Pensar que treinta años no es nada

Wilfrido Perea Curiel

La coyuntura imperante es un verdadero galimatías. La foto del momento sale pixeleada, fuera de foco, los perfiles se alcanzan a adivinar, mas no se definen. El entorno político es incierto, las reglas del juego han cambiado, el habitual mecanismo ha quedado trastocado, los actores anuncian reposicionamientos, las alianzas entre las fuerzas se rompen, la oposición está hecha pedazos, la prensa tiene miedo de ejercer la libertad de expresión; todo se mueve, aunque no queda claro el rumbo. Las categorías tradicionales ya no alcanzan, hace mucha falta la calma, y la reflexión.

Estamos ante el vuelco del péndulo de nuestra historia contemporánea. El PRI se rompió hace más de treinta años porque en su seno dos proyectos de Nación se disputaron con encono el poder político, la vertiente ortodoxa con el nacionalismo revolucionario versus el ala modernizadora. Tal dualidad ha encontrado en la literatura del análisis político diversos apelativos: estatistas/monetaristas; dinos/renos; nacionalistas/tecnócratas, entre otras formas de caracterizar a los polos exponentes de dos visiones diametralmente opuestas del país y que han protagonizado la pugna política en las últimas cuatro décadas.

El PRI fue incapaz de procesar internamente esa irreconciliable confrontación y, concretamente, cuando en 1988 Miguel de la Madrid optó por Salinas de Gortari como su sucesor, se selló el triunfo de los tecnócratas. Este grupo cerraría paulatinamente las tradicionales vías de movilidad y ascenso que hasta entonces se manejaban en el tricolor y en el aparato de gobierno, a modo de garantizar el encumbramiento político exclusivamente a los exponentes de tan privilegiada prosapia. Con este proceder tan excluyente terminaron de romperse las posibilidades de acuerdo interno del PRI, el paradigma callista de la circularidad del poder entre los grupos del partido heredero de la revolución se había violentado para siempre.

La expectativa de arribar al poder fue el cemento que mantenía unido al priismo, además, se garantizaba que aquellos grupos perdedores serían compensados en el reparto de posiciones de poder y que tendrían viabilidad política para volver a participar en la posterior sucesión. Todo este esquema se rompió en aquel 1988: ahí hizo agua el modelo de la monarquía sexenal hereditaria, brillantemente expuesto por Cosió Villegas. Desde entonces la liturgia priista del “dedazo” presidencial dejó de ser funcional: en 1994, el desenlace fue dramático, en 2000 y 2018, sencillamente los abanderados del tricolor perdieron la elección. 

Los miembros de la Corriente Democrática, sabían que en 1987 se consumaría el “destape” de Salinas, exigieron democracia interna y como resultado fueron expulsados del PRI. La vertiente nacionalista se rehizo desde el PRD, aunque también desde la academia, el periodismo, la sociedad civil o en organismos autónomos que se fueron creando. Sin embargo, muchos priistas convencidos del programa del nacionalismo revolucionario siguieron militando en su partido, aunque los espacios de participación que les brindaron los tecnócratas no fueron los mejores. 

Los tecnócratas, desde Salinas, maquinaron un proyecto transexenal. Como lo sugiriera José Angel Gurría, quien, cuando fue director del Banco de Comercio Exterior, garantizó, ante un grupo de empresarios japoneses, que la política salinista tendría continuidad, por lo menos, durante 24 años. Tuvo razón, el modelo neoliberal, duró cuatro sexenios, hay que decir, dos de ellos con el PAN en Los Pinos. La casta tecnócrata encontró su mecanismo de reproducción en el poder, independientemente del partido que estuviera al frente del gobierno. La soberbia de Videgaray no le viene de ser el asesor privilegiado de Peña Nieto, su vicepresidente de facto; su empoderamiento procede de la ralea tecnócrata a la que pertenece, para ellos la historia, el libre mercado y la globalización les habían dado la razón y su triunfo político era definitivo. Se veían como necesarios, habían llegado para quedarse, para ellos la izquierda o el nacionalismo revolucionario eran cosas exóticas.  Peña, Videgaray, Meade y muchos más, cual María Antonieta, deben estar estupefactos ante el desprecio ciudadano; ahí está el discurso de ayer del menguante presidente en disfunciones, no entiende nada.

Porfirio Muñoz Ledo, en su alocución de la instalación de la Legislatura, ya como flamante presidente de la Cámara de Diputados, nos recordó que ése es el trasfondo. Que luego de treinta años, finalmente, lograron evidenciar las fallas e insuficiencias de los llamados tecnócratas; los han derrotado. Se dice que el pasado 1 de julio se concretó la alternancia por la izquierda, sin embargo, parece que, dado el equipo y el programa de gobierno de AMLO, quienes triunfaron fueron el ala de izquierda que en algún momento dejó de tener cabida en el tricolor.  

 


pereawilfrido@me.com

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