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Más de 28 años como cremador del IMSS. El diablo se jubila

Lo que más le golpea sus sentimientos es hacer su trabajo con bebés, dice a Crónica ◗ José Antonio Camacho ama la vida porque a diario ve la muerte

Por todos es conocido como El Diablo, hay quienes a manera de respeto le dicen El Diablo Mayor, y durante el último cuarto de siglo ha acumulado en su haber alrededor de 30 mil cremaciones.

A su trabajo, al que no ve como tal sino como un complemento de su vida, se ha entregado en cuerpo y alma.

Desde hace más de dos décadas, don José Antonio Camacho Gutiérrez prácticamente ha andado por la vida tomado de la mano de la muerte. Es hornero, encargado del crematorio del velatorio 18 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), ubicado en Tequesquinahuac, en el Estado de México.

En entrevista con Crónica, don José Antonio, de piel canela, arrugas que se asoman en su rostro cuando sonríe, curtido por los rayos del sol y cabello entrecano, abre su corazón para  compartir:

“La primera vez, cuando tuve que meter a un cristiano al horno crematorio y verlo salir reducido a cenizas, como se dice vulgarmente, sí me dejó fuera base, esa es la verdad. Esa fue mi primera vez, así de cruda, así de impresionante”.

“La verdad meter a una persona al horno realmente es algo impresionante, pero dónde me golpeó más fue con los bebés... En ese tiempo ver la escena del padre con sus niños, con bebés chiquitos, recién nacidos, sentimentalmente sí me pegó”, relata.

Recuerda que fue el pionero en arrancar el proyecto piloto, de un nuevo servicio que estaba por comenzar a prestar el IMSS, el servicio de cremación.

Y como los médicos que deben aprender a sobreponerse cuando la muerte se lleva a un paciente, así don José Antonio, tuvo que aprender a ver a la muerte directo a los ojos, acostumbrarse a sentir la rigidez de un cuerpo inerte, un cuerpo frío, y a tocarlo sin miedo y con absoluto respeto, como él nos cuenta, para poder acomodarlo en la plancha y después meterlo al horno de cremación.

Se le pregunta qué le dio fuerzas para continuar con un trabajo tan difícil durante tantos años.

Echa un poco la espalda hacia atrás, se recarga en su respaldo y confiesa, muy serio, sin una sola expresión en su rostro y con voz solemne:

“Dicen por ahí que soy bullanguero de corazón, me encanta vivir, me encanta sonreírle a la vida, sea cual sea el resultado. Yo creo que eso fue lo que me ayudó bastante en el aspecto sentimental”.

Amante de su familia, Don Diablo se dice dichoso y se siente bendecido al lado de su esposa María Enriqueta Laguna Centeno, su compañera de toda la vida y sus cuatro hijos, dos hermosas hijas, presume, y dos nietos “chulos los chamaquillos”.

ERA MIEDOSO. Parecería que el corazón se le divide en tres cuando habla de sus gustos en la vida: su familia, su trabajo, pero además, le fascina bailar. “Eso es lo que me ha hecho feliz, contento, satisfecho con mi trabajo, con lo que tengo y con mi vida.

“Dicen por ahí que soy coqueto con mi trabajo y la gente lo sabe... me lo dicen... “me gusta bailar, yo siento que es como una medicina, y a los que les gusta bailar saben de qué les hablo, el baile es como una medicina para el alma”.

Sin temor a lo que los demás  piensen, don José Antonio admite que lleva tatuado en el corazón al IMSS, institución que tanto quiere, “y eso me encanta desde que pise el horno, sentí que ese era mi lugar, fue como un imán... simplemente nos atrajimos”.

Pero no siempre fue así, Don Diablo reconoce que él era muy miedoso, y cuando su mamá se enteró en qué trabajaría “lo primero que me dijo fue ‘pero cómo puede ser tú que le tienes miedo a todo y mira donde caíste’, pero la verdad es que me alentó muchísimo”, cuenta.

EL DIABLO, A PUNTO DE JUBILARSE. El reloj prácticamente ha comenzado a marcar la cuenta regresiva para don José Antonio, quien se jubila el próximo 30 de septiembre “ese día —dice— aparecen ya marcados mis 28 años de vida laborable”, aunque no hay ninguna expresión de emoción en el tono de su voz.

Una parte de su corazón, añade, está deseosa de que llegue el día de la jubilación, pero también preferiría, sonríe, apagar la velita para que no se gaste. “Son sentimientos encontrados, una parte de mí quisiera irse y dedicarme a otra cosa, aunque todavía no sé a qué, pero otra parte de mí desea seguir haciendo lo que tanto me apasiona”, y que lo llevó en una temporada a prácticamente vivir en los velatorios durante seis meses, porque no había quién lo supliera, aunque la unidad familiar no se quebrantó: su esposa se encargaba de llevarle ropa, comida, y a los niños los fines de semana, para que estuvieran juntos, aunque sólo fuera un par de horas.

Todavía no ha tomado una decisión, porque don José Antonio sólo vive el presente y nada más. “Por el futuro no me preocupo, porque no sé si voy a estar”, así que exactamente el 30 de septiembre él y su compañera de vida estarán tomando una decisión para los próximos días.

RESPETo A LA MUERTE. “Mi actividad es sagrada, y siempre lo hago con mucho respeto y amor de corazón, palabra y pensamiento… Simplemente les digo, con todo respeto, al rato nos vemos, porque ninguno tenemos la vida comprada y es que, como a diario veo a la muerte, quizá por eso, he aprendido amar más a la vida. No vivo del pasado ni del futuro, vivo mi presente, lo abrazó y lo disfruto.

Creyente en Dios, don José Antonio da gracias todos los días por la oportunidad de vivir un nuevo día y se dispone a un día más de trabajo, con los dos monstruos de fuego (hornos) que alcanzan temperaturas hasta de 1,300 grados centígrados para incinerar a los difuntos, y para lo cual cuenta con un traje especial aluminizado —capuchón que le cubre hasta los hombros, chaqueta y pantalón— que le permite soportar tan altas temperaturas, como si estuviera en el mismísimo infierno y poder maniobrar para sacar las cenizas, con un jalador de metal y juntar perfectamente los restos.

Después, debe esperar alrededor de media hora para pasar las cenizas a una trituradora que pulverizará los restos óseos que no se hayan cremado y verterlos en la urna que se entregará a los familiares.

La entrevista ha tomado poco más de media hora, tiempo que tarda el horno en enfriarse un poco para poder volverlo a calentar al máximo. Don José Antonio se dispone a continuar con su trabajo, tiene todavía varios servicios más que atender, en la sala de espera, deudos de cinco difuntos aguardan porque Don Diablo, habilidoso en lo que sabe hacer, cumpla con algunos de ellos su deber, y se despide, el trabajo lo espera.

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