Delatora en 1968 - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube
Delatora en 1968 | La Crónica de Hoy

Delatora en 1968

José Carlos Castañeda

Una mañana, mientras sirves tu café y te dispones a leer las noticias del día, en la portada del Excélsior descubres que te acusan de ser la principal instigadora de organizar un complot para agitar el movimiento estudiantil. Es difícil describir en palabras la sensación física de temor, de ansiedad, que se vivía en aquellos años. En los límites de la paranoia y la realidad del terror. La vigilancia, la persecución, la vulnerabilidad de cada una de las personas que participaron en aquellas acciones de protesta.

En septiembre de 1968, Elena Garro abandona su casa en Virreyes y emprende la huida. ¿A qué le teme? ¿De quién huye? Muchos años después, escribió una novela que recrea ese ambiente Y Matarazo no llamó… No relata los hechos de esos días aciagos. Se ubica temporalmente unos años antes, pero advierte con enorme talento esa atmósfera enrarecida por la represión y el sentimiento de acoso constante.

Hay mucha confusión en torno a la participación de Elena Garro en las actividades del movimiento estudiantil. No era simpatizante, pero asistió a algunas de las asambleas. En la década de los sesenta, ella fue una activista política, pero dentro del sistema, en su frontera, ligada a un grupo priista disidente donde el líder era Carlos Madrazo, quien buscó democratizar al partido en el poder.

El domingo 6 de octubre de 1968, Elena Garro lee las acusaciones de Sócrates Campos Lemus en ocho columnas. Aquel supuesto líder estudiantil denuncia que tanto ella como el político priista Carlos Madrazo son los artífices de los disturbios y las movilizaciones organizadas por los grupos estudiantiles. En la nota se afirma que Garro y Madrazo “se apoderaron del movimiento”.

Como reacción a esta inculpación, Elena decide dar una entrevista para hacer una aclaración. El resultado será funesto. Su vida como escritora se trastornó y pasó a ser fugitiva. Carlos Monsiváis la retrató como “La cantante del año”. Para el 7 de octubre, en la primera plana de El Universal, el encabezado era “Culpa Elena Garro a 500 intelectuales”. Cuando pretendió corregir esta declaración, aseguró que nunca dio nombres de intelectuales, que eso lo agregó el periodista. La verdad es que ella vivió un desencuentro con la generación del 68. En esa época, cualquier denuncia se convierte en traición, tortura y cárcel. A partir de esa mañana, la escritora Garro está proscrita en las letras mexicanas. Desterrada por razones graves.

Garro se encuentra en las antípodas del pensamiento sesentayochero. A diferencia de muchos otros escritores no compartía el credo revolucionario y progresista de la izquierda, tampoco era afín a la rebelión cultural que acompañó a las movilizaciones callejeras. Pero la historia no es en blanco y negro.

El affaire de Garro sirvió para fabricar una cortina de humo y culpar a los intelectuales de actos de subversión. ¿Cómo calificar a una persona que denuncia a sus amigos en el momento más peligroso de la persecución política? ¿O cómo defenderse ante quien te acusa de ser el promotor de una protesta popular? En medio de ese dilema, la escritora se había convertido en la enemiga de toda una generación de artistas, escritores, profesores que apenas unos años antes la celebraron por la publicación de su novela Los recuerdos del porvenir en 1963.

En aquellos meses de pesadilla y violencia, el testimonio de Garro se ha perdido. Su conflicto con los intelectuales entraña un desacuerdo en torno al desencanto con la revolución. No olvidemos todo el tiempo que vivió en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Su experiencia con los escritores exiliados de los regímenes comunistas confirmó su profundo desengaño con las revoluciones como un arma para transformar la sociedad.

En un diálogo de su obra de teatro, Felipe Ángeles recapitula ese destino trágico de las revoluciones:

¿No ve, abogado, que un revolucionario en el poder es una contradicción? ¿Y que asesinar a los revolucionarios en el nombre de la Revolución es una consecuencia de esa misma contradicción?

Elena vivía en Francia, cuando iniciaron las detenciones y los juicios a los escritores colaboracionistas.

Algunos eran sus amigos. La cuestión que se repetía en los cafés parisinos era aciaga: ¿Debe castigarse a los escritores por colaborar en sus textos con el enemigo?

 

Twitter: @ccastanedaf4

Imprimir

Comentarios

Columnas anteriores