Claroscuros de la vida migrante: Droga, bondad, basura y cebollas limpias… | La Crónica de Hoy
Facebook Twitter Youtube Viernes 09 de Noviembre, 2018

Claroscuros de la vida migrante: Droga, bondad, basura y cebollas limpias…

En las inmediaciones de Ciudad Deportiva la vida ya no es la misma para vecinos y comerciantes. “Se están drogando en la calle, están tomando, si fuéramos nacionales ya nos habrían subido a la patrulla”, reclama una vecina. La Policía responde: “Nos ordenaron no tocarlos, está metido derechos humanos”.

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La orden es que no los toquemos, porque es un asunto político y está metido derechos humanos —responde uno de los policías capitalinos a cargo de la seguridad en la Ciudad Deportiva, donde se instaló la caravana migrante.

—Pero se están drogando en la calle, están tomando. Si fuéramos nacionales, ya nos abrían subido a la patrulla, ¿ya se percató del olor a orines? —le insiste doña Irma Lara, una de las vecinas de la Calle 39, en la colonia Ignacio Zaragoza.

—Lo sabemos, pero son órdenes de arriba, ¿por qué no se organizan todos los vecinos y van a protestarle al alcalde o al Jefe de Gobierno? —ataja el oficial en seco, como apelando a la resignación.

El diálogo, rescatado por Crónica en la esquina de Calle 39 y Avenida 16, frente al campamento centroamericano, revela otro ángulo de la incursión migratoria en la CDMX y, en específico, en una franja limítrofe de las alcaldías de Iztacalco y Venustiano Carranza, invadida ya por hondureños, guatemaltecos y salvadoreños.

Su presencia no se limita al estadio Jesús Martínez Palillo y a sus inmediaciones, se extiende hasta el cuadrante comprendido entre las avenidas 16 y 8, donde es posible observar con mayor nitidez los claroscuros de esta vida errante.

El reportero recorrió la zona y encontró sonidos disímbolos, imágenes discordantes…

Desde mujeres partidarias del uso de silbatos para ahuyentar posibles ataques, hasta familias concentradas en la preparación de alimentos, ofrecidos a los migrantes en tránsito.

Desde comerciantes que han preferido cerrar sus negocios por miedo al saqueo, hasta marchantes festivos por el incremento en las ventas o dispuestos a brindar empleos temporales.

La Puerta 6 de la Deportiva nunca se cierra. Es el umbral de un vaivén incesante, una serpiente sin freno, ajena al cambio de luz del semáforo y a las advertencias de tránsito. Los migrantes corren, se empujan y paran el flujo de vehículos, ansiosos ya por cruzar, no hacia Estados Unidos, sino al lado opuesto de Viaducto, donde ya los espera un espacio palpitante, colmado de comercios, estéticas y birrias, farmacias, antojitos y tortillerías.

ATESTAN VINATAS Y EXPENDEDORAS DE POLLO ROSTIZADO… Se compactan en grupos pequeños, para compartir el trago y recordar amores inciertos, con el único apuro de encontrar un árbol y vaciar ahí sus fluidos de uretra. Unos meriendan en las banquetas o se rinden a siestas sin fin sobre el pavimento. Han convertido cada arbusto, cada tronco, en depósito de ropa maltrecha, basurero de las donaciones.

Otros compiten por los puntos de mayor ajetreo:

—¡Jefe, regálame un pesito!

—¡Patroncito, una moneda, es para comer!

“El que no pide, se muere”, justifica el salvadoreño Oscar Mendoza, bote en mano.

Doña Irma persiste en sus reclamos, ante los agentes maniatados: “Desde mi casa vi cómo dos fulanos se andaban masturbando, se drogaban. Mi hija y su esposo cerraron su papelería e internet, porque esta gente agarra las computadoras y se va sin pagar. Al principio les regalé ropa... la encontré tirada en la calle”.

Paola, vecina de la Calle 41, camina con un silbato colgado al cuello: “Por si me quieren hacer algo, es difícil cuando se te van encima y te comienzan a pedir dinero, piensas que te pueden asaltar, porque algunos andan drogados”.

—¿Cómo ha cambiado la vida de los lugareños tras la llegada masiva de migrantes?

—A los niños ya no los dejamos salir. En México nos gusta ayudar, pero también pedimos respeto por nuestro país. Las autoridades deberían tener control sobre el consumo de alcohol y droga en la vía pública. A ellos los surten de agua, nosotros tuvimos que estar batallando para conseguir una pipa. Hay que ser parejos, ni en el sismo estuvieron ayudando así”.

Don Sergio Martínez y doña Esperanza, en cambio, ofrecen a los visitantes un plato de arroz con huevo salseado.

—Algunos de los vecinos están descontentos –se les comenta.

—Más que ver los defectos, hay que ayudar —dice ella.

Doña Rosa Pérez, dueña de un puesto semifijo de chucherías, hace cuentas alegres: “He vendido el doble”.

—¿Qué es lo que más consumen?

—La Coca, papas y galletas. Acepto todo: lempiras, quetzales o pesos, al fin es dinero.

—Entonces es un mito que no traen lana…

—Muchos tienen familia del otro lado y les están mandando, ¿dónde está el banco?, preguntan mucho y ni crea que quieren la ropa vieja: me la encargan y ya no regresan, mejor se la llevan los que andan barriendo.

Negocios como cervecerías, abarroteras, peluquerías y rosticerías reportan las mayores ganancias. Cada paso migrante engrana en la economía.

Yair Romero, cuya familia ha ofrecido desde hace 25 años balones y camisetas, cambió ya el giro. “Me está dejando más la venta de guantes, bufandas, gorros, calzones, ropa interior, toallas, sandalias y calcetines; estos chicos compran más que los mexicanos”.

En el Metro se ha dispuesto de brigadas para conducirlos hacia las carpas y se ordenó, para ellos, el uso gratuito. Como si fuese mandato oficial, la policía en custodia de los torniquetes, saluda a cada pasajero con una frase piadosa: “Dios lo bendiga en su camino”.

Los pasos desenfrenados se aglutinan rumbo al Mercado Ignacio Zaragoza y sus 425 puestos. Lo invaden, no sólo por la variedad de artículos y ofertas en honor a los migrantes, sino por la libertad de usar el baño común para la ducha. “Se nos escasea el agua, porque la sacan y se empiezan a lavar”, narra doña Gloria, la administradora.

“Nos da miedo darles trabajo, no sabemos si van a quedarse o si corremos algún riesgo, porque ellos mismos cuentan que vienen infiltrados”.

—¿Temor a un atraco?

—Es sólo cautela, tampoco los podemos estigmatizar como malhechores. En todo caso, hay gente más maleada en la colonia, los que andan en el vicio y venden droga. Por si acaso, ya le pedí al alcalde más seguridad.

Al menos una veintena de locatarios les ha ofrecido chambas momentáneas pero aquí, también, las voces se dividen.

Don Agustín, el frutero, cuenta: “Llegaron cuatro o cinco pidiendo dinero, mejor les dije que me ayudaran a limpiar tomates y cebollas, y les di 100 pesos para su chesquito”.

Don José Luis, el hierbero, apunta: “No piden, exigen dinero, ya se mandaron, andan poniendo cuotas de a 5 o 10 pesos”. Y doña Chepa, la de las vísceras y quien les ha ofrecido ponche, pata y otros menjurjes desconocidos, dice: “No nos espantamos, porque aquí en la Zaragoza hay más ratas. Lo que sí, los migrantes son muy vulnerables, y temo que puedan ser jalados por los vendedores de droga”.

Los franeleros resguardan sus esquinas y ahuyentan a los invasores. Y don José Luis, el conductor del camión de basura, se suma a los lamentos con su campana callejera: “El camión lo llenamos con 15 toneladas, antes nos aventábamos 1 o 2 viajes, ahora 4 o hasta 5. Estamos en joda, ya hasta hemos pensado en volvernos migrantes”…

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