1957 o “el año más triste” | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Sábado 27 de Octubre, 2018

1957 o “el año más triste”

Hay años en que la vida es difícil. Y no necesariamente por las tensiones políticas o por las dificultades económicas. Son los sentimientos: duelos, tragedias y miedos, los que, a veces, construyen la fórmula del dolor colectivo. Y eso le ocurrió a los mexicanos hace 61 años, cuando, en dura sucesión, murió el ídolo Pedro Infante, un temblor derribó al “Ángel” de la Columna de la Independencia, y ¡para acabar! el boxeador Raúl, Ratón Macías, cayó derrotado.

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Sí, eran años de vertiginoso crecimiento y de rumores acerca de los magníficos negocios que los amigos del presidente Miguel Alemán habían hecho mientras duró su gobierno, y que aún aprovechaban algunos en el del presidente Adolfo Ruiz Cortines. Pero en esa vida de todos los días había emociones, sentimientos que electrizaban al país entero y que los unían para celebrar o llorar al mismo tiempo. Así se vivió ese 1957, que, en su momento, se creyó que permanecería en la memoria de muchos como el año más triste del siglo pasado.

Y cómo no iba a ser así, si una falla mecánica —versión oficial— de un avión carguero de la compañía TAMSA despegó de Mérida una mañana de abril y, al estrellarse a poco de haber levantado el vuelo, dejó a los mexicanos de mediados del siglo XX sin su Pedro Infante del alma, apenas 4 años después de la muerte del otro ídolo, El charro cantor, Jorge Negrete, ocurrida en 1953.

Ya era bastante tragedia para buena parte de los 25 millones y medio de mexicanos que éramos entonces, que Negrete muriera lejos de su tierra, aquejado de una enfermedad del hígado, para que la muerte llegara y les arrebatara de golpe a Pedrito. Si los habilidosos de la prensa de entonces calcularon medio millón de dolientes en los funerales y sepelio de Jorge Negrete, la muerte de Infante conmovió al país y enloqueció a la capital.

Lo que la gente no podía imaginarse, era que, en el curso de ese mismo año, la tragedia tomaría otras formas y les dejaría un tristísimo recuerdo.

“¡SE MATÓ PEDRITO!”

Muy temprano, en la mañana del 15 de abril de 1957, la radio comenzó a difundir la nueva por todo el país. A las 8 de la mañana, todo México lo sabía. Aquel avión de carga se había estrellado, matando a Pedro Infante, que iba en calidad de copiloto, al capitán Víctor Manuel Vidal, al mecánico Marciano Bautista y a un muchacho que estaba en tierra firme.

Desde la ciudad de Mérida llegaban las noticias: el avión había caído en el patio trasero de una tienda de abarrotes, el combustible había explotado y causado un importante incendio. La tripulación del avión estaba muerta, y poco a poco, se supo: Infante iba a bordo de la nave, un bombardero reciclado de los días de la segunda guerra mundial.  Identificaron sus restos por la placa metálica que tenía en el cráneo —resultado de otro accidente de aviación, en 1949— y por la gruesa esclava de oro ´que muchos le conocían tan bien, porque Pedro Infante, para 1957, no sólo era ídolo cinematográfico y radiofónico, sino también televisivo: no tenía mucho que había encabezado, como devoto católico que era, un maratón para recaudar fondos para la ampliación de la plaza de la Basílica de Guadalupe.

Los periódicos de la tarde empezaron a confirmarle a los mexicanos que ya no tenían a su ídolo, cuyos restos llegarían al día siguiente.

Así empezó a tomar cuerpo una impresionante oleada colectiva; así empezó la movilización. No hubo necesidad de pedirle a la gente que acudiera a recibir a su “Pepe el Toro”. Por cientos, en la mañana de 16 de abril, los capitalinos empezaron a dirigirse, en masa, hacia el aeropuerto de la ciudad de México. Con los periódicos en la mano; con el Últimas, que decía “Pedro Infante pereció”, con el Zócalo, con el Esto, que hacía a un lado su vocación deportiva para poner a Pedro Infante en su primera plana. Periódicos como estampas, como fotos del recuerdo, en el mosaico de uno de los funerales más recordados en nuestro país.

Cantinflas sube al avión no bien aterriza; grandes y pequeñas luminarias del cine mexicano también están en el aeropuerto. Eran los días en que el atuendo femenino de luto incluía velo —que también se llevaba a misa en las iglesias católicas— y las estrellas femeninas, desde Esperanza Iris y Sara García hasta la jovencita Silvia Derbez, llegaron así a recibir el extraño ataúd con aplicaciones de terciopelo, el que en Mérida se había podido conseguir para resguardar los restos del cantante.

En ATM, Infante los convirtió en estrellas de cine; en reciprocidad, los integrantes del Escuadrón Motorizado de la Policía de Tránsito del Distrito Federal lo habían nombrado su comandante y escoltaron la carroza fúnebre en su trayecto al teatro de la ANDA, con nombre de otro difunto, “Jorge Negrete”; las motocicletas fueron apenas suficientes para medio contener la marea humana que seguía el cortejo, y a la que ni los policías de a pie ni los granaderos pudieron controlar.

Lo velaron en el teatro de la colonia San Rafael, a donde llegaron todos sus parientes; los que lo eran por consanguinidad y los que lo habían sido en montones de películas; sus coestrellas, sus amigos. Cuando el cortejo salió, a la mañana siguiente, hacia el lejano Panteón Jardín, el Paseo de la Reforma, las avenidas Tacubaya y Revolución, el camino al Desierto de los Leones estaban tomadas por la muchedumbre, resuelta a ir hasta el cementerio acompañando a Pedrito. Ni los granaderos, ni los motociclistas son suficientes; les mandan de apoyo doscientos agentes del Servicio Secreto para abrirle paso a la carroza. La ciudad se paraliza, se queda silenciosa. Todas sus lágrimas están concentradas en este funeral.

SEPELIO CON MARIACHIS

A cien metros de la tumba de Jorge Negrete; frente a la de Blanca Estela Pavón, estaba la fosa para Pedro Infante. Nuevamente, los granaderos sufren para contener a la multitud, que arrasa lo que encuentra, necia en llegar a la tumba. Un mínimo pudor la contiene, porque de otra manera, arrollarían hasta al sacerdote que le echa las últimas bendiciones a lo que queda del cantante. Hay empujones, golpes —son casi 200 los lesionados— desmayos, llantos, gritos, aderezados con la música de mariachis, que le cantan al ídolo.

Un camión de Telesistema Mexicano entra al cementerio para transmitir el sepelio, y en el techo, los esforzados camarógrafos hacen equilibrios para hacer su trabajo, porque la gente lo rodea sin fijarse demasiado —como en otros momentos— sin preocuparse por que la cámara los capte y puedan mandar saludos a los cuates, porque todos, como masa sensible y cada uno como doliente, están concentrados en su personal desgracia.

A los pocos días empezarán las especulaciones; que si el avión llevaba mercancía de contrabando, que si el accidente se debió a una sobrecarga, que si el representante de Pedro era el de los negocios extraños. Pasarán sesenta años de aquel entierro, y todavía habrá algunos que, hasta en internet, insistan en que Pedro Infante no se murió en aquella mañana de abril.

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