El gran demiurgo ante la pluralidad

Francisco Báez Rodríguez

Mucho se ha escrito acerca de una suerte de reedición del antiguo régimen priista en el próximo gobierno de López Obrador. El reciclaje de algunos personajes y de algunas formas propias de aquellos años puede hacernos pensar así. Se trata, sin embargo, de una proyección simple, basada en lo que conocemos —que es el pasado—. Ese tipo de proyecciones suelen estar desenfocadas y ser fallidas.

El régimen priista de la segunda mitad del siglo XX partía de la unanimidad forzada y se movía, con lentitud de saurio, hacia la pluralidad, empujado por una sociedad que demandaba más espacios. Había un partido institucional dominante, frente al cual las oposiciones germinales —tanto políticas como sociales— se hicieron reales y terminaron ejerciendo un contrapoder que fue limitando los excesos del régimen de partido único.

En la actualidad sucede casi exactamente lo contrario. Lo que tenemos es un sistema político en crisis, por el varapalo que sufrieron sus principales actores en las urnas. Los arreglos que habían permitido el mantenimiento de determinadas reglas del juego independientemente del partido en el poder han saltado por los aires. Lo que antes se daba por sentado ya no puede darse.

No tenemos, al menos no con claridad, un partido institucional en el poder, sino un movimiento atrapatodo que se ha hecho de mayorías legislativas, pero que sigue siendo, todavía, el vehículo electoral de un personaje, Andrés Manuel López Obrador. La transformación de Morena en un verdadero partido político está por verse.

Y, sobre todo, no tenemos —al menos por ahora— ese unanimismo forzado de arriba hacia abajo, que era característico hace décadas. La nueva mayoría electoral se generó de manera libre. Y las nuevas oposiciones todavía no reaccionan, no se articulan, ni se definen (y no, no se le puede todavía llamar oposición al malestar difuso de un anti-lopezobradorismo que se presenta en las redes sociales).

Estamos iniciando apenas una etapa de reacomodos, en la que las diferentes partes miden qué tanto han variado las correlaciones de poder. Lo curioso es que, pensando en el espejo con el antiguo priismo, esos reacomodos tienen como centro la voluntad y la decisión del Presidente Electo.

AMLO es visto como demiurgo, como el que ordena las situaciones, como el creador prácticamente único del nuevo sistema de relaciones políticas y de poder.

Eso es, francamente, un exceso. López Obrador, en su posición privilegiada de poder, puede dar los grandes pincelazos, pero el andamiaje dependerá de cómo se muevan los diferentes actores y de cuánta fuerza verdadera tengan. La pluralidad de la coalición que llevó a AMLO al poder, la pluralidad de los grupos contrarios, el necesario surgimiento de contradicciones será lo que vaya determinando el nuevo ordenamiento político.

En otras palabras, se le viene al país un nuevo proceso de reconstrucción política, porque un sistema muere y el otro no acaba de nacer.

El amplio margen de la victoria de López Obrador —y de la derrota de sus oponentes— da espacios, igualmente amplios, de legitimidad política a esa transformación del sistema.  

La cuestión fundamental, entonces, es si esta reconstrucción será democrática o tendrá tintes autoritarios. Y esa solución no depende sólo de la voluntad de López Obrador, sino de todos los actores sociales del país.

Y ahí hay dos temas cruciales. Uno es la dirección social del próximo gobierno. Habrá que ver hasta qué punto tendremos una verdadera lucha contra la desigualdad, o si simplemente se repetirán, en nueva clave política, las políticas clientelares que mantienen la relación de dependencia entre la población vulnerable y el gobierno.

El otro es la permanencia de las autonomías. En la medida en que las distintas instituciones autónomas se mantengan como tales, habrá espacios para que los intereses de la sociedad se sirvan sin tener que pasar siempre por el tamiz del gobierno, en una deriva paulatina hacia el autoritarismo.

Si de un lado existe el riesgo del uso político de los recursos, y en particular los destinados al desarrollo social, del otro existe el riesgo de avasallamiento de parte del Estado. Pero esto —insisto— no depende de la voluntad de una sola persona.

En las últimas semanas hemos recibido señales contradictorias. De cal y de arena. Las seguirá habiendo, porque ellas mismas son reflejo de una pugna sorda por las definiciones que no son sólo para un gobierno que comenzará, sino para el nuevo sistema político que se está gestando.

Por lo mismo, lo peor que pueden hacer quienes difieren de AMLO es lamerse las heridas o quejarse por cualquier cosa y dar palos de ciego. En la forja de una oposición sensata está también la definición —más democrática o menos— del nuevo sistema de distribución del poder.

Lo que es seguro es que las oscuras golondrinas del viejo sistema político de partidos, ésas no volverán.

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