y soberbia política. Tales características incidieron en su derrota. En la última de estas elecciones la ventaja del ganador, Enrique Peña Nieto, fue de cinco puntos porcentuales. La cual no fue suficiente para evitar la acusación de la existencia de un fraude electoral. Las palabras expresadas sobre la democracia en el año 2000 se perdieron en el oleaje de la derrota.

Dos campañas presidenciales fallidas dejaron enseñanzas. Había que tener el control del partido. Pero la naturaleza del PRD, con el juego de sus corrientes y el abandono de una visión reformista propia, no le era útil. Entonces, formó su propio partido, Morena, del que es dirigente indiscutible.

Otra experiencia era que había que buscar aliados, más allá de su propia visión, lo cual implicaba sin duda alguna abandonar o atemperar, al menos, el discurso político polarizante. Además, requería reconciliarse con actores sociales y políticos que lo habían abandonado, habían sido sus detractores o adversarios en el pasado.

Lo anterior lo llevó a la construcción de una coalición dominante; donde dio cabida a personas de trayectoria incuestionable hasta un séquito de impresentables; pero todos aportaban votos. Los empresarios merecieron un lugar privilegiado en la estrategia.

Por otra parte, había que aprovechar las fracturas que se dieron en otros partidos. De manera particular sectores importantes del PRD, cuando se acordó realizar la coalición con el PAN, se trasvasaron a Morena por convicción o conveniencia. Posteriormente, la utilización de las candidaturas federales y locales para atraer liderazgos locales o regionales del PRI, del PAN y del PVEM, permitió ampliar su presencia política en regiones que otrora estaban fuera de su alcance.

Dos factores relevantes para el triunfo de López Obrador fueron la capitalización del voto antigobierno y; el paulatino desgaste de la alternativa reformista y nacionalista que representaba el PRD dejó el campo político libre para que esa opción la ocupara Morena y su candidato presidencial.

Sumado a lo anterior, la estrategia de postular candidatos de Morena bajo el emblema del PT y el PES le permitió superar la disposición constitucional que establece que “…ningún partido podrá contar con más de 300 diputados…” y logró tener la mayoría calificada de la Cámara de Diputados.  Lo mismo logró en la Cámara de Senadores.

La actitud del presidente Enrique Peña Nieto de facilitar la transición, al grado de asumir propuestas del presidente electo es un suceso inédito en la historia política del país. Lo cual puede verse como un signo de sensibilidad política para desarmar cualquier posibilidad de victimización argumentando resistencias, o como una señal de debilidad.

El resultado de la elección nos presenta a un presidente con la mayor legitimidad y fuerza política de la etapa de la transición a la democracia electoral. Sin duda alguna, la aceptación inmediata de los vencidos del veredicto de las urnas fue un signo de madurez democrática.

La conformación del gabinete ha despertado inquietudes. El señalamiento más común es que es resultado de cuotas, pero no hay nada de qué sorprenderse. Esa integración corresponde en buena medida a la coalición dominante que lo llevó al triunfo. Aunque el denominador común es la lealtad al presidente. Los impresentables están sustancialmente en el legislativo, donde, si desean tener futuro político tendrán que, al menos, atemperar sus conductas impúdicas políticamente.

Las descalificaciones a las instituciones de la República van quedando en el olvido. El discurso conciliador y matizado asumido como presidente electo pretende atemperar los temores despertados por sus posturas iniciales que dejaron ver improvisación y ausencia de solidez técnica.

La experiencia histórica nos enseña que la legitimidad es un bien político etéreo y efímero. Su permanencia en el tiempo requiere de acciones que la nutran cotidianamente. Sin duda Andrés Manuel López Obrador es, como lo muestra esta breve reseña de su aspiración por lograr la presidencia, un político profesional, sagaz, pragmático y tenaz, que, en ocasiones linda en la tozudez, por eso debe apurarse a disipar las dudas que persisten sobre su compromiso de respeto a la pluralidad, pero sobre todo del fortalecimiento de las instituciones, que son la garantía de la permanencia y vitalidad de la democracia. Hechos son amores, las palabras  se las lleva el viento.

 


Profesor UAM-I
@jsc_santiago
www.javiersantiagocastillo.com

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