Lehman Brothers: diez años de la caída que cambió al mundo | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 13 de Septiembre, 2018

Lehman Brothers: diez años de la caída que cambió al mundo

ANIVERSARIO: El 15 de septiembre 2008 se produjo la mayor quiebra de un banco en la historia, que abrió paso a la peor recesión mundial desde la Gran Depresión de 1929. Una década después, todavía sufrimo efectos tóxicos de la caída, como el auge del populismo autoritario que llevó a Trump al poder.

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Hace justo una década, la maldición de septiembre se cebó de nuevo con Nueva York, durante una apacible mañana soleada de finales de verano. Siete años después del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, que derribó las Torres Gemelas y nos metió bruscamente en el siglo XXI, otro acontecimiento provocó una segunda sacudida global de igual gravedad, la quiebra del banco Lehman Brothers, la mayor de la historia. Esos dos hechos catastróficos cambiaron el curso de la historia y los efectos tóxicos de ambas crisis los seguimos sufriendo. Uno de ellos ha sido el rebrote del populismo nacionalista que permitió hace dos años la victoria de Donald Trump.

El 15 de septiembre de 2008, ­Lehman Brothers se declaró en bancarrota. Lo hizo a las 7 de la mañana de ese lunes, antes de que abriese Wall Street. No fue una quiebra cualquiera, sino la mayor de la historia: 613 mil millones de dólares en deudas (para hacernos una idea de la gravedad de la crisis, las pérdidas fueron el equivalente a más de dos tercios del PIB generado ese año por México, que fue de 875 mil millones de dólares).

NO LO DEJARÁN CAER. Días antes, el presidente ejecutivo de Lehman Brothers, Dick Fuld, todavía se creía lo que le decía su abogado, un experto en quiebras: “El gobierno no lo dejará caer”, como no lo hizo, meses antes, en marzo de 2008, con Bear Stearns, otro banco de inversión al borde de la quiebra tras apostar por las hipotecas subprime, sin preocuparse de si el cliente era solvente. “Sería como si el gobierno mismo quebrara. Como si Roma vendiera el Vaticano a los japoneses para convertirlo en un hotel y contratara al Papa como botones”, bromeó.

Pero el presidente Bush no estaba para bromas. Escarmentado tras verse obligado a nacionalizar a dos gigantes hipotecarios, Freddie Mac y Fannie Mae, ese mismo verano de 2008,decidió dar una dura lección a Fuld, el lobo de Wall Street que arriesgó más que nadie en sus apuestas financieras. El mismo que en este capitalismo de casino llegó a ganar 17 mil dólares por hora.

El republicano Bush dejó caer su banco y abrió la caja de Pandora. Se olvidó de que fue él quien, al inicio de su mandato, permitió a los bancos que concedieran créditos, casi sin control, para que “millones de compatriotas puedan cumplir el sueño americano: comprar una casa”.

El fin de semana anterior a ese fatídico lunes, los directivos de ­Lehman Brothers suplicaron sin éxito a la Reserva Federal que les concediese un millonario rescate. Fuld, símbolo hasta entonces del ejecutivo agresivo y arrogante, se tragó su orgullo y se vio obligado a solicitar una humillante bancarrota. La fiesta había acabado.

Wall Street entró en pánico nada más abrir y contagió al resto del mundo. Los bancos dejaron de prestarse dinero y éste dejó de fluir. Con el crédito cortado en seco, cientos de miles de personas no pudieron seguir pagando las hipotecas de sus casas. En los sucesivos meses, las empresas quebraron al no poder pedir prestado, enviando a la calle a millones de trabajadores, y muchos países que inflaron su deuda en la época del dinero barato, tuvieron que ser rescatados, a costa de durísimos ajustes, como ocurrió con Grecia.

LA LEY DODD FRANK. Pasada esta década, en la que los bancos centrales se vieron obligados a inyectar billones de dólares para evitar el colapso financiero mundial y a dejar las tasas de interés en cero para volver a impulsar la economía, la pregunta ya no es si Bush cometió un error histórico al no socorrer a Lehman Brothers, sino qué hemos aprendido de esa crisis para que no vuelva a repetirse.

Uno de los remedios lo aportó el sucesor de Bush: Barack Obama. Sólo dos meses después del colapso de Lehman Brothers, el primer candidato negro de la historia de EU ganaba las elecciones e impulsó una medida de choque diseñada, precisamente, por uno de sus rivales en primarias, Christopher Dodd. Él, junto con el congresista Barney Frank, dieron nombre a la Ley Dodd Frank, que impuso los “test de estrés”, para evaluar que los grandes bancos tengan suficiente capital para soportar turbulencias, así como multas a las agencias de raiting si seguían maquillando resultados de sus buenos clientes. Cinco días antes de declararse en bancarrota, Lehman Brothers gozaba de la máxima nota crediticia.

DE ESA RABIA, ESTE POPULISMO. La estrategia de Obama ayudó en parte a salvar el sistema financiero del colapso, pero no pudo evitar que la crisis golpease con dureza a la clase media trabajadora, no sólo en Estados Unidos, sino en medio mundo.

Qué mejor idea del impacto de la crisis que la imagen de un pensionista griego llorando impotente en la calle, al no poder cobrar su pensión por los recortes impuestos por el FMI al gobierno de Atenas. Ocurrió en 2015, siete años después de la caída de Lehman Brothers.

Esa rabia fue olida por una nueva generación de populistas, que culparon a los partidos tradicionales y a los inmigrantes de todos los males para sacar partido a la crisis y asaltar el poder. Así, con ese discurso del miedo y el odio al otro, Donald Trump ganó las elecciones. Año y medio después, cumplió su amenaza: El 24 de mayo de 2018, el magnate inmobiliario tumbó gran parte de la Ley Dodd Frank, alegando que frenaba el crecimiento de la economía nacional. Abrió así de nuevo la puerta a un crecimiento económico muy rápido, basado en dejar de controlar los riesgos que asumen los bancos.

Con la veda levantada al renacido capitalismo de casino, es cuestión de tiempo para que surjan síntomas para la siguiente crisis. El mayor banco del mundo, JP Morgan puso ayer fecha: 2020. Aunque augura que será un golpe mucho más moderado, advierte que la peor parte se la llevarán esta vez las economías emergentes.

La repentina crisis en Argentina es el mejor aviso de que la crisis acecha a la vuelta de la esquina y de que la tentación a derrochar en épocas de vacas gordas y endeudarse, sin buscar el equilibrio fiscal nunca desaparece. Se confirma, por tanto, lo que escribió el periodista Claudi Pérez en su especial sobre los 10 años de la caída de Lehman Brothers: “El capitalismo sin quiebra es como el cristianismo sin infierno”.

fransink@outlook.com

 

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