Manos sobre la UNAM - Francisco Báez Rodríguez | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Lunes 10 de Septiembre, 2018
Manos sobre la UNAM | La Crónica de Hoy

Manos sobre la UNAM

Francisco Báez Rodríguez

La UNAM tiene varias características que la hacen una institución peculiar. Es la universidad pública más grande del país, es autónoma y ha luchado fuertemente por mantener esa autonomía, es un espacio crítico y abierto de deliberación sobre los problemas nacionales y es, también, termómetro de la sociedad mexicana.

Cada una de esas características hace a la Universidad un objeto preciado. Lo es para la nación en general. Pero también para aquellos grupos que desearían que estuviera en otra circunstancia, y así poder medrar a sus anchas.

La UNAM lleva décadas siendo objeto del deseo de distintos grupos políticos, pero también de un interesado desprecio de parte de los enemigos de la educación pública, que los sigue habiendo. Algunos embozados; otros, abiertos.

Estos enemigos de la UNAM suelen aprovechar toda coyuntura que les parezca favorable para lanzar una guerra de lodo en contra de las universidades públicas. Ha sido, de nuevo, el caso con las agresiones de grupos porriles en contra de estudiantes de bachillerato.

En términos de lucha cultural, la UNAM es una tremenda piedra en el zapato para la derecha mexicana. Lo es más porque fue la derecha una de las principales impulsoras de la autonomía universitaria —sacarla de las fauces del gobierno revolucionario—, y esa autonomía se convirtió en pluralidad y en tendencias de izquierda.

Esa derecha ha desarrollado un prejuicio inquebrantable —que, como tal, se ciega ante las evidencias— sobre la calidad académica de la institución, sobre la vida cotidiana en el campus, sobre el servicio que le presta la Universidad a la nación.

Parte del prejuicio parte de la idea de que las instituciones de educación superior en nuestro país deberían ser una suerte de fábricas de profesionistas, que deben trabajar en función de la demanda de las empresas y que deben olvidarse de carreras poco productivas como las humanidades, las disciplinas sociales e incluso las ciencias básicas (que para eso están las universidades del primer mundo). Junto con ello, que el primer deber de un profesionista no está en la creatividad, la capacidad de improvisación o el pensamiento crítico, sino en el conocimiento ortodoxo de las habilidades necesarias para ser un buen cuadro intermedio en el organigrama.

Tampoco les gusta mucho la idea de autonomía a quienes quisieran tener políticamente controlada a la juventud. Quisieran una universidad sujeta a los intereses de un grupo político y capaz de funcionarle como herramienta de poder y como reproductora de una ideología determinada. La autonomía lleva consigo, de la mano, la garantía de que habrá pluralidad de puntos de vista, de posiciones ideológicas, de maneras de entender la cultura, las ciencias, la sociedad.

Este tipo de fuerzas son las principales que buscan generar conflictos para debilitar a la institución universitaria. Hay manos sobre la UNAM. Se trata de atizar sobre problemas realmente existentes y provocar una espiral de crisis. Ahí es donde podemos inscribir al grupo de provocadores que armó la agresión, no casualmente frente al emblemático edificio de Rectoría (y con amplia cobertura por televisión).

Por todo eso, era necesario que —desde el principio— tanto las autoridades universitarias como las de los distintos niveles de gobierno tomaran el toro por los cuernos y abortaran la provocación. También, que la comunidad universitaria actuara con firmeza (y lo hizo, con la manifestación masiva contra el porrismo).

El rector Graue de inmediato condenó la agresión, expulsó a los provocadores identificados, dio la razón a los jóvenes del CCH (desde hace tiempo azotados por grupos porriles en Azcapotzalco y Naucalpan), realizó las denuncias penales conducentes y movilizó al Consejo Universitario.

Pero sobre todo, Graue se ha movido en el ámbito político. Su reunión con Andrés Manuel López Obrador es oportuna. Es fundamental tener al Presidente Electo explícitamente del lado de quienes desean una Universidad Nacional estable y trabajando. Eso debería ser suficiente para aislar a exaltados que viven del “movimientismo” (y que suelen jalar, voluntaria o involuntariamente, agua para el molino de la derecha).

Donde ha existido una extraña actitud es en las instituciones encargadas de la procuración de justicia. Han privado la aprensión, el recelo, la desconfianza, la inseguridad. La PGR y la Procuraduría capitalina parecen ver el caso más como riesgo que como oportunidad de hacer bien las cosas. Tuvieron que intervenir Gobernación y la Policía Federal para hacer las dos primeras detenciones, que resultaron efímeras.

¿A qué se debe esa actitud? Si uno piensa bien, a la convicción de que los instrumentos con los que cuentan las procuradurías son insuficientes, y que los funcionarios de salida no quieren quedar mal. Pero si uno piensa mal, se debe al temor ante la existencia de mandantes poderosos que quieren enturbiar las aguas políticas, no sólo las universitarias.

En ese sentido, aunque suene a muletilla, es imprescindible que se llegue a fondo en los hechos —en particular, quién financió la agresión, porque los porros no suelen actuar de gratis— y que las autoridades de todo tipo trabajen coordinadas.

A la comunidad universitaria, a las autoridades y a la nación les importa saber quién o quiénes pretenden debilitar a la UNAM, y con qué intenciones. Esa claridad es fundamental para la vida en nuestra Universidad Nacional. Y también para el rumbo de la educación superior del país en el futuro próximo.

 


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Twitter: @franciscobaezr

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