El calvario de Peña

Wilfrido Perea Curiel

En una reciente entrevista con Denise Maerker, el todavía presidente Peña Nieto, muy probablemente sin percatarse de lo que entre líneas estaba revelando, dio a entender que lo mejor que le había pasado en la vida había sido ser gobernador del Estado de México; al tiempo que sugería que su peor desencanto ha sido —tal vez seguirá siendo— ser jefe del Ejecutivo federal. Dejó entrever que tal experiencia para nada fue lo que él esperaba, lejos de disfrutar el poder, se advierte que lo padeció en serio. Se sabe que de tiempo atrás, incluso mucho antes del pasado 1 de julio, en pláticas privadas, Peña ha soltado a algunos interlocutores tal aseveración; al parecer está convencido de ello.

Habría que decir que, de acuerdo con las más recientes tomas de la popularidad presidencial, ocho de cada diez mexicanos también esperaban otra cosa del gobierno ahora en ocaso. Desencuentro total, expectativas mutuamente frustradas. Peña Nieto es por mucho, no sólo el mandatario peor evaluado, sino el más repudiado, y conste que era bastante complicado superar en estos tristes rubros a algunos de sus antecesores.

Fue un problema de origen, Peña Nieto actuó bajo un supuesto falso, consideró que podía gobernar un enorme y complejo país, con la misma pauta que sacó adelante su gestión en el Estado de México. Craso error, la entidad mexiquense gobernada por Peña, no mostraba el mismo grado de desarrollo político alcanzado en otros estados de la República. En principio, se trata del asentamiento del priismo más rancio, donde nunca se ha producido alternancia en la gubernatura. Peña pudo manipular a los poderes estatales Legislativo y Judicial. Pudo, además, doblar a los órganos supuestamente autónomos y lograr un trato “amable” de la prensa local. 

En Toluca, Peña entendió la política como sometimiento, como acuerdo cupular, o compra de voluntades a billetazos; nunca le fue realmente exigido hacer fina esgrima. Ahí aprendió a ser un político de ambientes controlados y riguroso script. No fue entrenado para enfrentar contingencias mayores, cuando las llegó a enfrentar, como el caso de la desaparición de la pequeña Paulette o los disturbios de Atenco, los resultados fueron desastrosos para su causa, aun así, no aprendió.  Incluso muchos de sus pares, gobernadores priistas, hacían malabares y enfrentaban cotidianamente los embates de los diarios estatales, los ataques sistemáticos de la oposición o la libertad con la que actuaban diversas instituciones dotadas de autonomía. Ninguno de estos anticuerpos democráticos tuvo el peso como para quitarle el sueño al gobernador Peña, quien, sin problema alguno, desplegó un gobierno de corte patrimonialista para edificarse un proyecto presidencial. Es comprensible que Peña añore aquellos años y los recuerde con melancolía.

El medio ambiente político de Toluca es muy diferente al del resto del país. En realidad, sus condiciones son casi una excepción. Peña nunca entendió a México, porque él era quien venía de un mundo raro, provenía de una entidad que en términos democráticos va contra­corriente al rumbo del país. Con tal desfase conceptual y partiendo de un desafortunado diagnóstico, era impensable que la administración Peña Nieto tuviera un final feliz.  La maldita realidad pronto se encargó de ­hacerle ver que desde la Presidencia no tendría los mismos ambientes controlados que sólo el autoritarismo le podía garantizar. Da la impresión que Peña considera que los mexicanos son ingratos porque no valoran su legado, no debe de ser fácil procesar tanta repulsión. Nos acaba de hacer saber que desde septiembre de 2014 su estancia en Los Pinos ha sido algo así como un infierno. También nos informó que a partir de diciembre entrará en una etapa de metamorfosis, ya que se “reinventará”, probablemente se transforme en notario. Peña no tiene perfil para impartir cátedra en alguna prestigiada universidad y previsiblemente tampoco le alcanzaría para aspirar a dirigir algún organismo multilateral. A sus 52 años, se refugiará en el Valle de Toluca, donde jugará al golf y hará evocaciones de sus glorias idas. Efectivamente, tal desenlace no era lo que esperaba en aquel lejano ya 2012. 

Peña Nieto será un expresidente sumamente vulnerable, si bien AMLO ha manifestado que no procederá en su contra, está visto que al tabasqueño no le cuesta mucho desdecirse. Si las cosas le empiezan a salir mal al próximo gobierno, señalar a Peña es, al menos hipotéticamente, todo un recurso para relanzar cualquier luna de miel que se haya enfriado. En todo caso, las remembranzas de Peña de sus aventuras por Toluca podrían tener todavía mayor carga de nostalgia.

 


pereawilfrido@me.com

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