Intuición política: ¿imaginación estratégica?

Sergio González

Sir Isaiah Berlin publicó por estas fechas, pero hace 22 años: “El sentido de realidad. Estudios sobre las ideas y su historia”. El apartado que llama la atención se llama, en inglés, Political Judgement, que bien podría traducirse como buen juicio en política.

El brevísimo ensayo empieza así: “¿Qué es tener buen juicio en política? ¿Qué es ser prudente o talentoso, ser un genio político, o al menos ser políticamente competente, saber cómo lograr que se hagan las cosas?”. Para atisbar alguna respuesta, Berlin vuelve a incomodar: ¿qué es aquello que pensamos que les falta a nuestros políticos cuando los fustigamos? Seguramente, que no están a la altura de la circunstancia del momento, que están anclados en el pasado o que anticipan un futuro imposible; que van a contracorriente de la historia, que no entienden el entorno internacional, que son insensibles al dolor y la demanda social, etcétera.

Esas carencias, dice el autor, indicarían que existe un cuerpo de conocimientos y que está disponible, accesible. Inmisericorde, el autor dispara de nuevo: “¿En qué consiste este conocimiento? ¿Es el conocimiento de una ciencia? ¿Existen realmente leyes que descubrir, reglas que aprender? ¿Se puede enseñar a los hombres de estado algo llamado ciencia política… integrada, igual que otras ciencias, por sistemas de hipótesis verificadas y organizadas en leyes, que permitan, mediante experimentos y observaciones adicionales, descubrir otros hechos y verificar nuevas hipótesis?”

Naturalmente, éstas son preguntas ancestrales. No podemos soslayar que en política ningún evento o coyuntura es igual a otro. Es decir, para ingresar, permanecer y ascender en política o regresar a ella, lo que importa es entender la singularidad (lo concreto) de la situación que enfrentamos, pues no bastan los antecedentes y la teoría (lo abstracto).

El mérito de los grandes gobernantes y estadistas, dice, no es que piensan en términos generales, sino que captan la combinación única de características que constituyen esa situación particular y eso no se aprende ni se estudia en ninguna universidad, maestría o curso. Así, el buen juicio en política resulta un don, un instinto, que permite obtener una integración correcta de una infinidad de datos “abigarrados, evanescentes, siempre superpuestos… profusos… fugaces”. Explica que es un sentido de lo cualitativo más que de lo cuantitativo; lo que se podría denominar una sabiduría natural, comprensión imaginativa, discernimiento, capacidad de percepción o intuición; frente a virtudes tan opuestas como la erudición o la capacidad de razonamiento y de generalización.

Esta cualidad es esa comprensión especial de la vida pública que muestran los políticos exitosos como Bismarck o Roosevelt, que sabían qué era lo que funcionaría y lo que no funcionaría y las interacciones y dependencias entre los componentes de tal o cual acto o decisión. Algo así como el conocimiento del escultor respecto de la arcilla o la piedra y el cincel, frente al dominio que tiene el físico respecto de las leyes de su disciplina. “…el don particular de usar su experiencia y la observación para adivinar con fortuna cómo resultarían las cosas…”. Avanzaré en entregas subsecuentes.


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@ElConsultor2

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