Legislativo desplazado - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 24 de Agosto, 2018
Legislativo desplazado | La Crónica de Hoy

Legislativo desplazado

Aurelio Ramos Méndez

En lugar de consultar a los ciudadanos acerca de la construcción del nuevo aeropuerto, la adecuación de la reforma educativa y otros asuntos en lista de espera, lo más atinado sería preguntarles qué hacer con el Poder Legislativo.

En otras palabras, extender a la Cámara de Diputados las dudas y reflexiones que ya Lombardo Toledano había planteado para el Senado: ¿Lo vendemos? ¿Lo rifamos? ¿Lo regalamos?

Viene a colación tal interrogante porque hay indicios de que en el próximo gobierno el Legislativo será penosamente desplazado, ninguneado.

Aun antes de iniciar la ya electa LXIV Legislatura ha quedado virtualmente disuelta; le ha sido asestado un Fujimorzo.

De acuerdo con la Constitución, la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo y éste la ejerce por medio de los Poderes de la Unión, de los cuales el Legislativo es uno de ellos. Noble postulado convertido en letra muerta.

Los diputados y senadores son representantes, directamente de la población los primeros, y de las entidades federativas los segundos. Pueblo por donde se mire.

Con cierto dejo clasista algunos se escandalizan porque de los 500 futuros diputados casi la mitad (46 por ciento) carecen de título profesional, cartón con el cual sí cuentan 276; o sea, 54.6 por ciento. Similar situación se da en la Cámara alta.

Para mayor agravio —dirán algunos más— habrá 12 diputados indígenas y 241 mujeres en el referido total de 500.

Son signos de que ha cambiado el perfil del Congreso. Pero el previsible abuso en el empleo de la consulta aun sobre temas baladíes, induce a pensar que los legisladores estarán de adorno los próximos seis años.

La consulta popular, en efecto, es una figura contenida en la Carta Magna, reservada para asuntos de gran trascendencia y con rigurosa reglamentación.

Materia de una consulta en serio y con carácter vinculatorio hubiera podido ser una reforma a fondo precisamente del Legislativo, carcomido por la corrupción; pero cuya transformación por cuenta de sus propios integrantes ha sido sencillamente imposible.

El pasado 1° de julio, por efecto de un golpe de democracia, el Congreso experimentó una depuración a fondo y ganó enorme legitimidad.

Por medio de Morena y sus aliados conquistaron escaños y curules representantes de una nueva generación de políticos, la mayoría ciudadanos del común, savia nueva, mexicanos anónimos, presumiblemente limpios, nada maleados, sin compromisos con la vieja clase política.

Los electores decidieron darle portazo a los sinvergüenzas y logreros de siempre; amigos, socios o cómplices de las cúpulas partidistas; hijos, novias, sobrinos compadres y parientes, herederos de capitales políticos de origen inconfesable o de caciques impresentables.

El gusto duró unas cuantas semanas. La alta representación popular que se presume en las dos cámaras ha sido descalificada en los hechos.

El sondeo directo a los ciudadanos está llamado a ser el mecanismo por excelencia para recoger la voluntad popular, con el fetiche de la democracia pura, participativa, sin intermediarios.

El mensaje ha sido claro. Los representantes populares no son tales, las cámaras son prescindibles, temas de relativa importancia se someterán a consulta, así sea contrariando el discurso de la austeridad.

Si alguien ha escuchado por ahí la advertencia de que en materia de gasto “poquito porque es bendito” y “no habrá duplicidades, no podemos derrochar se tiene que ahorrar”, ya puede arquear la ceja y reír de buena gana. No hay tal.

Las consultas públicas significan la duplicidad del trabajo del Legislativo. Reproducen debates que deben darse en reuniones de comisiones y en plenarias. O, ¿será que los nuevos diputados y senadores representan a un pueblo distinto del que va a ser consultado?

No nos engañemos. La consultitis será una manera de sacarle el cuerpo a los temas más sensibles o delicados; un burladero para escapar de los altos asuntos de Estado y preservar popularidad.

No es un dechado de perfección la LXIV Legislatura. Se colaron en ella, ni modo, especímenes de la peor ralea a quienes será menester cuidarles las manos. Personajes acostumbrados a hacer en las cámaras lo que les venía en gana, sin tener que rendirle cuentas a nadie.

Acostumbrados, por ejemplo, a no subir nunca a la tribuna, jamás presentar una iniciativa de ley, votar sin percatarse del asunto de que se trata; llegar tarde o de plano no concurrir a la sesión, dormir plácidamente durante la misma, liarse a trompadas —a lo Víctor Flores y sus porros—con los adversarios

O a pedir moches por trámite de presupuestos, al estilo de Luis Alberto Villarreal,  Damián Zepeda, Jorge Villalobos y José Isabel Trejo; o servir —de manera individual o en bola, como en la telebancada— intereses de grupo: de las industrias cigarrera, cervecera, de alimentos chatarra, del sector telecomunicaciones…

O, también, a disponer de espacios camerales como si fueran salones de fiestas contratados por Jorge Luis Preciado; usar helicóptero oficial hasta para ir a jugar golf.

Y, desde luego, acostumbrados a recibir talegas de dinero por presidir comisiones de trabajo, bancadas partidistas, bloques estatales. Lo mismo que tener una cuota de boletos de avión para ir al distrito o al terruño, camioneta de lujo, celular, computadora. Todo.

Sin olvidar, claro, la posibilidad de pasar a la historia parlamentaria no como un lúcido o temido tribuno, sino por haberse puesto orejas de burro o protagonizado toda suerte de escándalo como el inefable Fox y el Niño Verde, Jorge Emilio González.

Se puede, además, en el Legislativo, tener  acceso a jugosos préstamos personales o para los cuates al modo de Roberto Gil; fabulosos viajes de última hora en Año de Hidalgo, como Ernesto Cordero, y usar el poder de la firma para asignar regios bonos de fin de fiesta a colaboradores consentidos.

Y si de giras se trata, desde ese Poder del Estado es factible organizar fiestas con  bailarinas de table dance y cargo al erario, como alguna cuya estridencia aún se escucha en Puerto Vallarta.

¡En buena hora llegó la austeridad a la actividad pública! Pero entre los futuros legisladores son muchos los que vivieron los tiempos de insultante dispendio. Políticos a quienes no estaría mal arrebatarles lo bailado.

No debería el Presidente electo desdeñar las críticas a muchas acciones que, ciertamente, lindan en la ocurrencia. Los mexicanos elegimos un gobierno para que cumpla sus responsabilidades, no para que les saque la vuelta.

 


aureramos@cronica.com.mx

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