Zapotitlán, zona arqueológica en el Valle de Tehuacán, sitio del ritual de la sal | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 13 de Agosto, 2018

Zapotitlán, zona arqueológica en el Valle de Tehuacán, sitio del ritual de la sal

Reportaje. La zona arqueológica tiene una historia ligada a sus depósitos de sal, que eran explotados desde hace más de dos mil años. Crónica presenta dos entrevistas con arqueólogos especialistas del sitio ubicado en Valle de Tehuacán

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Uno de los 22 sitios arqueológicos más importantes que se localizan dentro del Valle de Tehuacán-Cuicatlán, inscrito el mes pasado como Bien Mixto en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, es Zapotitlán Salinas, ubicado al sureste de Puebla y en donde desde hace cuatro mil años se realiza la extracción de sal, mineral que en época prehispánica fue considerado una joya.

Crónica presenta dos entrevistas, una con el arqueólogo Blas Román Castellón Huerta, quien desde 15 años estudia la región de Zapotitlán, y otra con Francisco López Morales, director de patrimonio mundial del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

LUGAR PREHISTÓRICO. Hace millones de años la región del Valle de Tehuacán fue fondo de mar, cercano a zonas de playas y por eso, hoy existen muchos fósiles en esa área.

De acuerdo con el arqueólogo Blas Román Castellón Huerta, la geografía de esos valles favoreció que numerosas corrientes y escurrimientos de agua subterráneos procedentes de la zona del Pico de Orizaba afloraran entre las barrancas, produciendo manantiales que usaron los antiguos pobladores desde hace más de cinco mil años.

“Manantiales en cuyas paredes quedó plasmado el uso de aguas desde épocas antiguas hasta tiempos modernos, siendo el mecanismo de uso de aguas más antiguo y documentado en toda América.  Muchas de estas aguas tenían —y aún conservan— un alto contenido de sales”, comenta el investigador del INAH.

Según estudios de lingüistas, tres o cuatro siglos antes de la era cristiana, las regiones del sur de Puebla fueron habitadas por hablantes de proto-popoloca, es decir, de los idiomas que mucho después darían forma a lenguas como chocho, popoloca, mixteco y mazateco.

“En esta región la gente, culturas muy antiguas, ya buscaban la sal en el  año 2000 antes de la era cristiana. No estoy seguro de los métodos que usaron pero sí que desde esa época ya buscaban sal de manera sistemática”, señala Castellón Huerta.

El arqueólogo y autor del libro Cuando la sal era una joya. Antropología, arqueología y tecnología de la sal durante el Posclásico en Zapotitlán Salinas, Puebla, destaca que en las fuentes históricas se habla de que mil años antes de nuestra era existieron 14 aldeas dispersas en Zapotitlán; después, entre los años 100 a.C. y 100 d.C., las aldeas se unieron en un asentamiento y dieron origen al sitio de Cuthá o Cerro de la Máscara, un lugar de control y supervisión de las salinas.

Cuthá tuvo un auge del 200 d.C. al 1200 d.C. hasta que la zona fue conquistada por chichimecas, quienes les impusieron a los pobladores de Zapotitlán tributo sobre los productos de sal, situación que continuó cuando llegaron habitantes de Tlatelolco y más tarde, mexicas de Templo Mayor.

“El cerro Cuthá dejó de ser el asentamiento más importante de la región durante el siglo XV y entonces aparecieron pequeñas aldeas en todo el valle que practicaron una precaria agricultura y aprovecharon otros recursos, entre éstos, las antiguas salinas”, precisa el experto.

Es decir, la producción de sal se intensificó a causa de las exigencias de tributo y también por la existencia de un gran sistema de mercados regionales impuesto por los mexicas y el más cercano fue el gran mercado de Tepeaca.

El interés del arqueólogo Blas Román Castellón Huerta en Zapotitlán nació cuando investigó los vestigios arqueológicos de Cuthá y vio cómo un hombre de edad avanzada movía agua de unos estanques.

“Mi fascinación inicial se debió en gran parte al hecho de que esas salinas estaban muy lejos del mar, en una zona montañosa y desértica. Otro motivo de creciente curiosidad fue enterarme de que esas salinas representaban sólo uno de más de 20 parajes de producción, ocultos en las barrancas de los alrededores”, narra. 

La producción antigua y actual de sal, añade, estuvo confinado a 12 kilómetros de barrancas que corren de norte a sur y que sugieren claramente la presencia de una falla geológica a lo largo de la cual existen numerosos lugares donde brota el agua salada del interior de la tierra.

UNA JOYA TECNOLÓGICA. Después de ver un centenar de objetos cerámicos al pie del cerro Cuthá, el arqueólogo Castellón Huerta emprendió la exploración del área para entender cómo se obtuvo la sal cuando ésta era tributo y decidió concentrar sus estudios en el sitio Salinas Antiguas.

“En una ocasión bajé del cerro Cuthá por otro extremo porque la gente me decía que del otro lado, pasando una barranca, ahí donde se veía rojizo, había mucha cerámica. Un día fui, caminé horas y horas y fue ahí donde vi ese lugar. En mi vida había visto tantos tepalcates”, cuenta.

En Salinas Antiguas el experto encontró dos tipos de depósitos, uno asociado al manejo del agua y otro empleado como fogón o calentador, y alrededor de ambos se acumulaban grandes cantidades de cerámica y objetos de arcilla.

“Había alrededor de 50 u 80 depósitos de sal visibles pero no creo que todos hayan funcionado al mismo tiempo y supongo que fueron 40 o 50 familias las que estuvieron trabajando la sal al mismo tiempo”, destaca.

¿Cómo obtenían sal en tiempos prehispánicos? En el libro, Castellón Huerta explica que el primer paso era separar la sal del agua y para eso se usaban unos depósitos con varios filtros, y el segundo paso era la formación de bloques de sal para comercializarlos, proceso para el cual se utilizaron fogones.

Dichos depósitos estaban en desnivel, podían ser cuadrados o rectangulares y estaban divididos, a su vez, en tres partes o depósitos: uno para decantar el agua salada, el segundo para filtrar el líquido y el tercero para almacenar el agua saturada de sal (salmuera).

Uno de los depósitos que analizó el arqueólogo y que expone en su libro, medía 6.5 metros de largo, estaba en un desnivel de tres metros y sus paredes fueron construidas con bloques de piedra caliza y piedras escamela (travertino poroso).

La primera división de ese depósito explorado, comenta Castellón Huerta, tenía forma ovalada.

“Sus dimensiones eran 93 centímetros de largo por 1.25 de ancho con 43 centímetros de profundidad. Tenía capacidad para 450 litros y con seguridad fue empleado para decantar el agua salada, es decir, eliminar el sedimento del agua que se depositó lentamente en el fondo de este contenedor”, explica.

Después había un pequeño escalón donde los salineros recogían el agua sin que se levantaran los sedimentos del fondo. Seguido de ese escalón de 2 metros de ancho, el agua pasaba por un canal que corría en curva hacia abajo, el cual medía 1.8 metros de largo, 35 centímetros de ancho y tenía un filtro de fibras vegetales para obtener una salmuera más limpia.

Esa agua saturada de sal finalmente pasaba a un tercer espacio de 2.18 metros de longitud, 1.25 metros de ancho y 1.20 metros de profundidad.

Ya con el agua limpia, explica el arqueólogo del INAH, se formaban bloques de sal y para ello, los salineros usaron fogones de 2 metros de largo por uno de ancho, con una profundidad de 40 centímetros con dos o más pilares en su interior. Entre los pilares colocaban ollas con salmuera para que la sal se cristalizara, después rompían las ollas y finalmente obtenían los bloques de sal.

“En el último paso del proceso, cuando ponían la salmuera concentrada en las ollitas, las montaban con mucho cuidado y las ponían a fuego lento y controlado que debió de haber durado 12 horas hasta que se cocía la sal adentro. Con cuidado daban un golpe para tirar el molde de cerámica y tener la sal”, detalla.

—¿Qué significado tenía la sal?

—La razón tiene que ver más con lo simbólico y cultural que con el consumo de sal, por eso mi libro se titula Cuando la sal era una joya. Los salineros trataron de imitar el proceso natural de formación de la sal y lo que hicieron fue un cristal grande.

“Todos los productos de la tierra y del agua eran desechos de los dioses porque los dejaron en una época en la que no existían los humanos, entonces extraer esos productos era una cosa de gran valor pero requería de conocimiento y rituales, porque al quitarle algo a la tierra implica que le estás arrancando algo a un lecho sagrado y entonces hay que pedir permiso”, responde.

Con su investigación, Castellón Huerta comenta que busca demostrar que todo el conocimiento tecnológico está en función de una ideología, al menos así lo fue durante los años 900 d.C. al 1521 en Zapotitlán.

“La tecnología hoy es para hacer las cosas más prácticas y ganar dinero, a los salineros no les importaba eso, ellos sabían que hacer bloques de sal aparte de darles prestigio, era una relación con deidades sagradas. En las culturas tradicionales la tecnología es religión, cultura e identidad”, destaca.

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