“¿Tres millones de dólares?, no los quiero ni los necesito” | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Jueves 11 de Octubre, 2018

“¿Tres millones de dólares?, no los quiero ni los necesito”

Ésta fue la reacción de Jocelyn Bell cuando se enteró de que había ganado el Premio Breakthrough. La astrónoma descubridora de los pulsares explica cuál será el destino de este monto.

“¿Tres millones de dólares?, no los quiero ni los necesito” | La Crónica de Hoy
Píe de Foto: Jocelyn Bell visitó México con motivo del décimo aniversario del grupo de astrofísica de la ESFM del IPN.

Después de consultar la Enciclopedia Astronómica de Cambridge, el diseñador Peter Saville retomó la representación gráfica de un pulsar para elaborar la portada del disco Unknown Pleasures, de la banda británica de post punk Joy Division. El misterio del autor fue revelado por Jen Christiansen, ilustradora, científica Scientific American, cuya imagen se atribuía al Radio Observatorio de Arecibo. Halló que en 1971 se publicó en su propia revista, así como en Graphis Diagrams, un libro suizo (1974), hasta llegar a la enciclopedia británica en 1977.

Ninguna de las publicaciones dio crédito al autor. En una investigación más profunda, Christiansen encontró la respuesta en una tesis doctoral de la Universidad de Cornell (NY). El autor era Harold D. Craft, quien publicó la imagen en su trabajo Radio Observaciones de los perfiles de pulso y medidas de dispersión de doce pulsares. Años más tarde, un amigo suyo, profesor de astronomía, le preguntó si había visto la portada del disco de Joy Division.

“Fui corriendo a la tienda de discos y allí estaba. Así que me compré un álbum, y al llegar a pagar a la caja vi que tenían un póster con la imagen, así que compré uno de esos también, sin ninguna razón en particular, excepto que es mi imagen, y yo pensé que debería de tener una copia del mismo”, relató Craft a Christiansen en un artículo para Scientific American.

“La imagen de ese pulsar es más sofisticada y detallada que las mías”, refiere por su parte Jocelyn Bell Brunell, astrofísica británica que detectó y confirmó por primera vez, al menos en este planeta, la existencia de los pulsares, una estrella de neutrones pequeña que gira a gran velocidad y emite radiación en intervalos cortos y regulares, como se observa en la portada del Unknown Pleasures.

Bell Brunell hace referencia a mi playera, perfecta para la ocasión. “Aprecio que la lleves puesta”. La científica de 75 años visitó por primera vez México para dar charlas a estudiantes y conocer a colegas mexicanos —tampoco perdió oportunidad para ir a la zona arqueológica de Teotihuacán—, con motivo del décimo aniversario del grupo de astrofísica de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del IPN, celebrado hace algunas semanas.

La científica británica es conocida por haber realizado sus hallazgos mientras era estudiante en la Universidad de Cambridge, asesorada por su profesor Antony Hewish, quien firma como autor principal del artículo publicado en Nature en 1968. En 1974, el Nobel de Física fue otorgado a Hewish y Martin Ryle por su trabajo en el desarrollo de la radioastronomía y por su “decisivo trabajo en el descubrimiento de pulsares”.

Hewish mencionó el trabajo de Bell durante su discurso de recepción del Nobel y la científica misma siempre reconoció, con elegancia y modestia, que para entonces los estudiantes no eran tomados en cuenta para recibir tal reconocimiento. Desde entonces, la científica ha sido asociada con la falta de equidad de género en la historia de la ciencia, y como aquella que no ganó el Nobel, aunque sí una avalancha de reconocimientos más con el paso de los años.

PREMIO BREAKTHROUGH. El nombre de Jocelyn Bell Brunell resonó de nuevo cuando se dio a conocer que fue la ganadora del Premio Breakthrough, otorgado por los magnates de la ciencia y tecnología de Silicon Valley y que consta de una bolsa de tres millones de dólares.

“Quedé totalmente sorprendida cuando recibí la llamada de mis colegas estadunidenses para darme la noticia. Tres millones de dólares… me quedé sin habla”, relata en entrevista. “Es algo que no había imaginado ni en mis sueños más locos; pensé ‘tres millones de dólares… No creo necesitarlos ni quererlos, así que debo encontrar un propósito y utilidad para ellos’”.

Habló con el Instituto de Física de Reino Unido y con su familia, añade, y juntos elaboraron un plan para que el dinero sea destinado a becas para personas que hacen investigación en física, particularmente aquellas de grupos minoritarios, si bien mujeres, también africanos, afrocaribeños, y asiáticos refugiados que sean talentosos.

“En Gran Bretaña tenemos muchos refugiados de lugares como Siria, Irak, Irán y África, quienes están pasando un momento muy complicado. Los primeros en convertirse en refugiados en otro país son los profesionales, en Siria fueron los doctores, pediatras y expertos de la salud, quienes vienen en busca de trabajo”.

¿EXTRATERRESTRES? Haber descubierto un pulsar no sería un hallazgo incontrovertible que haría de Bell Brunell una figura, la ciencia no funciona así. En el laboratorio, un experimento debe ser reproducible para demostrar su factibilidad, no obstante, en el cielo las variables no son manipulables.

La científica refiere que su descubrimiento no fue un momento, sino un proceso, que se desarrolló por muchos meses; inició describiendo y reconociendo lo que “veía” en el Observatorio Mullard de Radioastronomía de la Universidad de Cambridge, empleando una técnica desarrollada por  Anthony Hewish. Entre las señales que observó una “muy curiosa”, proveniente de un punto fijo entre las estrellas. Un mes después de varias observaciones , detectó algo especial, algo que parecía un pulso.

Compartió esta información con Hewish, quien le respondió “esto no puede ser real, las estrellas no hacen eso, debe ser una interferencia de radio”. Posteriormente, le mostró su material y grabaciones, observó lo que ella había registrado y dijo “ok, hay algo ahí, entre las estrellas”.

¿Pero qué podría ser? ¿Qué se podría comportar de esa forma? Gradualmente, los científicos estimaron que la distancia con el objeto era de alrededor de 200 años luz, que lo ponía más allá del Sol y los planetas, pero dentro de nuestra galaxia. Incluso llegaron a pensar que podría tratarse de una emisión proveniente de una civilización extraterrestre, que probablemente vivía en un planeta que giraba alrededor de un Sol y cuando apuntaba en dirección a la Tierra emitía pulso generado por un efecto Doppler.

Siguieron haciendo observaciones hasta descartar este efecto, entonces ella pensó que podría tratarse no de un planeta, sino una estrella. “Hicimos casi todo lo que pudimos para hallar una explicación”. Entonces, toda la investigación tuvo un tropiezo cuando en una reunión con otros investigadores le reprendieron por buscar publicar los resultados con una sola medición, más cuando era algo difícil de creer y que todos pensaban era una interferencia de radio. “Entonces… capté la segunda señal”.

Esta vez se trató de una parte diferente del cielo; dos semanas después detectó otras dos señales. Todo apuntaba a que efectivamente se trataba de un nuevo tipo de estrella y ahora tenía más de una evidencia. Fue así como se publicó el estudio en Nature. “Fue todo un proceso, pero así es la ciencia, y si bien hay que ser lógico, también se necesita creatividad, como saber qué tipo de prueba se necesita hacer para comprobar tu hipótesis”.

La astrónoma menciona que detectar las mediciones posteriores, fue excitante, sobre todo la segunda, “porque probamos que no eran mediciones falsas, que no era una locura”.

GRAN RESPONSABILIDAD. Por otra parte, la científica refiere cuál es su sentimiento al volverse un símbolo, una figura a seguir para otras mujeres en la ciencia. “Siempre he estado en una minoría donde quiera que he trabajado, a veces era la única mujer y si no, la de mayor grado, por lo cual sentía mucha responsabilidad; tenía que hacer un buen trabajo porque, de lo contrario, sería suficiente justificación para decir ‘¡no volveremos a tener una mujer en el laboratorio!’. Entonces el destino de otras mujeres estaba en mis hombros”.

El panorama ha cambiado desde la época en que fue estudiante y al igual que otras investigadoras ha tenido que abrir brecha en uno de los países con mayor abolengo en la historia de la ciencia. Hace algunos años, ella y otras colegas buscaron una forma de impulsar el desarrollo de las mujeres científicas en las universidades e institutos británicos.

Idearon la creación de un pequeño premio, que reconociera a las instituciones que fueran “amistosas” (friendly) con sus investigadoras.

“Las universidades competirán por éste, porque sus líderes son hombres competitivos, decíamos”. Y así fue. El reconocimiento que inició sólo como un tazón rosa de vidrio, se transformó después en el reconocimiento Athena SWAN (Scientific Women's Academic Network); no obstante, no fue sino hasta que la oficial en jefe de la salud en Gran Bretaña se reunió un día con los directores de las escuelas de medicina británicas para tener un mayor impacto. Preguntó por las mujeres directoras y ante el desdén de los presentes, les dio un ultimátum: ¿quieren más dinero? Lo tendrán conforme obtengan más premios Athena SWAN.

“Se ha vuelto un programa cada vez más grande, y ya se aplica en Australia e Irlanda, porque en muchos lugares se buscan procesos cada vez más justos, no sólo para las mujeres, sino para otras minorías, y está haciendo una gran diferencias en las universidades británicas, por fin está habiendo un cambio”.

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