El vaso medio lleno que ahogó al sexenio - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 03 de Septiembre, 2018
El vaso medio lleno que ahogó al sexenio | La Crónica de Hoy

El vaso medio lleno que ahogó al sexenio

Francisco Báez Rodríguez

Afirma el presidente Peña Nieto, en su último Informe de Gobierno que México está mejor hoy que hace seis años. Ayer mismo apareció una encuesta de Demotecnia, según la cual 7 de cada 10 mexicanos opinan que el país está peor que al empezar el sexenio. Tal vez en esa discrepancia —más todavía que en los hechos, de por sí dramáticos— se centra el drama de la administración que está llegando a su fin.

Peña Nieto hace cuentas, y a veces le salen. En lo económico, por ejemplo, tenemos más empleos formales, un número creciente de contribuyentes, hubo más inversión extranjera directa, las finanzas públicas federales están razonablemente sanas, una caída en los índices de pobreza extrema y tasas positivas de crecimiento económico en todos los trimestres del sexenio.

Por supuesto, el Presidente está mostrando el vaso medio lleno. Un tema es el mercado laboral. El aumento en el empleo formal no ha sido suficiente; la tasa de informalidad es cercana al 60%; casi el 15% de los trabajadores está en condiciones críticas de ocupación (trabajan menos de 35 horas a la semana, o más de 35 por menos de un salario mínimo, o más de 48 por menos de dos mínimos) y 7% están subempleados. El salario mínimo, aunque ha recuperado una pequeña parte del poder adquisitivo perdido, sigue siendo insuficiente para adquirir la canasta básica.

La deuda pública federal está en condiciones manejables, pero varios estados incurrieron en un endeudamiento extremo, siguiendo una tendencia que venía desde antes del gobierno de Peña Nieto.

En este caso, lo relevante es político: se permitió que en varias entidades se creara una suerte de virreinato hereditario (el gobernador saliente nombraba al candidato entrante), que sólo sirvió para que se cubriera capa sobre capa de malos manejos financieros. Si bien esto no es competencia directa del gobierno federal, está claro que —en la lógica del Presidente de la República como “líder nato” del PRI— la condescendencia hacia este tipo de prácticas, resultó dañina para las finanzas públicas en general (lo de la corrupción en grande es otro tema).

Más allá de los debates sobre las formas de medición de la pobreza, los indicadores apuntan, sí, a una reducción relativa, y en particular de la pobreza extrema. Pero esas cifras esconden tres elementos: uno, que esa reducción se dio de manera muy desigual en la geografía del país, ya que hubo estados en los que la pobreza creció de manera absoluta y relativa; dos, que en números absolutos casi no bajó el número de pobres y tres, que una gran cantidad de programas destinados al combate a la pobreza apenas lograron bajar dos puntos al coeficiente de Gini (que mide la desigualdad), cuando en otras naciones bajan hasta diez.

En resumen: mucho ruido y pocas nueces.

Las tasas positivas de crecimiento son un indicador de que la dinámica económica no cayó en crisis, pero no de que haya habido un desarrollo sostenido. En ningún año superó el 3 por ciento. Relativas a las necesidades del país, son tasas de estancamiento. 

Peña Nieto también habló de las bondades de las reformas estructurales aprobadas durante su sexenio y que dieron, en su momento, la impresión de que el país iba bien encaminado.

El problema con estas reformas fue sobre todo político. Nadie tuvo la valentía de hacerse cargo de la fiscal, que tuvo más mala prensa de la que merecía. La de telecomunicaciones, que era la que tenía mayor consenso social, fue quedándose sin dientes a partir de la presión de los grandes operadores (y la baja de los precios es mundial, sin que aquí hayamos superado algunos rezagos y prácticas monopólicas). De la educativa jamás se asumió con sus palabras que era primero un cambio en la correlación política de poder en el sector —como un primer paso— y sólo después de contenidos; al final, el gobierno se quedó trabado en lo político, dejando lo sustantivo en segundo plano. La energética trajo consigo grandes inversiones, pero incumplió la primera oferta, que era falsa: la de bajar los precios.

Los efectos positivos del Pacto por México en el ánimo social duraron dos años, y luego el guion se vino abajo. Primero el mal manejo —ya admitido— del escándalo de la Casa Blanca; casi de inmediato, la lenta reacción ante la tragedia de Iguala (y de repente el Estado cómplice era el federal); más tarde, escándalos en seguidilla de gobernadores priistas, uno más corrupto que el anterior. Y para terminar, hemos vivido un fin de sexenio con violencia social e inseguridad crecientes.

Allí se generó una disonancia cada vez mayor entre lo que decía el gobierno federal y lo que percibía la mayor parte de la población. Esa disonancia tuvo la peor respuesta posible: “Ya chole con tus quejas”. 

Sabemos que en las percepciones tiene mucho qué ver la relación existente entre lo que se vive y la expectativa que se tenía. Si uno espera lo peor y no sucede, está más contento que quien esperaba algo maravilloso y no le sucedió. Había expectativas de mejora sustantiva a la llegada de Peña Nieto al gobierno. Es algo que sucede, en mayor o menor medida, cada seis años.

El saldo final del gobierno de Peña Nieto lo dirá la historia, en unos años. Si vemos las reformas, encontraremos cambios difíciles de echar abajo. Si vemos los números, encontraremos avances discretos en diversas áreas, que, sin embargo, pueden fácilmente equipararse al estancamiento. Si vemos que la persistencia de la desigualdad social fue acompañada de una untuosa lejanía, encontraremos razones para el enojo social.

Por lo pronto, el tercer elemento tuvo el peso determinante para generar un fuerte cambio político. Y Peña Nieto empieza a ser visto —en la manía que tenemos de aplastar como un mazacote el pasado, incluso el reciente— simplemente como parte del bloque de presidentes del PRIAN.  

 


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