En las complejidades del mundo actual la diferenciación entre derechas e izquierdas es cada vez más difícil y en ocasiones pareciera un ejercicio ocioso dada la pluralidad de las sociedades contemporáneas. Existen voces especializadas, incluso que en el pasado se han pronunciado por el fin de las ideologías; también las hay subrayando la esterilidad de referirse a esa división, o bien metiendo todo lo que les suena estridente al saco del populismo —aunque luego se les vuelva a diferencias entre izquierdas y derechas—. Sin embargo, las tendencias también muy actuales de creciente desigualdad y concentración de la riqueza en lo global, lo nacional y lo local, aconsejarían lo contrario.

En el pensamiento clásico, se apunta que la diferencia sustancial entre derechas e izquierdas es fundamentalmente la búsqueda de la igualdad, un concepto tan ancestral en sus aspiraciones como contemporáneo en sus premisas. El gran reto para las izquierdas en las democracias modernas se refiere a perseverar en encontrar el punto de equilibrio entre las llamadas fuerzas del mercado y la intervención pública en favor de los sectores menos favorecidos de las sociedades a fin de procurar condiciones de equidad para el desarrollo de todos los individuos de una comunidad determinada. Basta una revisión a la historia reciente para apreciar los efectos de esas dos fuerzas antagónicas actuando autónomamente sin cortapisas. Al auge del mercado en las últimas décadas, por ejemplo, ha correspondido la producción de mayor riqueza en el mundo, pero también de su concentración en minorías privilegiadas en contraste con desigualdades y pobreza muy extendidas. Cabe insistir en que como parte de ese reto, las izquierdas deben sujetarse a la democracia y a sus reglas. Buena parte de las frustraciones del siglo XX corresponden a la idea de impulsar la justicia social por la vía armada.

El surgimiento de gobiernos de izquierda elegidos democráticamente en varias partes del globo no ha estado exento de vicisitudes en los últimos años. La región Latinoamericana no es la excepción, ya sea que se piense en Argentina, Brasil, Chile o Uruguay, entre otros, en los que las alternancias han ido de derecha a izquierda y viceversa, sin que se hayan establecido democracias sólidas —salvo contadas excepciones— en las que el sistema funcione adecuadamente frente a la creciente disparidad en sus sociedades, la precariedad del denominado estado de derecho y los derechos humanos, así como la pobreza extendida de sus poblaciones frente a la concentración de grandes privilegios en unas cuantas manos, al lado del resurgimiento de problemas añejos como la corrupción, la violencia extendida y la inseguridad con sus respectivas connotaciones contemporáneas. Inclusive en las democracias desarrolladas, los estudiosos del tema han advertido de consecuencias negativas en los sistemas políticos de esos países al amparo de fenómenos de lo que conceptualmente llaman deconstrucción o desconsolidación democrática.

A finales de 2004, Colin Powell, entonces secretario de Estado norteamericano, declaró que su país estaba preparado para trabajar con un gobierno mexicano de izquierda, que surgiera de una elección democrática. Curiosamente, dichas declaraciones causaron mayor estupor en México que en el vecino del norte, sobre todo entre los actores políticos más conservadores, los cuales, por cierto, no habían sumado a su léxico todavía el término de populismo. En ese momento, López Obrador se perfilaba como candidato de izquierda para las elecciones presidenciales de 2006 por primera ocasión. No fue un dato menor que un alto funcionario de un gobierno conservador como el de Bush mostrara la madurez que no existía del otro lado de la frontera. Ya sea que se le considere un vaticinio o una paradoja, lo cierto es que catorce años después y con el mismo candidato de entonces, si bien con un partido distinto (los especialistas lo consideran más un movimiento social), ha surgido un gobierno de izquierda elegido democráticamente; el gobierno estadunidense actual es más bien ultraconservador, si bien ha dado muestras de estar dispuesto a trabajar con su nueva contraparte, lo cual evidencia que en la política internacional los Estados tienen intereses antes que ideología. Sería muy difícil suponer que la sociedad mexicana en su conjunto se ha corrido a la izquierda al paso de unos años, sobre todo si se toman en cuenta los elementos expuestos en esta colaboración sobre la complejidad y la pluralidad de las sociedades en lo general y de que el nuevo partido/movimiento se hizo acompañar de socios que ocupan espacios diferentes en el espectro ideológico. No obstante, como objetivo general merece la pena perseverar en la idea de buscar la igualdad y contribuir bajo este nuevo escenario a la consolidación de la democracia en el país.

gpuenteo@hotmail.com

 

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