La flama de esperanza de cambio del 68 aún está encendida: Juan Villoro | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 29 de Septiembre, 2018

La flama de esperanza de cambio del 68 aún está encendida: Juan Villoro

En un diagnóstico mínimamente sensato, podemos pensar que tenemos reformas formales importantes en México y hemos transitado rumbo a una pretendida modernidad y, al mismo tiempo, vemos que estas conquistas se han pervertido de distintos modos, dice el autor de El testigo

  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx
  • cronica.com.mx

La flama de esperanza de cambio generada por el Movimiento Estudiantil de 1968 está encendida, pero a 50 años de ese hecho lo que no está muy bien es el país: es uno de los más injustos, de los más violentos y discriminatorios del mundo. Esto es absolutamente intolerable, dice el escritor Juan Villoro.

En entrevista, el autor de Arrecife hace una larga reflexión de cómo está México medio siglo después del movimiento estudiantil y primero recuerda que Roger Bartra comentó que el 68 fracasó como movimiento político en la medida en que sus principales  dirigentes fueron encarcelados y las demandas  que se pedían —como el diálogo público con el Presidente, respeto a la Constitución, libertad a los presos políticos— no se obtuvieron, al menos, en la coyuntura misma del 68, pero agregaba que el movimiento tuvo un éxito contracultural en la medida en que familiarizó a la gente con la idea de democracia y permitió que se empezara a hablar de formas más abiertas y tolerantes de participación, no solamente en la arena política, sino también en la cultural, en la educación y en otros ámbitos.

Así, añade el Premio Crónica, muchas de las reformas que vinieron después con la creación del CCH, el Colegio de Bachilleres, la apertura democrática de Luis Echeverría, etc, fueron como una posdata en donde se recuperaron algunas ideas libertarias o por lo menos democráticas del 68. “Hubo cambios que parecen mínimos, como hablarle de tú a los maestros en la escuela o tener métodos de docencia más participativos por parte de los alumnos. Estas cuestiones que parecerían menores tuvieron que ver con la estela del 68”.

Entonces, si bien el movimiento fue reprimido de manera dramática y no cumplió con sus objetivos inmediatos, ciertos cambios que se produjeron después en la sociedad tenían que ver con ese año y, entre éstos estaba el periodismo. Julio Scherer García se hace cargo del periódico Excélsior, justamente en 1968, y empieza una renovación del diario y se convierte en uno de los diez más importantes del mundo. “Llega a ser un diario tan desafiante que el presidente Echeverría orquesta un complot en su contra y en 1976 termina este espacio. Pero la salida de Scherer se convierte en el inicio de otras plataformas periodísticas: unomásuno, Proceso y posteriormente La Jornada”.

Por lo anterior, explica que “el impacto del 68 fue, por decirlo de alguna manera, un impacto diferido. Gente que estuvo en la cárcel, como Heberto Castillo, salió para crear el Partido Mexicano de los Trabajadores, junto con Demetrio Vallejo, quien también había estado en la cárcel de Lecumberri, y que era un proyecto social-demócrata, netamente mexicano y respondía a las características vernáculas del país. Intentó hacer otro tipo de izquierda y así sucesivamente muchos de los desarrollos culturales y políticos posteriores se inscriben en el impacto del 68”.

Juan Villoro dice que fue una derrota que tuvo éxitos futuros y recuerda que alguna vez Eduardo Valle, conocido como El búho, uno de los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga, comentó: “Los verdaderos herederos del 68 no eran quienes ya estaban en la cárcel, porque era una generación cancelada, sino aquellos que eran los hermanos menores del movimiento, que tenían entre 12 y 16 años de edad durante las marchas y las habían visto desde las banquetas. Eran demasiado jóvenes para participar, pero no para entender que algo importante estaba sucediendo y mucho menos para olvidar la ignominia a la que habían sido sometidos los hermanos mayores”.

De alguna manera, explica, El búho hizo un diagnóstico que correspondía a la sensación de acabamiento de quienes estaban en la cárcel, pero diferían la promesa hacia un futuro.

 

EL DESPUÉS

Lo que vino después, dice el autor de El testigo, tuvo que ver con conquistas lentas: la participación de partidos políticos de oposición, que no fue algo sencillo. Recuerdo la primera vez que voté en 1976, los partidos de oposición, hartos de la farsa electoral, se negaron a presentar candidato y solamente había uno en la boleta: José López Portillo, del PRI. En uno de sus últimos artículos en el Excélsior, Jorge Ibargüengoitia comenzaba diciendo: “El domingo son las elecciones, qué emocionante, quién ganará”, obviamente era una pregunta retórica porque sólo había un candidato.

Ahora, explica, se han ampliado los términos de la competencia, tenemos un instituto electoral que tuvo una función brillante cuando lo condujo José Woldenberg, pero de ser una institución ciudadana se fue convirtiendo poco a poco en un órgano controlado por los partidos políticos. “También se abrieron esperanzas y hubo alternancia con Vicente Fox, que despertó muchas ilusiones, pero causó más decepciones porque desembocó más o menos en lo mismo”.

Entonces, añade el autor de El disparo de argón, “en un diagnóstico mínimamente sensato, podemos pensar que tenemos reformas formales importantes en México y hemos transitado rumbo a una pretendida modernidad y, al mismo tiempo, vemos que estas conquistas se han pervertido de distintos modos: tenemos una partidocracia que nos responde a los intereses de los votantes, sino a los partidos y estamos sumidos en una violencia, en una corrupción y en una inequidad que probablemente son superiores a las que había en el 68. Por un lado, los cambios formales indicarían un país moderno, pero las realidades indican un retroceso.

—¿Les hace falta a los políticos mexicanos cultura democrática?

—La democracia se ha convertido en México en un club privado en el que participan unos cuantos. Basta ver la cantidad de apellidos que se repiten de hijos, sobrinos de expresidentes, de exsecretarios o exgobernadores. La tentación dinástica de Felipe Calderón proponiendo y apoyando a su mujer, Margarita Zavala, para que fuera presidenta, por citar un ejemplo. Todas estas cosas nos hablan de un grupo reducido, que es el que gestiona al país, y hemos visto que todos los partidos políticos se han interesado más en administrar los problemas que en solucionarlos de manera auténtica. Han creado numerosas trabas para la participación independiente de los ciudadanos.

En el proceso electoral vimos alianzas que nada tiene que ver como la del PRD y el PAN, el PES y Morena, y entonces es el mismo grupo de políticos que solo se pasan de un lado a otro. Ésta es la democracia que tenemos, una democracia secuestrada y alejada del pueblo, donde la gente tiene poder el día de la elección, pero su voto caduca al día siguiente, entonces no hay manera de llamar a cuentas a las personas que fueron elegidas ni de tener ningún tipo de participación ciudadana.

Esta perversión de la democracia es decepcionante en varios sentidos. Cuando ocurrió el movimiento del 68, incluso unos años después, había una extraordinaria expectativa por lo que podría pasar si México tuviera elecciones verdaderamente limpias y vigiladas, por lo que podría también suceder si hubiera también distintos partidos políticos.

Había una enorme ilusión ante este escenario, que para nosotros iba a deparar un cambio y uno de los grandes problemas de la esperanza es que crees que si se cumple todo será para bien y no necesariamente es así, puede haber un cambio democrático en donde gane el peor, eso sucedió con Trump en Estados Unidos.

¿En cuanto al avance en la libertad de expresión...?

—Hemos avanzado mucho si pensamos en el 68. Prácticamente ningún periódico, ningún medio importante cubrió la matanza del 2 de octubre. Estaba la revista Por qué, que recogió esas fotografías, pero era una publicación marginal. Toda la televisión, la radio, los medios impresos nacionales estaban controlados. Hoy en día esto, afortunadamente, cambió, ya no hay ese control como el que había en el 68. Al mismo tiempo nuestra situación actual no es muy buena, porque tenemos la injerencia del crimen organizado, la situación de que México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. También hay presiones económicas que hacen que periodistas críticos pierdan su trabajo. Un ejemplo: durante el gobierno de Javier Duarte murieron al menos 16 reporteros, lo cual es intolerante, y estas circunstancias nos hablan de un periodismo en riesgo.

Si bien se han ampliado los márgenes de libertad de expresión y de discusión, no deja de haber represión a periodistas y nuestra situación dista mucho de ser ejemplar.

¿La cultura y el gran país que somos y fueron vitales en el 68?

—Una de las aportaciones centrales del movimiento del 68 fue que las manifestaciones estaban acompañadas de música, teatro, diversas actividades artísticas. De hecho, las noticias del 68 no las conocimos en los periódicos o los medios electrónicos, porque había una gran censura, sino en los libros que escribieron Luis González de Alba, autor de Los días y los años; de Elena Poniatowska con La noche de Tlatelolco; de Carlos Monsiváis con Días de guardar, y otros que hablaron de estos temas; la renuncia de Octavio Paz a la embajada de México en la India y el poema que escribió sobre Tlatelolco, fueron muy importantes, así como la película El grito. Entonces, el 68 estuvo acompañado de formas de representación novedosas de nuestra realidad y demostraron que un movimiento social no puede prescindir del arte.

Posteriormente hemos visto que este país devastado, corrupto, desigual no ha dejado de producir buenos resultados artísticos. Tenemos una realidad un tanto esquizofrénica en donde si alguien va a la Feria del Libro de Guadalajara, piensa que es un país cultísimo donde hay cientos de miles de gentes volcadas hacia los libros, escritores de todo el mundo hablando de México y, al mismo tiempo, afuera de la propia FIL, puede haber decapitados y ajusticiados. Entonces, estas dos realidades coexisten en México. Hemos sido testigos de un país progresivamente esquizofrénico en donde por momentos te encuentras con el apocalipsis y por momentos con el carnaval. A veces ambas realidades se cruzan en una especie de carnaval en el apocalipsis.

¿Los terremotos de 1985 y 2017 mostraron la cohesión social, ¿por qué que no se usa ésta para cambiar al país?

—Está demostrado que México es uno de los países del mundo que tiene más actos individuales de solidaridad ejercidos de manera espontánea. Si una persona se cae en una calle de México, tiene muchas más posibilidades de ser levantada que si se cae en Nueva York. En ese sentido, hay una solidaridad no planeada que funciona muy bien, y al mismo tiempo es uno de los países con menos organizaciones con programas estables para expresar esa misma solidaridad; es decir, somos muy buenos actuando en coyuntura, por azar, de manera espontánea e individual, somos un pueblo generoso que socorre al otro, pero no nos organizamos para hacer esto de manera sistemática y duradera. Hay una escisión y eso es lo que explica que no tengamos movimientos resistentes de participación social, posturas ciudadanas, etc.

—A 50 años del 68, ¿cómo ve la educación y más ahora con la reforma educativa?

—La reforma educativa ha sido básicamente una reforma laboral, no se han cambiado planes de estudio. Es una reforma fallida en la medida en que no involucró a todos los sectores y, por lo tanto, suscitó muchos descontentos. Es perfectamente lógico que a los maestros se les evalúe no solamente por lo que saben, sino por lo que enseñan; es decir, que se les califique en función de los conocimientos de sus propios alumnos. Pero tenemos un país demasiado escindido: hay alumnos que tienen que caminar dos horas y media para llegar a su escuela, y muchas veces lo hacen sin haber desayunado y obviamente no tienen la misma capacidad de rendimiento que los estudiantes que están en zonas urbanas que viven una situación más confortable.

Entonces, los muchos Méxicos que tenemos no están reflejados en esta reforma; sin duda alguna hay que romper inercias en el sector educativo, pero hace falta una reforma más orientada hacia los planes de estudios que involucre a todos los actores.

Tenemos ejemplos de cosas que ya se han hecho en el país y se han olvidado, como el tema de los desayunos asociados a la educación e instaurados por Jaime Torres Bodet, al mismo tiempo el libro de texto gratuito que dirigió Martín Luis Guzmán, que unificaba a México en un libro.

Hoy es 1 de octubre, un día antes de los 50 años del movimiento, ¿cómo observa a México?

—Hay elementos extraordinarios en el mensaje del movimiento estudiantil de hace 50 años que no se han perdido. Pablo González Casanova, el único rector de izquierda que ha tenido la UNAM, recordó el espíritu del 68 así: “Se cumplen 50 años y no estaríamos aquí sin este espíritu”, es decir: el descubrimiento del México profundo tiene que ver con la participación del 68, el neozapatismo tiene que ver con la recuperación de algunos mensajes libertarios del 68. Entonces la flama está encendida a nivel de la esperanza, lo que no está muy bien es el país en sí mismo, es decir, esta esperanza, estos cambios, estas consignas que siguen vivas no necesariamente han transformado a la nación como deberían, tenemos uno de los países más injustos, más violentos, más discriminatorios del mundo, y esto es absolutamente intolerable. México se ha convertido en una necrópolis gigantesca donde las madres encuentran como mayor lujo poder detectar dónde están los cadáveres de sus hijos. Un dato: en 2016 se encontraron 500 cuerpos en fosas comunes, cada mes.

No podemos vivir en este país de la muerte y entonces la frase “2 de octubre no se olvida”, creo, es el llamado vital que tuvo este movimiento para transformar de alguna manera al país y los que somos los hermanos menores de quienes estuvieron en el movimiento, esperemos poder cambiarlo, como lo dijo Eduardo Valle, El búho.

Imprimir