Muñoz Ledo, Falstaff y el 68

Edgardo Bermejo Mora

Por cinco décadas se ha dicho de los acontecimientos trágicos de octubre de 1968 en Tlatelolco: “ni perdón ni olvido”. Experiencias como la española, la chilena, y la mexicana misma, nos demuestran que sin perdón y sin olvido es difícil, sino imposible, edificar transiciones democráticas que resistan a la tentación justiciera y le den la vuelta a las páginas grises de la historia. Como sea, también es cierto que el olvido y la desmemoria suelen jugar a favor de los intereses que se resisten al cambio, y de ahí la pertinencia de conjurar a los fantasmas del olvido, que suelen convertirse en los demonios de la impunidad.      

El olvido juega en favor de los autoritarismos, la amnesia es la ruta más sencilla para evadir la crítica y la autocrítica, tan necesarias en el examen de nuestra vida pública.          

En estos días que se conmemora en el país medio siglo del movimiento estudiantil, le ha tocado el turno de la revisión histórica a Porfirio Muñoz Ledo, a quien nadie le puede negar su decidido impulso en la transición mexicana, su brillo como polemista, su proverbial talante político y su habilidad para sobrevivir a todos los cambios imaginables, adaptarse a ellos, y figurar. A sus 85 años, el ahora presidente de la mesa Directiva de la Cámara de Diputados es un monumento vivo, un personaje  carismático y controversial, el gran Falstaff en el teatro de la política mexicana del último medio siglo. El cancerbero mayor de la república a quien le tocará ponerle la banda presidencial al nuevo mandatario.

Con todo, Muñoz Ledo no está exento de someterse a la revisión histórica de su vida pública, no con ánimos de linchamiento ni como fuente vana de descalificación, sino simple y sencillamente porque el olvido fomenta la impostura y es, por esencia, conservador, fuente de injusticias e impunidades.     

El discurso pronunciado por el joven priista Porfirio Muñoz Ledo en septiembre de 1969, tras el V informe de gobierno del presidente Díaz Ordaz, es materia de esta entrega.

En aquel entonces Muñoz Ledo se desempeñaba como Secretario General del IMSS en el gobierno de Díaz Ordaz. A nombre del CEN del PRI, el 9 de septiembre expuso sus puntos de vista en una jornada de conferencias que organizo el Instituto de Estudios Políticos y Sociales (IEPES)  de su partido con el propósito de   “explicar y divulgar el ideario político del Presidente”. La versión íntegra del discurso de Muñoz Ledo apareció publicada en la página 5 del periódico El Nacional, el 14 de septiembre de 1969.

En aquel discurso habla fundamentalmente de los temas ligados al modelo de desarrollo del país, pero va mucho más allá de esto. De entrada, destaca su alto contenido adulatorio. Muñoz Ledo se expresa del presidente Díaz Ordaz y de su informe en forma por demás elogiosa, lo califica como un “armonioso conjunto de tesis que interpretan por sí solas los actos del poder público”. Dijo además que el informe: “establece una relación consecuente entre los principios, la realidad y los actos de gobierno, [...] lejos del lugar común [y] de la retórica fácil”. El Informe, dijo “sobrecoge por su franqueza y gravedad”, y confiesa estar “hondamente conmovido” por el “valor moral y la lucidez histórica del presidente Díaz Ordaz [al expresar su confianza] en la limpieza de ánimo y en la pasión de justicia de los jóvenes mexicanos”.

Para el joven político, el PRI era el partido “cuyos principios y programas de acción están ordenados [...] según el pensamiento que hoy confirma, esclarece y afianza con actos el más distinguido de sus miembros: Gustavo Díaz Ordaz”.

El “rumbo señalado al país” por Díaz Ordaz —escribió—es “el mejor respaldo y la argumentación más concluyente que nuestro partido avanza por el camino correcto”. Celebró también la capacidad de Díaz Ordaz para “razonar frente al pueblo, exponer problemas, plantear dudas y deducir certidumbres”. Y citó, haciendo suyo, un fragmento sumamente paradójico del discurso presidencial: “nuestro partido
—dijo Diaz Ordaz citado por Muñoz Ledo— no ha tendido ni tenderá jamás emboscadas políticas a los hombres de convicción ni a los sectores más avanzados de nuestro país”.

En su discurso Muñoz Ledo también hizo eco de la forma belicosa y despectiva con la que se solía fustigar a los críticos del régimen en aquellos años. Condena su “indolencia mental” y los acusa de confundir “la ideología con esquemas políticos o culturales que son y fueron de otro contexto”. Para Muñoz Ledo, los opositores son predicadores “de un voluntarismo aventurero” que impulsan al país con “entusiasmos intermitentes y euforias momentáneas”.

En el párrafo más directamente ligado al tema del movimiento estudiantil y sus efectos, Muñoz Ledo elogiaba el hecho de que los sucesos del 68 no modificaron “en lo más mínimo” la estructura de poder y el sistema vigente hasta ese momento.

“En todo mundo existe la convicción de que los últimos movimientos de rebeldía y de protesta han dejado como secuela inmediata el aumento de poder de los enemigos del cambio social. Con la más estricta objetividad podemos afirmar que los conflictos sociales que tuvieron lugar en la Ciudad de México, y que tan severamente inquietaron a la opinión pública, no dejaron como saldo el más mínimo incremento del poder o de influencia en favor de quienes se oponen a la transformación social y a la autonomía del país”.

“La prueba suprema de los partidos políticos reside en la congruencia ideológica [y] en la obra realizada”, escribió.

En un diálogo memorable de Enrique IV de William Shakespeare, Sir John Falstaff le dice a su amigo, el joven príncipe: “Daría cualquier cosa por saber dónde venden a buen precio buenas reputaciones, necesitamos una cada uno”.

 


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