El inacabable sufrimiento del Holocausto

Marcel Sanromà

Imagina que con 10 años te suben a un tren no sabes a dónde. Ni por qué. Llegas a una tierra extraña y fría tras un largo viaje en hacinamiento absoluto. Te descargan como a puerco llegando al matadero. Unos guardias te conducen a ti y a tu familia, que carga cuatro pertenencias contadas, a unas cabañas infectas en medio de lo que parece una cárcel.

Con el tiempo te das cuenta de lo que ­ocurre allí. Las jornadas transcurren entre trabajos forzados y ves el miedo, la tristeza y la resignación en los ojos de tantos como te rodean. Gente a la que ves cada día de repente desaparece; los rumores se esparcen sobre las desapariciones y sobre la perenne columna de humo que emana la chimenea del edificio nuevo del fondo.

Un día aparecen unos soldados y te sacan de allí, pero tus padres han muerto. Crees que todo terminó, pero el drama continúa. Continúa hasta nuestros días, 73 años después de la liberación de los campos de exterminio de la Alemania nazi.

Un artículo publicado el año pasado por Enlace Judío cifraba en 180 mil los supervivientes del Holocausto que sobreviven en Israel, y explicaba que aproximadamente el 25 por ciento de ellos, 45 mil, viven en la pobreza. Tres años antes, un artículo del diario Haaretz cifraba los supervivientes pobres en 50 mil.

El artículo de Enlace Judío agregaba que aproximadamente la mitad del total de supervivientes desconocen que tienen derecho a compensaciones y a ayudas, tanto por parte de Israel como por parte del gobierno alemán. Entre 1952 y 2012, Berlín destinó 89 mil millones de dólares a compensar a las víctimas, y hace cinco semanas comprometió 560 millones más para 2019.

Hace dos años, el programa “Unreported World”, de la cadena privada británica Channel 4 se desplazó a Israel para hablar con algunos de ellos. Melinda, que entonces tenía 82 años, sobrevivía por debajo de la línea de la pobreza en el pueblo de Lod, 17 kilómetros al sur de en Tel Aviv, pese a recibir una pensión estatal mínima. En Tel Aviv, Isaac se considera parte de la clase media, “al menos desde el punto de vista de los supervivientes”, explicaba. Los alrededores de su cabaña reflejaban inmundicia. Maderas rotas, papeles, ramas de árbol, y varios gatos que alimentaba.

Si los esfuerzos del mundo y del Estado de Israel no han sido suficientes para explicar a las víctimas sobrevivientes del Holocausto que tienen derecho a, como mínimo, una ayuda única de cerca de 3 mil dólares, peor todavía es el hecho de que en 2010 se destapara una trama de corrupción en la Conferencia de Reclamaciones, órgano constituido para representar los derechos de los judíos contra Alemania. Los responsables de la organización defraudaron 42 millones de dólares en ayudas a través de identificaciones falsas.

El reportaje de Channel 4 aseguraba que cada día mueren 40 supervivientes del Holocausto en Israel, y que entonces, en 2016, la edad media de los mismos era de 82 años. Resulta evidente que en esta triste situación el reloj juega claramente en contra (si es que no lo hace siempre), y el tiempo se agosta para corregir esta ignominia.

Ningún niño o niña que tuviera que ver como sus padres morían a manos de los genocidas, que de por vida arrastre el inenarrable trauma de haber perdido su inocencia y su infancia entre guetos y campos de concentración, y que para colmo un tatuaje en el brazo se lo recuerde cada día, merece vivir en la miseria.

Israel, Alemania y la ONU tienen el deber de subsanar este error, y garantizar no sólo fondos, sino aliviar la burocracia que exige demostrar haber pasado al menos seis meses escondido de los nazis para merecer una compensación. Una burocracia excesiva para gente que ha tenido que vivir toda su vida entre el horror y la pobreza.

Como sociedad no podemos permitir que los últimos años de las víctimas de la peor atrocidad de la historia moderna de la humanidad tengan que vivir de la caridad, e incluso de rebuscar comida en la basura. Especialmente no mientras el gobierno israelí usa el Holocausto como arma diplomática sin descanso. El calvario de esta gente deber terminar para que, al menos, puedan morir en paz.

marcelsanroma@gmail.com

 

 

 

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