Las bromas de Maquiavelo - Rafael Cardona | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 09 de Noviembre, 2018
Las bromas de Maquiavelo | La Crónica de Hoy

Las bromas de Maquiavelo

Rafael Cardona

Hace mucho tiempo aprendí a desconfiar de los politólogos ocasionales, cuyas lecturas citables, y con frecuencia mal digeridas, son El príncipe y El arte de la guerra. ¡Ah!, cómo joden con el chino.

Y ya de don Nicolás, ni hablar. Han inventado hasta el verbo “maquiavelar”, porque consideran al florentino el padre de la intriga y el creador del sigilo y la traición, la perturbación y el doble juego.

No hablemos ya de la frase, “El fin justifica los medios”, (Cum finis est licitus, etiam media sunt licita). Cuando el fin es lícito, también lo son los medios, equivalente en Maquiavelo al, imaginario, “ladran los perros, Sancho, luego cabalgamos”, para Cervantes.

Hoy, Maquiavelo regresa a las pláticas políticas gracias a una conferencia de Carlos Salinas de Gortari. Yo no veo el asunto tan importante como algunos creen a pesar de las muchas interpretaciones como se ha leído en los días cercanos, desde la sigilosa amenaza de un golpe de Estado en contra de Andrés Manuel o el intento de Salinas de anunciar una venganza por la cancelación de un aeropuerto o quién sabe cuántas más.

El hecho es simple: Salinas le avisa a Andrés Manuel cómo va a enfrentarse a una disyuntiva: fracasar o refundar, como si el tabasqueño no supiera las dificultades de todo cuanto está haciendo. La coincidencia con Diego Valadés reside en el fondo. Éste habla de la soledad como riesgo; aquél, de la derrota como posibilidad. Una posibilidad frente a la cual se debe estar preparado.

¿Estaría el mensaje cifrado de Salinas a López Obrador; el “malo de malolandia” aconsejando al “rayo de esperanza”, estas líneas de Don Nico, las cuales han sobrevivido al ataque inclemente del tiempo y la memoria? Nadie lo sabe con certeza.

“…En primer lugar, me parece que es más fácil conservar un Estado hereditario, acostumbrado a una dinastía, que uno nuevo, ya que basta con no alterar el orden establecido por los príncipes anteriores, y contemporizar después con los cambios que puedan producirse.

“De tal modo que, si el príncipe es de mediana inteligencia, se mantendrá siempre en su Estado, a menos que una fuerza arrolladora lo arroje de él; y aunque así sucediese, sólo, tendría que esperar; para reconquistarlo, a que el usurpador sufriera el primer tropiezo.

“Tenemos en Italia, por ejemplo, al duque de Ferrara, que no resistió los asaltos de los venecianos en el 84 (1484) ni los del papa Julio en el 10 (1510), por motivos distintos de la antigüedad de su soberanía en el dominio. Porque el príncipe natural tiene menos razones y menor necesidad de ofender: de donde es lógico que sea más amado; y a menos que vicios excesivos le atraigan el odio, es razonable que le quieran con naturalidad los suyos. Y en la antigüedad y continuidad de la dinastía se borran los recuerdos y los motivos que la trajeron, pues un cambio deja siempre la piedra angular para la edificación de otro...

“…De modo que tienes por enemigos a todos los que has ofendido al ocupar el principado, y no puedes conservar como amigos a los que te han ayudado a conquistarlo, porque no puedes satisfacerlos como ellos esperaban, y puesto que les estás obligado, tampoco puedes emplear medicinas fuertes contra ellos… Ha de notarse, pues, que a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque si se vengan de las ofensas leves, de las graves no pueden; así que la ofensa que se haga al hombre debe ser tal, que le resulte imposible vengarse…”

Pero donde Maquiavelo podría ser una voz de advertencia, es en estas ideas:

“…Sucede lo que los médicos dicen del tísico: que al principio su mal es difícil de conocer, pero fácil de curar, mientras que, con el transcurso del tiempo, al no haber sido conocido ni atajado, se vuelve fácil de conocer, pero difícil de curar. Así pasa en las cosas del Estado: los males que nacen en él, cuando se los descubre a tiempo, lo que sólo es dado al hombre sagaz, se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando, por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el mundo los ve...”

Yo guardo una hermosa edición de El príncipe comentada casi página a página por Napoleón Bonaparte. Ahora conseguiré una comentada por Carlos Salinas y luego otra con anotaciones de Andrés Manuel y mejoraré mi raquítica cuanto mal asimilada biblioteca.

 

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