Jaime Torres Bodet, artífice del andamiaje educativo nacional, poeta y creador del libro de texto gratuito | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 18 de Agosto, 2018

Jaime Torres Bodet, artífice del andamiaje educativo nacional, poeta y creador del libro de texto gratuito

Diplomático y educador, unió su vocación humanista a la mejor faceta del servicio público. ►Las campañas alfabetizadoras, la construcción de escuelas, los libros de texto gratuitos, los museos modernos, son parte de su legado. ► Su labor diplomática y su peso intelectual lo llevaron a la dirección de la UNESCO

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El próximo lunes, cuando millones de estudiantes de nivel básico regresen a los planteles públicos, se pondrá en marcha, una vez, más, como cada año, la maquinaria del enorme aparato educativo mexicano, resultado de décadas de buenas intenciones, combinadas con procesos de ensayo y error.

Pero hay cosas que permanecen: mientras los grandes museos terminan sus cursos de verano para los escolares, los planteles se disponen a abrir sus puertas, salvo aquellos que permanecen en reparación por los sismos del año pasado. A veces el mismo día de inicio de clases,  a veces una o dos jornadas después, los alumnos de preescolar, de primaria y de secundaria públicas, reciben los libros de texto gratuitos, que en otras épocas han recibido sus padres y, en ocasiones, hasta sus abuelos.

Todo eso tiene que ver con un mexicano nacido con el siglo XX, que hizo a un lado su vocación literaria para convertirse en funcionario público y, a la larga, en secretario de Estado, de esos que dejan huella, porque son más constructores que administradores, más estadistas que burócratas. Cuarenta y cuatro años después de su muerte, Jaime Torres Bodet (ciudad de México, 1902-1974) es mucho más que un retrato en la galería de secretarios en el ya casi centenario edificio sede de la SEP; es el artífice de las instituciones educativas más esenciales del país.

El sistema educativo mexicano es un engranaje construido por etapas, hace menos de un siglo. Es perfectible, y cotidianamente corregible; pero funciona a grado tal que se diría que ha estado allí por siempre; su existencia no es cuestionada, aunque la exigencia  de calidad sea un reclamo público cada vez más persistente, en estos tiempos de diversidad.

LOS QUE ÉRAMOS HACE 100 AÑOS

A ningún mexicano de hoy, profesor o padre de familia, se les ocurre un país del que desaparezcan los espacios y los servicios con los que se educaron, y de los que ahora se sirven sus hijos o sus nietos. La raíz de esa estructura está en la combinación eficaz de dos elementos: la voluntad política de cumplir con eso que solemos llamar “las promesas de la Revolución”, y por otro lado la capacidad ejecutiva de concretar proyectos que tienen mucho de sueño.

En el caso de la historia de la educación en México, esa capacidad ejecutiva señala a Torres Bodet como el personaje que, a la larga, pudo concretar aspiraciones que estaban en el discurso nacional desde el inicio de nuestra vida independiente, y que, fuera por la pobreza de una nación joven, por la inestabilidad política, por el choque entre proyectos de país, habían llegado al siglo XX como un mero listado de buenos propósitos, porque ni los incipientes proyectos juaristas ni los avances porfirianos sacaron a México de los hechos ciertos de que casi toda la población era analfabeta y las escuelas eran pocas y pequeñas, asentadas en viejos caserones adaptados. El que podía estudiar, tenía que estar pendiente de las decisiones de los gobernadores de los estados, pues ellos eran quienes decidían qué libros de texto se emplearían en la entidad para estudiar una u otra materia, y en función de esa disposición, comprarlos.

Ese era el panorama educativo en el México que vio llegar a los movimientos revolucionarios y ese es el entorno en el que Jaime Torres Bodet vivió sus primeros años, como parte de ese pequeño segmento privilegiado que tuvo la oportunidad de llegar, a los 11 años, a la Escuela Nacional Preparatoria, espacio formativo para la pequeña élite intelectual y política que un día gobernaría el país.

UN JOVEN, UNA VOCACIÓN, UN ENCUENTRO

Criado con comodidades, el adolescente Jaime se hizo un preparatoriano. Objeto de burlas porque su madre insistió en enviarlo a la escuela, vestido de pantalones cortos, cuatro de los cinco años de los que constaba la preparatoria, hizo pocos amigos. En aquellos momentos no le importaba tanto: había crecido entre adultos, y su único hermano había muerto muy pequeño. Criado entre libros, fue un estudiante sobresaliente. En 1915 le muestra a un profesor su primer poema, y la valoración positiva hace nacer en el muchacho la convicción de que el mundo de las letras es su destino. Su primer libro de poemas, Fervor, se publica en 1918, cuando tiene 16 años. Ingresa a la Escuela Nacional de Jurisprudencia de la Universidad Nacional y al mismo tiempo, atendiendo a su vocación literaria se inscribe en la Escuela Nacional de Altos Estudios (que con los años se convertiría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM) para estudiar lengua y literatura francesas. Es un buen estudiante, pero deja los estudios de Derecho; pensó en ir a Francia, a estudiar a La Sorbona, y abandona el proyecto. En cambio, acepta de Antonio Caso el nombramiento de profesor de literatura en la Escuela Nacional de Altos Estudios. Uno de sus antiguos profesores resuelve el incierto futuro del joven: lo designa secretario de la Escuela Nacional Preparatoria, y apenas tiene 18 años.

Corren los días: a oídos del recién designado Rector de la Universidad Nacional, José Vasconcelos, llega la buena fama del muchacho Torres Bodet: es buen profesor, es puntual, es un correcto funcionario escolar. Es marzo de 1921 cuando Vasconcelos lo nombra su secretario particular. Ese vínculo marcará la vida entera del muchacho: a los 19 años convive cotidianamente con una leyenda que lleva en la mirada la llama de los que se creen iluminados.

El paso de Vasconcelos por la rectoría de la Universidad es breve y es preámbulo para la renovación del sistema educativo nacional. Cuando Álvaro Obregón llega a la presidencia, en septiembre de 1921, 80% de los mexicanos son analfabetas. La ley que crea la Secretaría de Educación Pública había sido aprobada unos meses antes, en octubre de 1920, y federaliza la educación y la nueva entidad agrupa departamentos de educación indígena, de bibliotecas y bellas artes. Cuando la SEP entra en operación, Vasconcelos lleva consigo a su joven secretario, que gana 750 pesos al mes -¡una fortuna!- y sigue dando clases de literatura.

Mucho se ha escrito de la cruzada educativa vasconcelista: solamente la secretaría de Guerra tuvo tanto presupuesto como la SEP. Cinco meses dura en la secretaría particular, porque Vasconcelos lo nombra jefe del departamento de Bibliotecas donde organiza bibliotecas públicas, escolares, obreras y ambulantes, y las nutre de la voluminosa producción editorial que ha mandado a hacer el secretario.

Pero Vasconcelos no hará huesos viejos en la SEP. De esos días queda una foto, elocuente por lo que el destino depararía a ambos personajes: sentado, el secretario de Educación; con la mirada al infinito, con ese dejo de llama inspiradora que la historia insiste en adjudicarle. Ha tenido muchas ambiciones y no todas se volvieron realidad. De pie, su joven secretario, que mira de frente a la cámara. Está en el aquí y en el ahora, en la acción, en el mundo de lo concreto y ese será su sello cuando el destino lo lleve al escritorio que una vez ocupó Vasconcelos.

LA PRIMERA GESTIÓN EDUCATIVA

Entre 1929 y 1940, Torres Bodet fue representante diplomático en diversos países. Cuando regresó a México, en agosto de1940,  el nuevo presidente, Manuel Ávila Camacho, lo designó subsecretario de Relaciones Exteriores. Poco a poco se forja una peculiar amistad entre el “general caballero” y el joven Jaime. La prosa del diplomático gusta al militar, quien empieza a hacerle encargos extra: discursos, correspondencia para responder. Así pasan los primeros años del régimen.

Ávila Camacho tuvo dos secretarios de Educación en sus primeros tres años de gestión, uno a favor de la llamada “educación socialista” y otro en contra. En diciembre de 1943 llamó a Torres Bodet, ya de 41 años, a ocupar la cartera.

El nuevo secretario trabajó con celeridad: las cosas apenas si han cambiado desde los días de Vasconcelos: el analfabetismo es de 48% nacional.

Aprovecha la ampliación de las facultades presidenciales ocasionada por la entrada de México en la segunda guerra mundial, y genera una ley emergente: todos los mayores de 18 años que sepan leer y escribir quedan obligados a enseñar a, cuando menos, un mexicano más: es la primera gran campaña alfabetizadora, después de la aventura vasconcelista. Se imprimieron 10 millones de cartillas. “ir a los más humildes, a los más pobres”, fue la instrucción del secretario, quien corrió en paralelo varias rutas: un año después, en 1944, se creaba el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE).

La construcción de espacios dignos para el aprendizaje se convirtió en una política pública. Con el CAPFCE se crearon parámetros para construir escuelas –que, de hecho, resistieron en condiciones aceptables hasta los terremotos de 1985 y 2017- con criterios de uniformidad y economía. Aún existen hoy, en pie y en buenas condiciones, algunas de las primeras escuelas inauguradas en los primeros años del CAPFCE.

Dos temas más llenaron esa primera gestión: uno, avanzar en la formación de profesores. Para eso se creó a fines de 1944 el Instituto Federal de Capacitación de Profesores. Un año después, Torres Bodet enfrenta un reto complejo: reformular el artículo tercero constitucional para, en diciembre de 1946, recién salido de la SEP al terminar el sexenio, eliminar el concepto de educación socialista, conservando la laicidad y el espíritu nacionalista y democrático.

Parecería que le faltó tiempo. Lo compensó en 1958, cuando regresó al edificio de la calle de Argentina.

EL REGRESO A LA SEP

Entre 1947 y 1958, Torres Bodet regresó al servicio diplomático. Pero la llegada a la presidencia de un antiguo vasconcelista, Adolfo López Mateos, lo sacó de aquel mundo y de los escasos ratos que dispensaba a su obra literaria y a la escritura de sus memorias. Regresó a la SEP, para encontrarse que poco ha mejorado el reto educativo: 38% de los mexicanos no saben leer y escribir; faltan aulas para un país que ha seguido creciendo poblacionalmente y la deserción escolar es brutal. De cada mil chicos que ingresan a primero de primaria, solo 59 llegan a la secundaria.

Entonces se suman los talentos: está la voluntad de López Mateos, que se traduce en presupuesto; están las ideas del titular de la SEP, que ve en su segunda gestión la oportunidad de colmar proyectos y mejorar el sistema entero. Luego, aparece la iniciativa de hábiles ejecutores: de la mano del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, nombrado titular del CAPFCE, se construyen escuelas urbanas y la famosa “aula casa rural”. Se intensifican las campañas alfabetizadoras y e anuncia lo que se conoció como el Plan de Once Años, un proyecto transexenal para abatir la deserción escolar.

Uno de los elementos que explican esa deserción es que los escolares mexicanos no tienen dinero para comprar los libros que necesitan. Esa es una polémica larga y accidentada que resulta tan vieja como el siglo, y el gobierno mexicano ha intentado medias paliativas, libros de lectura de muy bajo costo, pero, ¿y las matemáticas, la gramática, la historia?

Así el secretario obtiene del presidente la autorización para crear la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos, que empezó a distribuir libros en enero de 1960, no sin haber librado densas batallas ideológicas y empresariales, como las han librado muchos titulares de la SEP desde entonces, por la misma causa. “Estos libros afirman la igualdad de derechos de todos los niños de México”, sostuvo Torres Bodet. Cuando deja su encargo, en 1964, los libros de texto gratuitos son una política pública consolidada, no serán ocurrencia sexenal.

Aún se dio tiempo para cuidar, amorosamente, la hechura del primero de los museos mexicanos modernos: la Galería de Historia, que hoy miles conocen familiarmente como Museo del Caracol. Era secretario cuando se concretaron los siguientes museos; el de Antropología, el de Arte Moderno, el del Virreinato.

Después escribiría en sus memorias que muchas de aquellas obras, creadas en su segunda gestión, eran como ver colmados, en la madurez, sus sueños de juventud.

LA FALSA PARADOJA DEL OLVIDO

En tiempos recientes, se ha puesto de moda afirmar que los mexicanos del siglo XXI han olvidado a Jaime Torres Bodet. Es posible. Sería de esperar que en estos tiempos de reformas educativas, que coinciden con la reedición de sus obras, nuevos lectores le conocieran. Pero el legado profundo de este poeta-funcionario, del que su ácido amigo, Salvador Novo, dijo que tenía, más que biografía, currículum, está en cada escuela pública construida en el siglo XX que sigue funcionando, en los libros que siguen llegando a las aulas en cada ciclo escolar, en cada mañana que uno de nuestros museos jóvenes –¿qué son, apenas, 60 años?—recibe un grupo de alumnos. La idea del deber cumplido, una constante en los textos de Torres Bodet –hasta en su nota suicida, escrita en 1974—es, a lo mejor, más bien discreta: se refleja en una estatua, en un retrato, pero en la vida de todos los días, es mucho más.

 

Píe de Foto: En su primera gestión al frente de la SEP (1943-1946), se emprendió una gran campaña alfabetizadora elevada al rango de ley: todos los mexicanos que supieran leer y escribir estaban obligados a enseñar al menos a una persona.

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