El fracaso de los revolucionarios - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
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El fracaso de los revolucionarios

José Carlos Castañeda

La experiencia de las revoluciones en el siglo pasado ofrece un rostro terrible: la lucha por la justicia y la libertad concluyó en la tiranía. Revolución y libertad han vivido uno de los desencuentros más trágicos de la historia en el último siglo; mientras las utopías en sus panfletos políticos abogaban por la violencia para alcanzar la liberación, la realidad construyó un palacio para el despotismo. En las calles exigían justicia a gritos, pero apenas los revolucionarios llegaron al poder se transformaron en los autócratas más sanguinarios. La lista de nombres en esta camarilla de presuntos liberadores asombra, porque detrás de cada uno se oculta un dictador en ciernes: Stalin, Mao, Castro, Chávez.

No contamos con una psicología del revolucionario como arquetipo político, pero después de tantos ejemplos históricos, habría que sospechar que el supuesto rebelde oculta a un caudillo autoritario. El denominador común de esta figura de aparente liberador de los pueblos es el líder carismático, que entre sus feligreses no admite ninguna oposición ni siquiera una divergencia. 

La vivencia revolucionaria ofrece muchos testimonios de cómo dentro de la rebelión no cabe lugar para la disidencia. El liderazgo del caudillo, su voz estentórea, borra toda discrepancia. Ante la menor adversidad, el mensaje siempre remite a la unidad y condena a los descontentos. La libertad de acción y pensamiento pierde su valor cuando se emplaza a la unidad del pueblo. Sin la pluralidad de las voces individuales, la democracia se desmorona y sólo queda el clamor de la muchedumbre ante el monólogo dominante.

El revolucionario comparte con el déspota una condición: ambos actúan de manera inconstante, arbitraria, voluble. Más que la racionalidad de los comportamientos, prefieren la inestabilidad de los impulsos. En ocasiones, esta forma de conducirse tiene éxito porque desconcierta a sus adversarios. Pero el hecho histórico es la derrota de los revolucionarios. Como ejemplo basta recordar: URSS, China, Cuba, Nicaragua, Venezuela, Vietnam, México, etcétera. Ninguno de los movimientos revolucionarios del siglo XX logró la justicia ni la libertad política anheladas. En cambio, en casi todos los casos (y de verdad, me gustaría conocer la excepción), la revolución concluyó en tiranía y el revolucionario se ungió como tirano. Sin embargo, hay quienes no pierden la esperanza de encontrar un nuevo mesías y un nuevo movimiento. ¿Por qué seguimos confiando en la revolución o en las acciones revolucionarias para conseguir la justicia o liberar a los pueblos? En lo más profundo del imaginario político, el revolucionario cuenta con la confianza del pueblo para ser su guía, pero al final de la historia: es su verdugo.

Para oponerse a los complejos mecanismos de la democracia plural y liberal, desde la táctica revolucionaria se apela a un modelo alternativo de participación ciudadana, denominado democracia directa. Asambleas o consultas populares como forma de involucrar al pueblo en las decisiones, pero también como instrumento de propaganda para oponerse a una deliberación racional de la política democrática y plural. Utilizar los mecanismos plebiscitarios para legitimar una decisión tomada, se convierte en una amenaza real para los espacios de debate plural.

La constante del cambio revolucionario es el relevo de la élite en el poder. La correlación de fuerzas políticas se altera, pero las cadenas del autoritarismo reinan. Como Albert Camus explicó en su obra de teatro Los justos: los revolucionarios empiezan amando la justicia y acaban organizando la policía.

No hay vías rápidas al cambio, los atajos están llenos de amenazas de retroceso. El ritmo de una democratización ciudadana es gradual y supone aprender a convivir con nuestros desacuerdos: imponer la mayoría, es otra forma de tiranía, recordemos a Alexis de Tocqueville.

 

Twitter: @ccastanedaf4

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