Otros porros - Aurelio Ramos Méndez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 07 de Septiembre, 2018
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Otros porros

Aurelio Ramos Méndez

Está claro, a estas alturas del partido, que existen grupos a los cuales no les convino el marcador electoral definido el 1° de julio y están dispuestos incluso a desestabilizar el país con tal de preservar sus intereses.

Eso indica, de manera inequívoca, la acción del pelotón de asesinos en potencia, que atacaron con tubos, piedras, picahielos, cohetones y bombas molotov a estudiantes del CCH-Azcapotzalco, en plena Ciudad Universitaria.

Si bien en sus inicios el porrismo creció vinculado a las autoridades de las casas de estudios, con el tiempo cayó en manos de los políticos y los partidos; sobre todo en la UNAM, microcosmos de la nación.

No parece el presente, sin embargo, un episodio de grilla interna de la UNAM; se antoja de mayor envergadura.

Preocupa, por lo mismo, que al manipuleo de grupos desde las sombras se sumen la crítica acerba, sesgada y contumaz desde el ámbito político y algunos medios.

La horda que actuó el lunes pasado, manejada por manos aviesas, puede salirse con la suya y hundir no sólo a la UNAM, sino al país, en un conflicto de alcances insospechados.

Conseguiría tal efecto si, entre otras cosas, a la llama prendida apenas apagado el eco —como si, de modo calculado, se aguardase ese momento—de los aplausos a Enrique Peña Nieto, en el Palacio Nacional, se añade la gasolina de otros sulfurados actores, genuinos porros con pluma.

Cegados por el odio, estos desembozados voceros de grupos y caciques, ya hallaron al artífice del ataque a los bachilleres en la explanada de la rectoría: el Presidente electo o integrantes de su círculo cercano.

No aportan ni la menor prueba concreta, aparte de su rencor cerval hacia el político de Macuspana.

Cabe señalar que así han procedido al diseccionar todo anuncio o propuesta del próximo gobierno —de los superdelegados a la venta del avión, el aeropuerto y el Ejército en las calles—, en modo alguno ponderado en sus méritos, sino en función de lo que dictan las tripas.

Acostumbrados a estigmatizar con total impunidad, aducen que el Presidente electo es experto en encender y apagar fuegos para lograr rentabilidad política, y que eso hace ahora en la máxima casa de estudios.

No estamos ante el facilismo irresponsable de sabuesos noveles, sino de la acción de críticos obstinados a quienes nada consigue aplacar porque durante lustros han hecho del anti-lópezobradorismo una jugosa causa de vida.

Desde su posición de voceros oficiosos deslizan la perversa especie de que el conflicto universitario ha sido gestado, de manera deliberada, sin más propósito que el de ser finalmente sofocado por sus mismos autores, quienes así aparecerían como salvadores de la universidad y de la Patria.

Es un enigma el tratar de determinar quién o quiénes y con qué fines mueven los hilos de este delicado asunto; pero un acercamiento honesto a los hechos lleva a concluir que el primer interesado en recibir un país en calma es el nuevo gobierno.

Y que las fuerzas eventualmente interesadas en revolver y enturbiar el río pueden estar en cualquier parte, menos entre quienes empezarán a gobernar el próximo primero de diciembre.

Este estilo de crítica visceral y sin asidero en la realidad ha tomado carta de naturalización en nuestro ámbito. En el caso de la UNAM podría dejarse pasar de largo, si no fuera porque entraña alto riesgo de la ­desestabilización general.

Otro tanto puede decirse de la machacona versión sobre la supuesta creación de poderes supraestatales, los superdelegados federales, apoltronados en una montaña de oro mientras esperan las fechas de los comicios para tomar las gubernaturas como caramelos a las puertas de un jardín de niños.

Esos potenciales funcionarios han sido caricaturizados como omnipotentes personeros del omnipresente Peje, virtuales mandatarios de facto con certeza de pasar a ser gobernantes constitucionales mediante el recurso de contender en una elección de mero trámite.

Esos superdelegados sustituirán, con grandes ahorros, a una pléyade de representantes de dependencias e instituciones; pero ni por error los críticos de la medida reparan en tales beneficios. Lo suyo es la descalificación en automático.

Se limitan a decir y repetir esos obcecados antipejistas, entre espumarajos, que el federalismo está en las últimas y hay que tenerle lista su acta de defunción.

De nada valió que por voz de su presidente, el inefable Manuel Velasco, la Conago en pleno respaldara la figura del delegado único.

No cejan en su afán los opositores de aquella medida, entre quienes se cuentan desde senadores panistas que ya le exigieron a Andrés López Obrador depositar su proyecto en el cesto de la basura, hasta el promotor de la competitividad, Juan Pardinas.

Sin bajarse de su macho sostienen que los superdelegados serán el verdadero poder en los estados.

En el colmo del descaro lo dicen, también, muchos de quienes por décadas han celebrado el uso de la Sedesol como trampolín electoral. Por ejemplo, quienes festejaron  el nombramiento de Luis Donaldo Colosio al frente de esa dependencia.

En su momento brincaban en una pata de puro contento esos colosistas, en el entendido cínico de que el sonorense había sido colocado en tal posición para forjarse una base de sustentación electoral mediante el usufructo de los programas destinados a los más necesitados.

Repetirían la desvergonzada práctica celebratoria con Josefina Vázquez Mota, Ernesto Cordero y –¡cómo no!—José Antonio Meade. Les parecía jugada maestra, alta política, la ventajosa maniobra de apropiarse del poder por esa ruta y a costa de los más pobres.

Se escandalizan, ahora, por el real o supuesto direccionamiento de los superdelegados, los mismos que en otros tiempos ovacionaron la ubicación de aspirantes a promociones predeterminadas —diputado, senador, gobernador, Presidente— en puestos considerados antesalas de esos codiciados puestos.

Un mínimo de decencia no les vendría mal a los indomeñables críticos por sistema del próximo gobierno. Y un poco de prudencia si de por medio está la estabilidad de la máxima casa de estudios del país.

 


aureramos@cronica.com.mx

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