Sexo, mentiras y el silencio de los cobardes

Fran Ruiz

Ahora sí, Donald Trump se ha puesto nervioso. Por primera vez desde que comenzó su mandato (hace un año y siete meses, aunque parece que lleve una eternidad) ha nombrado la palabra maldita: Impechment (proceso de destitución). “Háganme un impeachment y los mercados mundiales se hundirán”, declaró.

El mensaje iba dirigido a los congresistas republicanos, de quienes espera que hagan lo que siempre han hecho desde que el magnate ganó las elecciones: someterse a su autoridad y guardar un vergonzoso silencio ante sus mentiras, sus escándalos sexuales y sus corruptelas.

A estas alturas a nadie le extraña que el presidente de Estados Unidos sea un racista (ayer escribió por primera vez África en un tuit, pero para defender a los blancos sudafricanos), que sea un depredador sexual (suma decenas de denuncias de mujeres), que sea cruel (separó a niños de sus padres migrantes para que sufrieran al verse desamparados) o que sea un vulgar lamebotas del ruso Vladimir Putin. Lo que causa bochorno es el cobarde silencio que guardan los legisladores republicanos ante los atropellos, los abusos y ahora las ilegalidades cometidas por Trump, con tal de no sufrir un castigo electoral en las elecciones legislativas de noviembre y seguir aferrados a sus escaños y sus privilegios.

Lo ocurrido el pasado martes21 de agosto debería haber sido un punto de inflexión en la presidencia de Trump, pero pasará a la historia de EU como  un día de la infamia. En cuestión de horas se conoció que su abogado, Michael Cohen, recibió dinero del entonces candidato republicano para que comprara el silencio de dos mujeres con las que tuvo relaciones extramaritales, antes de que estallara el escándalo y perjudicara sus opciones de victoria. Mientras tanto, su jefe de campaña, Paul Manafort, fue hallado culpable de no informar a la Casa Blanca que colaboró para un gobierno extranjero (el del ucraniano Viktor Yanukovich, aliado de Putin) y que los millones que le dio los ocultó al fisco. Todo esto, mientras el fiscal de la trama rusa, Robert Mueller, sigue acumulando testigos y evidencias que podrían acabar con la renuncia de Trump, si se comprueba que el magnate populista autorizó al Kremlin que sus hackers atacasen a la favorita en las encuestas, Hillary Clinton.

En cualquier caso, los delitos confesados por Cohen e imputados a Manafort son tan graves y salpican de tal manera a Trump, que los legisladores republicanos deberían hacer uso de su mayoría en el Congreso para abrir cuanto antes un juicio político y obligar así al presidente a declarar, bajo juramento, si colaboró con los rusos para ganar las elecciones, y si ordenó comprar el silencio de dos mujeres para no perder las elecciones.

Pero no lo van a hacer. El nivel de degradación moral y ética en la que ha caído el Partido Republicano es tal que, en vez de pedir la cabeza de Trump, piden la de Mueller, para que no se investigue la conexión rusa, y ahora también la del fiscal general Jeff Sessions, por ser el único republicano que no está usando su cargo para tapar los crímenes del gangster que tienen de presidente.

Si el republicano Abraham Lincoln levantara la cabeza…

 

fransink@outlook.com

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