De aeropuertos y consultas simuladas - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 20 de Agosto, 2018
De aeropuertos y consultas simuladas | La Crónica de Hoy

De aeropuertos y consultas simuladas

Francisco Báez Rodríguez

La historia de nunca acabar del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México tiene un nuevo capítulo. La “consulta popular” a la que ha convocado Andrés Manuel López Obrador es sólo la coda de algo que lleva años dando vueltas, así como las que a menudo dan, alrededor de la ciudad, las aeronaves que no pueden aterrizar porque no están libres las pistas.

Hay un hecho incontrovertible: la actual terminal aérea, a la que no se pueden agregar más pistas, es insuficiente para el tráfico que recibe la ciudad. No es un tema nuevo: desde hace tres décadas se sabe. Esta insuficiencia será todavía mayor en los próximos años.

Hubo una suerte de intento por hacer el aeropuerto en Texcoco en los años 80, pero la situación financiera del país lo impidió. Se quiso hacerlo con mayor seriedad durante la administración de Vicente Fox, pero una serie de errores políticos dieron al traste con el proyecto.

No es ocioso recordar esos errores, porque nos dicen mucho acerca de la actual reticencia de algunos grupos sociales hacia el aeropuerto. Aquel proyecto fue una decisión unilateral del gobierno y se acompañó de un intento grosero por adquirir las tierras ejidales a un “precio de mercado” que no era tal, porque el valor de esos predios estaba destinado a multiplicarse varias veces. El propio gobierno creó las condiciones para que los opositores más radicales tomaran la dirección del movimiento en contra del aeropuerto.

La ignorancia de la realidad era tal que, en algún momento, surgió la idea peregrina de organizar una votación “libre y secreta” en los ejidos afectados. Quien la pensó nunca había estado en una asamblea ejidal: no sabía que en ellas sólo votan los ejidatarios (no sus familias ni los avecindados), que siempre se vota a mano alzada, que en ellas está establecido que se debe buscar consenso y que, para acabarla, en ellas participa la guardia rural armada (de los propios ejidatarios). Cuando se enteraron de lo que se trataba, se echaron para atrás, pero ya había incluso corrido la sangre.

El proyecto actual no tiene el mismo nivel de conflictividad político-social, pero tiene en su contra el mero hecho de haber sido puesto en marcha por una administración que no se ha distinguido, en el área de comunicaciones y transportes, ni por la transparencia ni por la frugalidad a la hora de sacar la cartera.

También está claro que, detrás del actual proyecto, hay tanta especulación en bienes raíces (y uno se puede imaginar que hay ganones que aprovecharon información estratégica) como insuficiencias en el análisis del impacto urbano y social del proyecto. Hay, adicionalmente —nos enteramos en fecha reciente— afectaciones ecológicas.

De ahí —del espeso malestar y de la suspicacia social— se agarró Andrés Manuel López Obrador para utilizar su oposición al nuevo aeropuerto como argumento de campaña. Y, sin un sostén sólido en lo técnico para sus dichos, propuso la reconversión de la base aérea de Santa Lucía en el aeropuerto alternativo de la ciudad. Da la casualidad de que la empresa Rioboó, beneficiada durante la administración de AMLO en la capital, estaba detrás de esa propuesta de reconversión.

Dicen los que saben que el proyecto de dos aeropuertos en la Ciudad de México es tremendamente complicado: que los movimientos de las naves en Santa Lucía tendrían que estar subordinados a los de Balbuena, que habría gran cantidad de demoras por niebla y que el peligro de una colisión en el aire sería latente.

Al mismo tiempo, echarse para atrás en un proyecto tan gigantesco como el del nuevo aeropuerto, que ya está en construcción, resulta carísimo, tanto por las pérdidas directas como por las indemnizaciones.

López Obrador pudo haberse ido por el camino más sensato, que era el de aceptar la inviabilidad del proyecto de Santa Lucía y la necesidad de concluir el de Texcoco, con las revisiones ineludibles para evitar sobrepagos, mitigar el impacto ambiental y replantear la gestión urbana del proyecto. Incluso tenía tela crítica de donde cortar.

Pero no ha sido así. A pesar de que los expertos de MITRE declararon que es inviable la opción de Santa Lucía, López Obrador se movió a las arenas movedizas de una “consulta popular” sobre la que no quedan claras ni el método ni las preguntas.

¿Por qué tomó esa decisión? Hay al menos dos elementos que confluyen. Uno es su propia idea de infalibilidad. Le resulta demasiado chocante admitir que uno de sus temas de campaña estaba basado en una visión técnicamente equivocada. Otro, la tentación demagógica de hacer como que le da poder de decisión a ese ente genérico llamado pueblo y, con ello, se lava las manos.

Así llegamos a una paradoja: el Presidente Electo con mayor amplitud en la historia democrática del país, en vez de asumir su responsabilidad, la delega (o hace como que) a la población que lo eligió como representante. La idea es que el responsable final no sea el gobierno de AMLO, sino esa masa amorfa y sin rostro de los resultados de la “consulta popular”.

Podemos discutir que se nos hace votar sobre algo muy complejo: no sabemos cómo funciona el espacio aéreo, ni conocemos las características de los suelos, no sabemos nada de pluviometría y muy poco de la sustentabilidad ecológica y económica de la zona. Es cierto y suena absurdo. Pero, bajo esa lógica, tampoco deberíamos votar para casi nada, porque requerimos de una información demasiado amplia. Diríamos adiós a la política para darle la bienvenida a un “gobierno de expertos”.

El problema no es la complejidad del problema, sino la simulación. Al final, la consulta popular será “vinculante ma non troppo”. Dirá lo que quiera el gobierno entrante que diga. Y, si queremos que nos den una pista para saber cuál será la respuesta, ya nos recordó Jiménez Espriú que si alguna opción para el aeropuerto no fuera viable, sería una irresponsabilidad construirla.

Al final de tantos brincos, el suelo va a quedar parejo.

 


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