Todo, menos quedar como un imbécil

Rafael Cardona

No recuerdo si alguna vez he usado este genial relato de George Orwell para explicar por qué muchas veces los gobernantes u hombres de poder, actúan nada más para no perder el impulso de una oferta, una promesa o un compromiso secreto, a veces firmado en silencio con su ego infinito.

Si no lo he hecho, lo hago ahora cuando veo muchas cosas en la vida nacional cuya naturaleza me parece incomprensible a la luz de la lógica ciudadana, pero clarísimos si se les mira con el cristal del poder o el imperio de la autoridad.

Es la historia de un policía mal visto, obligado a matar a un elefante cuyo descontrol había causado estragos y quitado una vida humana, pero lo mata cuando ya no era necesario y se podría haber capturado al animal sin causarle la muerte.

Pero perdonarle la vida era un riesgo mayor al asesinato: significaba quedar como un imbécil.

Éstos son algunos fragmentos del insólitamente hermoso artículo, “Matar a un elefante”.

“…Una mañana, muy temprano, me llamó por teléfono un sub-inspector de una estación de policía al otro extremo del pueblo y me dijo que un elefante estaba haciendo destrozos en el bazar. ¿Podría yo ir, por favor, y hacer algo al respecto?

“…me monté en un caballo y salí”. Llevé mi fusil, un Winchester .44 antiguo, demasiado chico para matar un elefante, pero pensé que el ruido podría resultar útil in terrorem

“…Diversos birmanos me detuvieron en el camino y me contaron las fechorías del elefante. No era un elefante salvaje, por supuesto, sino uno manso atacado de “must”. Lo habían encadenado, como se hace siempre con los elefantes mansos cuando les toca su ataque de “must”, pero la noche anterior había roto la cadena y se había escapado. Su mahut (cornaca), la única persona que podía manejarlo en tal estado, salió en pos del animal, pero equivocó el camino y ahora se encontraba a doce horas de distancia, y en la mañana el elefante reapareció repentinamente en el pueblo.

“La población birmana carecía de armas y era impotente frente a él. Ya había destruido la choza de bambú de alguien, mató una vaca y saqueó unos puestos de fruta para comerse las existencias; también se encontró con el carro basurero municipal y, cuando el conductor saltó al suelo y puso pies en polvorosa, volcó el carro y lo maltrató violentamente.

“Rodeé la choza y vi el cadáver de un hombre despatarrado en el barro. Era indio, un peón dravídico negro, casi desnudo, y no podía estar muerto mucho rato. ­Decía la gente que el elefante apareció “de repente detrás de la choza, lo cogió con la trompa, le puso una pata en la espalda y lo hundió en la tierra…

“…Tenía la cara cubierta de lodo, los ojos abiertos, los dientes descubiertos y riendo con una expresión de insoportable angustia….

“…La fricción de la pata del enorme animal le había pelado la piel de la espalda tan limpiamente como uno descuera un conejo. En cuanto vi al muerto envié a un ordenanza a la casa de un amigo, que estaba cerca, a pedir prestado un fusil para elefantes…

“…Yo no les gustaba, pero con el fusil mágico en la mano valía la pena por un momento observarme. Y de pronto comprendí que iba a tener que matar al elefante después de todo. El pueblo lo esperaba y yo tenía que hacerlo; podía sentir esas dos mil voluntades que me empujaban hacia adelante, irresistibles.

“…Venir hasta aquí desde tan lejos, fusil en mano, con dos mil personas detrás, y luego alejarme débilmente sin haber hecho nada... no, era imposible. La multitud se reiría de mí. Y mi vida entera, la vida de todo hombre blanco en el Oriente, era una sola y larga lucha por evitar que se rieran de mí.

“…Pero yo no quería matar al elefante. Lo observé batiendo su manojo de pasto contra sus rodillas, con ese aire de abuela preocupada que tienen los elefantes. Me pareció que matarlo sería un crimen…

“…después me alegré mucho de que hubiera muerto el peón; eso me daba legalmente la razón y me ofrecía un pretexto suficiente para matar al elefante. Muchas veces me he preguntado si alguno de los otros se dio cuenta de que lo hice solamente para no quedar como imbécil…”

Pero hay otras formas de salvar la cara. Por ejemplo, incitar una decisión previamente tomada, mediante una asamblea dirigida o una consulta popular con el resultado comprometido.

Excepto si seguimos leyendo y nos topamos con “La muerte tiene permiso”. Ahí, los ejidatarios en asamblea piden permiso para matar al alcalde y cuando lo obtienen… “Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el presidente municipal de San Juan de las Manzanas está difunto.”

 


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