Leo Salomon: futuro y revolución - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 31 de Agosto, 2018
Leo Salomon: futuro y revolución | La Crónica de Hoy

Leo Salomon: futuro y revolución

José Carlos Castañeda

Ese año, la cátedra extraordinaria del Centro de Estudios Políticos Alexis de Tocqueville, de la Universidad de la Chicago, estuvo dedicada al tema de la derrota de las revoluciones en el siglo XX. Tras cinco meses de un invierno destemplado, dio inicio el ciclo de Lecturas, bajo el título: Adiós a la utopía: Apuntes sobre la desilusión. Con una gabardina café y un portafolio negro, el profesor invitado Leo Salomon entró al salón 122 de ciencia social a las 4:30. Después de un breve reconocimiento a la trayectoria del invitado principal, el doctor Salomon caminó al podio y observó detenidamente al auditorio; por un instante, recordó los días que vivía en la biblioteca Regenstein escribiendo su tesis de doctorado sobre las ideas republicanas de Maquiavelo. Bajo su perspectiva, a diferencia de lo que pensaban muchos científicos políticos, Maquiavelo no era el inventor de la política moderna. En su obra había más nostalgia del orden perdido y una clara reivindicación del ideal de la república romana.

Apenas retomó el aliento y despejó sus recuerdos de la mente, su intervención comenzó con una frase lapidaria,: “Quiero recordarles, antes de hablar de la idea moderna de la revolución, que para los antiguos la revolución era sinónimo de guerra civil. Nada optimista o esperanzador podía alcanzarse con una revuelta de esa naturaleza; al contrario, ese estallido de violencia era síntoma de la descomposición del Estado y de la erosión de los lazos sociales. Este antecedente —recalcó con el tono de la voz— es fundamental para pensar: ¿cómo ha cambiado la manera de concebir el tiempo en un espacio tan inestable como puede ser la política? Podría decirse —añadió sin mucha confianza— para comprender la revolución, en su sentido moderno, hace falta explicar: ¿cómo apareció la noción moderna del tiempo? Y no sólo me refiero a la concepción del progreso continuo, sino, sobre todo, a la imagen del futuro como sustituto de la Tierra prometida”. Al llegar a esa frase se detuvo, movió la cabeza, como negando sus palabras con gestos, mientras murmuraba a regañadientes, casi sólo para sí mismo, “lo de la Tierra prometida es otro problema. Tiene que ver el cristianismo, no. No. El mesianismo, más bien, pero...—aquí agitó de nuevo la cabeza, como alejando un insecto de su cabello y dijo:— vamos a empezar de una vez”.

Después de este prólogo, su disertación se concentró en las ambigüedades del escepticismo político. “Ninguna revolución estalla sin un cultivo de incertidumbre”. “Paradójicamente”, explicó, “las transformaciones y las revoluciones modernas se desarrollan en un ambiente que mezcla incredulidad con entusiasmo. Esta rara combinación, altas dosis de incredulidad popular y deseos de cambio, favorece el alza de las expectativas”. Resumo sus palabras: el sentimiento de inestabilidad política aumenta y las personas creen, de manera absurda o injustificada, que su futuro mejorará si se disuelve el régimen establecido. (En ese momento hubo un conato de risa). A causa de su creencia, injustificada, en el futuro, apuestan su esperanza a la destrucción del Estado actual e imaginan que será posible otro mejor en el futuro. Esta apuesta absurda por el futuro, puede sustentarse en una idea sartreana muy sencilla: el hombre es una pasión inútil. Pero no es el absurdo lo que explica la esperanza en el cambio político.

La concepción moderna de la revolución —recordó el profesor Salomon— es heredera de la insurrección contra la monarquía. Esta figura histórica se basa en una imagen de la violencia, que sólo puede comprenderse en el contexto del romanticismo. Pensar que “la violencia es creadora”. Ésta es la gran noticia del romanticismo revolucionario. Sin embargo, no es suficiente; hace falta creer que la historia progresa hacia un futuro mejor. Sin la idea del progreso continuo, es decir, sin la idea del tiempo moderno como un camino hacia la libertad, no es posible esperar que el nuevo régimen sea mejor que el anterior. Por ejemplo, Maquiavelo nunca hubiera aceptado esta idea; porque sabía que la rueda de las formas de gobierno nunca deja de girar. 

 

Twitter: @ccastanedaf4

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