El derecho a los libros - Wendy Garrido Granada | La Crónica de Hoy
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El derecho a los libros

Wendy Garrido Granada

“Siempre imaginé que el Paraíso

sería algún tipo de biblioteca”

Jorge Luis Borges

 

Los libros forman parte de nuestra historia. Seríamos seres distintos si no leyéramos. Leemos para buscar historias más allá de las nuestras, pero en cada relato también encontramos un poco de nosotros, nos reconocemos en las narraciones y los personajes. Los libros nos forman. Nos obligan a mirar desde otras perspectivas. Nos engrandecen.

“Tuve la suerte inmensa de nacer en una casa llena de libros. En cuanto oía hablar de algún título interesante, sólo tenía que ir a una de las estanterías que cubrían las paredes de casa desde el suelo hasta el techo para encontrarlo.  La biblioteca de mi madre estaba ordenada por género literario (poesía, narrativa, arte) y por nacionalidad (literatura, española, francesa, etc.)”, escribió Milena Busquets en el prólogo de la novela Dúo de Collete, para la editorial Anagrama.

La semana pasada que leí ese párrafo sentí envidia por la hija de Esther Tusquets, la famosa editora y escritora española que fundó la editorial Lumen, porque creció con todos esos libros a su alrededor. Yo no tuve la misma suerte. En mi casa no se leía mucho. El librero familiar tenía sobre todo enciclopedias, libros que le llegaban como suscripción a mi mamá de la famosa revista Selecciones y los libros que mis hermanos mayores dejaban de sus clases.

Existe una gran desigualdad en el acceso a los libros. Hay personas que nacen, como Milena Busquets, con bibliotecas tan grandes como las casas de otros. Y hay personas que crecen con un número limitado de libros a su alrededor.

Durante mi niñez el acercamiento con la lectura fue por iniciativa propia. La biblioteca municipal estaba limitada a libros académicos, sobre todo de biología, química y matemáticas. No existía una biblioteca escolar. Leí durante mucho tiempo las enciclopedias. Me gustaba aprenderme palabras raras y memorizarlas. Mi libro de cabecera a los 8 o 9 años fue El Origen de la vida de Alexander Oparin, que le habían dejado leer a mi hermano que iba en secundaria. Lo leía y releía. Lo utilizaba para molestar a mi familia diciéndoles que Dios no existía. 

Fue hasta la secundaria cuando comencé a leer otros ­títulos por recomendación de la maestra de español. Usaba como pretexto que eran parte de la tarea para obligar a mis papás a comprarme libros. No había ninguna librería en mi pueblo natal. Sin embargo, su relativa cercanía con la Ciudad de México permitía que mi mamá fuera al centro a comprar las ediciones de Porrúa con la desventaja de que podía quedarme ciega por la letra tan pequeña y la doble o triple columna.

En la preparatoria, mis amigos y yo intercambiamos títulos y recomendaciones. Sin embargo, cuando entré a la universidad me di cuenta de que no había leído ni la mitad de libros que muchos de mis compañeros. Que no conocía a autores que debía haber conocido en la secundaria o la preparatoria. Traté de redoblar los esfuerzos y emparejarme. Pero aún me doy cuenta que perdí muchos años y que hay ciertos libros que hubiera deseado leer a determinada edad y ahora cada vez hay menos tiempo.

Mi historia no es única. Hay muchísimas generaciones que crecieron y crecen sin un acceso sencillo a los libros. Su mundo se encuentra limitado por las condiciones económicas, geográficas, políticas y sociales. Es fundamental que cualquier niña, niño y adolescente tengan el derecho y el acceso a entrar en el mundo de la literatura. A descubrirse en ellos. La tecnología puede ayudar para igualarlo. Pero es fundamental también que regresen las bibliotecas a cada colonia, pueblo y ciudad. Necesitamos que su acceso sea gratuito, sencillo y rápido.

 


@wendygarridog
wengarrido@gmail.com

 

 

 

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