La caravana - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
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El fenómeno de la “caravana de migrantes” en la frontera sur de México es ya un reto para la vida democrática del nuevo gobierno. Miles de personas huyen de las condiciones de pobreza e inseguridad en sus países para buscar una mejor vida en los Estados Unidos, pero en su camino van a encontrarse con un pasaje de terror: México se ha convertido en esa zona de peligro inminente, a cada paso están a merced de algún episodio de violencia. La deportación masiva no es lo peor que podría llegar a suceder. Ante este panorama de constante hostilidad, cabe preguntarse: ¿cómo el nuevo gobierno podrá enfrentar tres retos que están íntimamente conectados con el futuro del orden político y el espacio público?. Primero, ¿cuál debe ser la política migratoria de México ante el incremento de la presión norteamericana para sellar su frontera al cruce de indocumentados?; segundo, ¿cómo afrontar la violencia e inseguridad que viven los migrantes en su paso por nuestro país?; tercero, ¿cómo hacer frente a la xenofobia como percepción y reacción social en contra de los migrantes?
Durante años, el discurso oficial logró ocultar el sustrato de racismo y discriminación que alimenta la vida pública mexicana. Hoy sorprende a muchos escuchar en las redes sociales y en las comunidades cercanas a la frontera las opiniones de odio en contra de la caravana. El lenguaje del racismo está presente en nuestra forma de juzgar a las personas en la vida cotidiana. La discriminación forma parte de la convivencia cotidiana. Basta echar un vistazo a la última encuesta de Conapred para descubrir cómo la discriminación actúa para excluir a las personas por su tono de piel. En el juicio para valorar a las personas, los mexicanos y las mexicanas, recurrimos a la discriminación sin percatarnos de ello.
Ante las imágenes de miles de centroamericanos cruzando los límites fronterizos, muchos columnistas han señalado con razón la enorme contradicción de una sociedad que desprecia a los migrantes centroamericanos con los mismos adjetivos que usan los texanos para referirse a mexicanos. La retórica xenófoba es la misma aquí y en Alemania. México ya está inmerso en ese debate público: ¿qué hacer con la migración del sur? Somos un país de tránsito y eso complica nuestra situación. La caravana migrante no quiere residir en el sureste, quiere llegar hasta la frontera norte y poder obtener un empleo en dólares. Para ellos, nuestro país está sembrado de peligros, violencia y desigualdad; y de eso, andan huyendo.
Es tiempo de reconocer el enorme problema que tenemos en nuestra frontera sur. No hay una política de hospitalidad y refugio para quienes aspirar a llegar a los Estados Unidos. Pero también es necesario detener el espíritu xenófobo que atenta contra el más básico sentido de humanidad. Nunca olvidemos que “nacer es llegar siempre a un país extranjero”.
George Steiner sabía que ser humano significa emigrar: “los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres, piernas. Y con ellas cruzan la barrera de la estulticia delimitada con alambradas, que son las fronteras; con ellas visitan y en ellas habitan entre el resto de la humanidad en calidad de invitados. Hay un personaje fundamental en las leyendas, numerosas en la Biblia, pero también la mitología griega y otras mitologías: el extranjero en la puerta, el visitante que llama al atardecer tras su viaje. En las fábulas, esta llamada es a menudo la de un dios oculto o un emisario divino que pone a prueba nuestra hospitalidad. Quisiera pensar en estos visitantes como en los auténticos seres humanos que debemos ser, si es que deseamos sobrevivir”.

 

 

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