Efervescencia en la UNAM

Wilfrido Perea Curiel

Es muy inquietante el conflicto que se ha suscitado en la UNAM, en unos cuantos días pasó de ser un desencuentro propio de un plantel del CCH, a una potencial amenaza a la supuesta transición de terciopelo en curso. De no atenderse con el sentido de oportunidad que se demanda y la profundidad que el caso amerita, se podría estar gestando un problema mayúsculo para los gobiernos salientes y entrantes, ya sea federal o de la CDMX.

Es urgente que se restituya en esta misma semana la normalidad académica en el campus universitario, una vez detonada la movilización es incierto el nivel que podría adquirir este entuerto. La experiencia dicta que las alas moderadas, por desgaste, van abandonando el movimiento y los actores más radicales se lo van apropiando hasta dirigirlo a un sin sentido.

En principio, hay que subrayar que las proclamas de estos jóvenes universitarios son justas, por lo que se refiere a demandar seguridad en las instalaciones de su universidad, hacen uso de su legítimo derecho a manifestarse públicamente en contra de una realidad que encuentran adversa. Su voz de inconformidad debe escucharse, particularmente en esta coyuntura en donde al parecer se ha perdido el valor para cuestionar y criticar el estado de cosas imperante, con la pretensión de quedar bien con el poder hegemónico en formación. Estos estudiantes agobiados en su vida cotidiana por el incierto porvenir que les espera, no toleran más, ahora ser agraviados en su propia casa, sería muy insensible no acompañarlos en este grito de desesperación.

No obstante lo anterior, los estudiantes movilizados, paulatinamente han colgado a sus peticiones por su integridad física, aspectos muy desconcertantes como la renuncia del rector Graue, o la “democratización de las universidades”, cualquier cosa que ello signifique. De manera prematura, el movimiento ya da muestras de haber entrado en una fase de radicalización, lo cual no parece espontáneo, sino inducido. En este sentido, las fases del movimiento en curso, al parecer corren más rápido, en comparación a las movilizaciones del CEU de 1986 o del CGH en 1999.

La figura sobre la cual vale la pena centrar el análisis en este momento, es en la mecánica de la Asamblea. Es en el seno de este colegiado estudiantil que se están tomando decisiones importantes, que podrían dañar severamente la vida institucional de nuestra máxima casa de estudios. La Asamblea opera como un espacio aparentemente libre para cualquier expresión de ideas, las listas de ponentes son interminables, algunos de ellos plantean propuestas concretas, otros meras ocurrencias, sin dejar a un lado los llamados a incendiar los ánimos.

Bajo el mecanismo de la Asamblea, las discusiones se alargan indefinidamente, pueden tardar muchas horas, de hecho, el formato está diseñado para agotar a los participantes entusiastas quienes van abandonando el recinto, hasta que el sector más organizado y “profesional” de la movilización, que es obviamente el más radical, va tomando el control de la discusión y manipula en las votaciones la aprobación de sus propuestas. Se trata de toda una logística muy ensayada y aceitada por ciertos grupos, quienes procedieron de esta manera en las Escuelas y Facultades que decidieron sostener el paro. En el conflicto de la UNAM un eslabón central es la Asamblea y, al menos en este momento, los grupos más radicales, están en condiciones de alargar y escalar la crisis, al menos que con entereza el grueso de la comunidad universitaria participe en esos espacios.

Los gobiernos de Enrique Peña Nieto y de José Ramón Amieva cuentan con recursos políticos muy limitados para mediar en el conflicto, lo que es peor, han dado señales de no tener la voluntad para meterse en serio al problema. De manera lamentable están evadiendo su responsabilidad y con ello incentivar a que se incrementen las tensiones, en tanto, la erosión a la vida académica en la UNAM es irreparable.

La UNAM es un espacio donde cohabita la compleja pluralidad de la sociedad mexicana, en su seno tienen cabida las más diversas ideas y actores, de ahí su riqueza. Es una pena que su labor sustantiva se detenga, mucho más si se trata de intereses extraacadémicos. Tal vez haya quienes, en desacuerdo con la narrativa de la transición de terciopelo, ven en este “interregno” una oportunidad para desestabilizar, golpeando a una de las instituciones clave del país. Es deseable que esta misma semana se restituya plenamente la normalidad en las aulas en todas sus escuelas y facultades, de no ser así, los riesgos se multiplican, podrían incluso salpicar a aquellos que creen que con ignorar el tema le dan la vuelta.

 


pereawilfrido@me.com

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