La bancarrota de las expectativas - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
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La bancarrota de las expectativas

José Carlos Castañeda

Apenas el candidato gana una elección debe cambiar el tono de su mensaje, así lo aseguran algunos expertos en comunicación política. Para explicar esa transición entre el estilo del candidato y las prácticas discursivas del presidente utilizan una frase muy sencilla: las elecciones se ganan con la poesía, pero debe gobernarse con la prosa. Durante todo el proceso electoral, promesas y ataques ocupan el cuerpo principal del discurso político partidista; sin embargo, la razón fundamental para cambiar el tono del candidato triunfador es muy clara, la primera tarea del gobernante es administrar las expectativas de su electorado, porque los resultados suelen ser decepcionantes para el votante promedio.

La comunicación del nuevo gobierno enfrenta ese dilema central: cómo encauzar las esperanzas de cambio. El primer riesgo es la palabra misma: qué significa cambio. Cómo satisfacer esa demanda. Mis dudas comienzan aquí. ¿La poesía del candidato debe terminar para dar paso al discurso burocrático del funcionario? ¿Sustituir las promesas inalcanzables con los matices de la economía presupuestal? ¿El gobernante enfrenta la responsabilidad de mitigar las expectativas o, al contrario, su principal labor es mantenerlas vivas?

No coincido con aquellos politólogos que reclaman a los nuevos gobernantes moderar el tono de su mensaje con el propósito de atemperar la esperanza. Al contrario, gobernar significa conectar con la gente. Persuadir, convencer, asociar. Forjar lealtades. Ningún discurso es más eficaz para cumplir este objetivo que el discurso de campaña: el tono de la competencia. Prometer, atacar, exagerar, polarizar. El ascenso de los partidos populistas en distintas partes del mundo es una muestra del poder del discurso de campaña.

Imaginar que es posible dividir el proceso de comunicación en dos etapas: una, electoral y otra, de gobierno, supone engañarse sobre la labor central de la política. Para gobernar hace falta permanecer en campaña continua. Comunicar en política no es otra cosa que conquistar la simpatía de los electores y mantenerla durante el gobierno. Imaginar que el mensaje más atractivo para la gente es difundir los logros del gobierno: es un engaño. Afirmar que has cumplido tus promesas no significa nada para el votante ni otorga la confianza esperada. Destacar los resultados, acentúa los errores o el incumplimiento. Hablar de logros es un lenguaje que se escribe en pasado y la política se alimenta de futuro. No de lo que has hecho, sino de lo que falta por hacer o, mejor aún, de lo que quieres hacer.

Comunicar en política significa cultivar emociones en tus seguidores y hacerlas crecer. No se logra el apoyo de las mayorías al resolver sus demandas o al explicar de manera razonada y responsable porqué el presupuesto no alcanza para cumplir todos los sueños de cambio. Los políticos populares ante el reto suben la apuesta. Toman el riesgo. Las técnicas son muy conocidas: polarizar el debate público, identificar un chivo expiatorio de todos los males, atacar con rudeza innecesaria al adversario, acusar de traición a los colaboradores, crear situaciones polémicas para atraer la atención de los ciudadanos.

“La política no se comunica ni se dirime en las iniciativas que están presentes en los programas electorales como si se tratara de la lista de la compra, sino más bien por las emociones básicas que esas iniciativas evocan”.

El discurso político se mueve en el registro de los sentimientos, las emociones y los afectos. No en el de los argumentos, las razones y la verdad. A pesar de esa supuesta distinción entre el estilo del gobernante y el tono de la campaña, lo cierto es que cada vez resulta más eficaz para gobernar conservar el ruido de la campaña para opacar la decepción de los hechos del gobierno.

 

Twitter: @ccastanedaf4

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