El nuevo orden y Maquiavelo - José Carlos Castañeda | La Crónica de Hoy
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El nuevo orden y Maquiavelo

José Carlos Castañeda

Maquiavelo ha pasado a la historia como uno de los autores más polémicos y originales. En sus libros se advierte una diferencia de tono: la franqueza para abordar los vericuetos del poder. A partir de sus ensayos, la política se comprende de una forma distinta. Pero nada menos atractivo para Maquiavelo que convertirse en un escritor encerrado en su biblioteca, acompañado por los clásicos. Para él, su mayor ambición era actuar en la vida política. En su época tuvo la oportunidad de ser secretario de la cancillería y como diplomático intervino en misiones cruciales para la estabilidad de Florencia. En su visita a la corte de los Borgia, se encontró con el duque de Valentino, César Borgia. Su ensayo más conocido, El príncipe, proviene de sus conversaciones con uno de los personajes históricos más desalmados, según la leyenda.  En su formación, el trato con los líderes de su tiempo le permitió hacer un retrato fiel del comportamiento de los poderosos: la visita al Papa Julio II y sus impresiones sobre Maximiliano, el emperador de la casa de los Habsburgo.
El pensamiento maquiavélico se origina en una conspiración. Un rumor obliga al funcionario público a abandonar sus tareas diplomáticas. Acusado de tramar una intriga, se refugia en la lectura de los historiadores romanos: Tito Livio y Tácito, además de los filósofos: Aristóteles y Cicerón. La escritura fue su manera de regresar al campo minado de la política: como un consejero.  
La peor conducta ética en política suele sancionarse con la mención de un nombre propio. Maquiavelo aportó al lenguaje cotidiano una contraseña del mal. El calificativo maquiavélico describe peyorativamente una forma de comportamiento que se tacha de inmoral. Se cree erróneamente que promovió una visión del Estado que desprecia los valores morales. Nada más ajeno a un autor que admiraba las virtudes cívicas. También se usa su nombre para denunciar un modo conspirativo de actuar, que incluye intrigas y simulación. Un cierto tono de cinismo se relaciona con sus ideas.
Poco antes de morir, Maquiavelo relató a sus amigos un sueño. Durante el sueño tropieza con una turba de harapientos mendigos que se dirigían al paraíso, porque estaba escrito que los pobres heredarían el reino de los cielos. Siguió su camino y coincidió con un grupo de caballeros amables y bien vestidos, que discutían apasionadamente acerca del poder. Entre ellos, reconoció a Platón y Tácito. Entonces, una voz le advirtió que aquellos eran los condenados al infierno, pues está escrito que la sabiduría del mundo es enemiga de Dios. Como confesó a sus amigos: prefería ir por la ruta de los condenados.
En nuestros días, las lecciones maquiavélicas tienen una enorme vigencia y conviene no olvidarlas. Aquellos líderes políticos que ambicionan grandes transformaciones deben releer estos pasajes:
El señor de Siena, Pandolfo Petrucci aportó una regla fundamental del juego maquiavélico. La soberbia del poderoso arrastra a su pueblo a la ruina. Un líder nunca debe olvidar que nadie puede mandar en el destino porque siempre habrá contingencias, incertidumbre y desconcierto. “Deseando cometer el mínimo de errores posibles, yo llevo adelante mi gobierno día a día, y arreglo mis asuntos hora tras hora, porque los tiempos son más poderosos que nuestras cabezas”.
Como aconseja al príncipe: “Un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son”.
 “No hay cosa más difícil de tratar, ni más dudosa de conseguir, ni más peligrosa de conducir, que hacerse promotor de la creación de nuevas instituciones. La causa de tamaña dificultad reside en que el promotor tiene por enemigos a todos aquellos que sacaban provecho del viejo orden y encuentra unos defensores tímidos en todos aquellos que se verían beneficiados por el nuevo”.

 



@ccastanedaf4

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