Un nuevo Congreso - Voces de la UAM | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Miércoles 10 de Octubre, 2018
Un nuevo Congreso | La Crónica de Hoy

Un nuevo Congreso

Voces de la UAM

Ricardo Espinoza Toledo*

 

El primero de septiembre irrumpió una nueva fuerza en las dos Cámaras del Congreso mexicano. Morena y aliados, portadores de las expectativas y demandas de las mayorías, se convirtieron en los depositarios de los intereses populares. Los últimos tres meses del gobierno del priista Enrique Peña Nieto quedaron abruptamente suplidos por un Congreso cuya mayoría homogénea no se había visto desde 1997. La gobernabilidad está siendo soportada por la nueva mayoría del Congreso, a la que, sin embargo, le falta establecer las bases del nuevo entendimiento político.

En 1997, el PRI perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y, desde entonces, ninguna fuerza política había obtenido mayoría propia en ninguna de las Cámaras del Congreso. Ese 1997 inició la disputa para adecuar el gobierno interno a la nueva configuración de las Cámaras. Entre jaloneos y conflictos, se construyeron diversos acuerdos entre Grupos Parlamentarios para hacer gobernable la pluralidad del Congreso y, finalmente, modificar la Ley Orgánica, aún en vigor.

Durante todo ese período, que va de 1997 a agosto de 2018, el control del Congreso recayó en la alianza del PRI con el PAN, lo que se dio tanto bajo gobiernos federales del PRI como del PAN. Entonces, cualquier otra opción, del PRD, primero, de Morena, después (entre 2015 y 2018), era tratada con todo el peso de la mayoría que aquellos conformaban. Prácticas conocidas como “mayoriteo”, “imposición”, “aplanadora”, se afianzaron durante el imperio del binomio PRI-PAN en el Congreso. Su acción concertada era suficiente para cambiar el contenido de la Constitución y de las leyes secundarias.

La debilidad numérica de los grupos parlamentarios del PRD y su enfrentamiento con los otros dos, a raíz de la elección presidencial de 2006, hizo que el perredismo quedara, nuevamente, como una fuerza marginada y prescindible de las decisiones del Congreso. Las tomas de la Tribuna y otro tipo de protestas eran recursos a través de los cuales buscaban romper el cerco que les impusieron. Su suerte cambió con el triunfo del priista Enrique Peña Nieto.

Los dirigentes del perredismo creyeron que su inclusión en el Pacto de 2012 era un premio que los lanzaría al éxito, pero sucedió todo lo contrario. En realidad, su presencia en ese acuerdo fue para hacer contrapeso al PAN y dejar libre el camino a las decisiones del Presidente. Los perredistas no sólo no podían vetar nada; tampoco fueron tomadas en cuenta sus propuestas a la cuestionada Ley General del Servicio Profesional Docente y a la que creó el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), a pesar de haber sido acordadas sin que el PRD abandonara el Pacto. Simplemente, acató. Con las “reformas estructurales”, el Presidente de la República y los panistas creyeron haber diseñado el país por ellos imaginado.

Las elecciones del primero de julio fueron un severo castigo al PRI, al PAN y al PRD. Los firmantes del Pacto de 2012, mismos que aprobaron las reformas a la Constitución que privatizan los recursos de la Nación, quedaron como fuerzas marginales en el Congreso. La decisión ciudadana dio paso al predominio de Morena que, con sus aliados, está comprometido a poner en marcha los cambios ofrecidos en su Programa político. Un cambio radical, en todos los sentidos. Por eso, ni los morenistas acaban de asumirse como la mayoría que son ni los derrotados saben cómo actuar, si no es reproduciendo las acciones quecuestionaban, unos como dominantes, otros como minoría.

Las decisiones no ocurrirán sin sobresaltos, desde luego. Medidas como el retiro de pensiones a expresidentes, la Ley federal de remuneraciones de funcionarios públicos (que prohíbe sueldos mayores a los del Presidente) y el ahorro de gastos superfluos en las Cámaras contribuyen a la transparencia y a la mejor utilización de los recursos públicos, pero no gustan a todos. La reducción del número de Comisiones de dictamen legislativo, a su vez, apunta a un mejor desempeño del Congreso. La disminución de tiempos de participación en el Pleno para presentar iniciativas de cada senador y el destinado a preguntas desde las curules, está en la lógica de optimizar el trabajo del Pleno y dejar mayor espacio a los debates, sin menoscabo de la libre expresión.

Reacciones más fuertes generan decisiones como la ratificación del Convenio 98 de la Organización Internacional del Trabajo, pospuesto desde hace 60 años, que garantiza la libre afiliación a la organización sindical que mejor represente a los trabajadores y la libertad para elegir dirigentes sindicales. El sector privado se ha opuesto desde siempre porque implica que los sindicatos deben ser independientes y libres de la injerencia patronal. Los “contratos de protección”, que canadienses y norteamericanos han cuestionado en la revisión del TLC, llegarán a su fin, pues no hacen sino dejar las relaciones laborales a discreción de los patrones.

Opositores igual de pudientes y sistemáticos tienen la propuesta de derogar la reforma educativa. No se admite que sin maestros no hay reforma educativa posible y que no se puede construir una educación de calidad con la amenaza de someter a los maestros a una evaluación cuyo propósito es depurar el personal.Y no hacía falta reformar la Constitución para quitarle al Sindicato el control de la política educativa.

La confrontación es parte de la vida de los Congresos. En su naturaleza está la discusión y contraposición de los diversos intereses que atraviesan a la sociedad. Así es como se construye el interés general, y es lo mejor que puede ocurrir. ­Pero no está exenta de excesos: los priistas casi aseguran haber trabajado en favor del triunfo de López Obrador y ser quienes “pagaron los costos políticos para dejarle la mesa lista”. Nada más alejado de la realidad. Tampoco se explica por qué la nueva mayoría parlamentaria invade la Tribuna, si no es como resultado de la inercia; del mismo modo, sorprende escuchar a los viejos priistas y a panistas pedir “que Morena no utilice su mayoría”, cuando antes no importaba la necesaria “cordialidad republicana”.

Cambiar la vieja lógica de acción del Congreso, a su vez, fundada en cuotas para el reparto de cargos, en la distribución de recursos discrecionales para gobernadores y legisladores o en un presupuesto no justificado para los grupos parlamentarios, requiere de actores convencidos de que es necesaria y posible otra política.

Sin embargo, las viejas conductas políticas dominan el ambiente en el Congreso. Los legisladores no acaban de ubicarse, y tal vez no podía ser de otra manera. Estamos, en efecto, en el proceso de aprendizaje que debe conducir a la construcción de un nuevo entendimiento político que dignifique la actividad del Congreso y fortalezca al sistema representativo.

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Profesor-investigador del Departamento de Sociología de la Unidad Iztapalapa de la Universidad Autónoma Metropolitana.

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